Ménage à trois

Una pareja se besaba en una esquina. ¡Qué pasión! ¡Qué entrega el uno al otro! Y cuanta sensualidad mostraban sin vergüenza al mundo que los observaba, celoso de tanto amor.

En el único respiro que dieron a sus labios, grande fue mi sorpresa al descubrír que se trataba de dos mujeres profundamente enamoradas y desvergonzadas.  No pude contenerme más, fui hasta ellas y les pregunté

–          Chicas, veo que ustedes son dos y pienso que les faltaría alguien más para aprovechar mejor tanta pasión desbordante. Les falta una máquina del amor, una bestia salvaje sedienta de sexo ¿Qué les parece hacer un ménage à trois?

Indignado, volví a mi mesita desde el cual las estaba espiando, en el bar de la esquina. Me concentré exclusivamente en mi lectura  y no volví a quitar mi mirada de las hojas.

¡Si la chica es simpática, claro que sí! ¡Eso fue lo que me dijeron las hijas de puta!

Qué injusta que es la vida.

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Temporalidad

12:15

–          ¡Agárralo, agárralo! ¡Ahí va, cerrale el paso! ¡Agárrenlo!

Gritos, bullicios y gente que corre. Se amontonan frente al hall de entrada de un edificio para contemplar el espectáculo. Tendrá como mucho 17 años.

¡Mala suerte!

Llora, ruega que por favor lo dejen ir. Un hombre mayor lo insulta frente al hall de entrada de un edificio igual a tantos otros. Hay una mujer, parece ser la víctima principal. Le suplica al oficial que lo deje ir,  que es una criatura y ella no va a presentar la denuncia, que no la va a presentar y por lo tanto que lo deje ir.

¡Qué perra suerte!

El policía  lo da vuelta, lo pone contra el piso y lo esposa. Se oye la sirena,  llega la patrulla.

13:45

–          Qué capo el flaco. ¿Lo viste?

–          ¿De qué hablas? ¿Del pibe que estaba tirado recién?

–          Si, de ese mismo. Me dijo el portero que se entregó sin resistencia, se sentó en la vereda y se prendió un pucho

–          Na, no te puedo creer. ¡Qué hijo de puta! Son todos iguales.

–          Sí. Pero también me dijo que el milico el pego flor de cachetazo, le hizo volar el faso.

–          Y si, la verdad que se merecen eso y más esos hijos de puta.

11:00

–          ¿Estás seguro de que vienen por esta cuadra?

–          Si. Tenés que sacarle la cartera a la vieja que es la que lleva la plata y fíjate para que lado corrés. Mirá que si agarras por la otra cuadra, hay un montón de canas cuidando un colegio judío. Ni se te ocurra.

–          Che pero… ¿Están seguros de que no hay ninguno por acá?

–          Hay una custodia a un barcito que lo afanaron un par de veces, pero la yo pusimos al cana que hace guardia hasta las 12.  Se va a ir unos 20 minutos antes, y el recambio no llega hasta la una. Quédate tranquilo que es zona liberada.

11:40

–          Amalia, la plata ¿Dónde la llevás?

–          En la cartera Alberto, como siempre que venimos al banco, en la cartera.

–          ¿Puede ser que siempre hagas lo mismo? ¡Es lo primero que te van a sacar mujer!

–          Siempre hago lo mismo y hasta ahora nunca me robaron. No voy a vivir con miedo, menos por estos tipos que son una basura.

–          No, vivir con miedo no. Pero al menos tomar alguna precaución, no viene mal

–          Si nos van a robar, nos van a robar, será cosa del destino.

–          Siempre igual con vos, es imposible discutir.

11:50

–          ¿Qué tal? Como van esas medialunas que ya las estaba extrañando

–          ¡Oh! ¿Cómo andás? Tanto tiempo que no aparecías ¿Qué haces acá tan temprano si arrancas a la una?

–          Sí, pero largue antes otra zona y no tenía ganas de volver a la comisaría, así que vine un antes y de paso hablaba con Carlos si lo cruzaba. ¿Lo viste?

–          Estuvo hace un ratito nomás y se fue más temprano. Ni saludo.

–          ¡Qué hijo de puta! ¿Largo la consigna 30 minutos antes?  Francamente, no sé como hace después para que no lo sancionen.

–          Y bueno, cuando se tienen amigos, no existen los horarios.

–          Muy cierto che. Bueno, estoy afuera cualquier cosa

–          Avísame cuando te pinte el hambre y te tomas un cafecito con unas medialunas.

