Lo que queda después de todo

Pienso con brutal honestidad, que debe ser difícil intentar olvidar tu pasado y que este se niegue a morir. Que se levante, que te llame, que tire tu nombre al viento para ver si algo vuelve. Una palabra, una frase, quizás toda una carta escrita con el tintero del dolor de un corazón que no encuentra el remedio para sanar.

 Eso es lo que hoy le doy a mis palabras para que golpeen tu puerta. Y aunque sé que nada de lo que te escribo te llega (que todo se pierde en el frío mar de tu indiferencia) siento que el solo nombre que figura en el remitente te hace pensar en la primera persona que te amo de verdad y que te ofreció la vida para estar contigo. Qué suma de contradicciones es este mundo. Miles de personas entregan su vida a quienes no las quieren, y los que si las quieren, no tienen a nadie que de la vida por ellos.

 El amor parece desvivirse siempre por estar en los extremos, y jamás se detiene en el justo término medio. Puede pasar de ser una llamarada que nos consuma de pasión, a ser una llamarada que se consuma a si misma hasta desvanecerse en el aire. Lo triste es, que la llama de nuestro amor se extinguió para siempre en tu corazón, pero en el mío siguió ardiendo con la misma intensidad. A ti ya no te quemará la pasión, pero a mi me quema dolorosamente su recuerdo atrapado en la extensión de mi cuerpo.

Hoy se que el amor no son palabras, sino actos y momentos. Amar a alguien es tenerlo siempre presente, ver su figura en todas las formas del universo y encontrar una conexión cósmica entre cualquier suceso de la vida cotidiana y la persona amada. Es armar sueños delirantes, confusos, crípticos, con el objetivo de descubrir su figura detrás de todo ese simbolismo extraño. Pensar y hacer se vuelven medios para el fin de tenerlo a cada momento, en cualquier lugar que sea. Por eso, cuando todo termina (como nos pasó a nosotros), ese mundo cuya sustancia su presencia moldeó se derrumba como un castillo de naipes. Nos quedamos en ese otro mundo en penumbras al que llamamos soledad, con el dolor en el pensamiento y en el corazón.

El amor es maravilloso y terrible a la vez, y lo que es peor, sin cambiar, sin ser en esencia algo diferente cuando está vivo o cuando muere. Cuando llena el espacio que nos rodea, cuando nos conecta con la persona amada, es una suma maravillosa de actos que expresan al otro nuestro sentir. Cuando desaparece esa conexión, se convierte en el azote del pensamiento y en la daga clavada en el corazón que nos recuerda todo el tiempo que fuimos felices, pero que ya no lo somos. Que experimentamos una felicidad maravillosa, diferente a este estado de soledad que nos come la vida,  pero que ya no existe y que no puede volver a ser.

A mi me toca vagar por ese desierto, y quizás para ti no sea lo mismo. Quizás en tu vida siguen existiendo los atardeceres, las noches de lujuria, la entrega desinteresada al otro. Para mi la vida era un pretexto para encontrarte, y hoy que ya no estás, la vida se escapó junto contigo. Como ya te dije, esto es la soledad, el desierto, el triste estropajo que quedo de aquello que lo fue todo y que hoy es absolutamente nada.  Lo que hoy me queda no es vida, sino un laberinto de dolor. Sigo siendo parte de la existencia porque, en realidad, es la existencia la que decide seguir arrastrándome. Hago las mismas cosas, trato a las mismas personas, pero todo es diferente. Poco a poco voy redescubriendo todo lo negativo, esta vez, potenciado por tu ausencia.

Existe cierto código cínico adecuado para vivir y olvidar, para mentir, mentirse y seguir viviendo, que no todos pueden manejar. El mundo de las relaciones humanas no esta hecho para la gente que no puede olvidar el amor, para los ingenuos que creen firmemente en la veracidad de las palabras. No pueden comprender que las palabras son por y para el momento, que brotan de la pasión, que se cuelan entre los abrazos y acompañan las caricias porque así se sienten más suaves, tiernas, y más al ras de la espalda o de la mejilla. Las palabras no cierran ningún pacto, y tristemente, las caricias tampoco.  Cuando el amor huye por la puerta, las dos son parte del pasado. Te amaré para siempre se convierte en un “siempre que dure” y no puedo vivir sin tu presencia se convierte en “tu presencia no me deja vivir”. Lo que los enfermos de amor no pueden entender (lo que yo no entiendo, pero se que es así) es que lo eterno es el momento, si, pero su morada el recuerdo.

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