–          Dale

15:00

–          Bueno, usted dirá señora.

–          ¡Ya les dije que no voy a declarar! ¡No entiendo porque me trajeron a la comisaría!

–           Miré, le voy a dar un cuadro detallado de la situación en la que está. El pibe que detuvimos habló, contó todo. ¿Entiende?

–          ¡Dé que está hablando! ¿Donde está Alberto?

–          Alberto fue a buscar a su empleador para explicarle la situación, sabemos que él no tiene nada que ver. Habló señora, y a usted también le convendría hacerlo.

–          ¡Pero que está insinuando!

–           El pibe nos contó de la propuesta, de la forma en la que se iban a dividir la guita, de lo mucho que usted odiaba a sus patrones. ¿Qué le parece si  dejamos de perder tiempo?

La mujer se quiebra en llanto y habla. Como habla.

Cuando el libro puede ser libro

Caminando por la calle Ayacucho en dirección hacia la calle Corrientes, me encontré preso en el espiral de la literatura. Me refiero a esa serie de libarías de usados que teniendo como centro el obelisco, se hallan en distintos puntos de las calles circundantes.

Hablo de esos lugares perdidos de dos por dos, cerrados y húmedos, que nunca están en las grandes avenidas, sino en sus laterales.  Esas vidrieras de medio metro que exponen libros marrones y antiguos, gastados por el paso del tiempo, y en cuyo interior los clásico descansan en repisas mal empotradas en paredes gastadas, forradas por lo general con algún tapiz de motivos florales y color amarillo viejo.

Allí el libro pierde su condición de mercancía y se transforma en portador de espíritu, en guía de la voluntad de conocer y compartir conocimiento. Allí, solamente allí, el libro puede ser libro y no estar por otra cosa y para otra cosa. No es objeto decorativo, no es símbolo de estatus social, ni es entretenimiento pasajero. Su olor a viejo y su precio ínfimo lo liberan de las ataduras del mercado y lo acercan a cualquiera que tenga la intención de leerlos con pasión.

Me gustan los libros usados, pero no por un vago romanticismo anticapitalista. Simplemente descubrí que cuando uno compra usados, se lleva un plus extraordinario de historias que pertenecen a sus antiguos dueños. La experiencia de leer, tan privada e individual, se colectiviza por el pasaje de mano en mano.

Todo es relativo a la belleza que mire el mundo

La belleza del mundo, es que ella te lo cuente despacio, al oído, susurrando.

–          Ves, las olas, los remolinos de espuma que se forman, y las manos de cristal que se acarician con la costa.

Y el mar aparece, antes no existía, no estaba en ningún lado, porque está solamente ahí, en sus palabras y en su presencia. Ella es el mar.

–          Ves, la puesta del sol, dorada moneda de oro que se acuesta a dormir en el horizonte, y la luna, presurosa amante que agasaja a su marido antes de subir al firmamento. Las estrellas son los brillos de sus calores, de sus bochornos.

Su voz va construyendo la realidad, de palabra en palabra, de frase en frase. Cada letra es una brisa, cada oración una gota de lluvia, y su aliento es la quinta esencia de la vida. Si caya, no hay nada más allá de su figura, todo es penumbras. Ella es lenguaje del mundo en su expresión narrativa más maravillosa, la del amor.

–          Y basta, basta de palabras. Ven y ámame, como el viento le hace el amor a las coplas de los árboles, como si no existiera más que esta cama, que este cuerpo ansioso de tu llegada. Ven y seamos fuego que abrasa, que derrite montañas, que cabalga hacia el éxtasis.  Que sea este momento, estas cuatro paredes, nuestro único plano, nuestra única existencia. Temporal, carnal, sí… pero irrepetible.

Que ya es pasado lo pasado.

Lo maravilloso del pasado, es su naturaleza irreversible. Nada, ni nadie pueden desaparecer los momentos que celosamente guarda, ni siquiera la muerte.

¿Y los pesares, los traumas, los demonios? También por irreversibles, lo que antes fue ya no puede hacerte daño. Son fugaces miradas hacia atrás, en el horizonte que se pierde tras los pasos.

A pesar de mi mismidad.

 Quiero que lo excepcional, lo que no tiene comparación, o si lo tuviera sería solamente con lo increíble por antonomasia, se presente irrefutable ante la experiencia. Sin grietas o fisuras, que tranquilice mi ser inquieto con la certeza de lo eterno.

Pero mi odioso enemigo interno, contradicción de lo posible, prefiere aferrarse al deseo morboso de hacer trastabillar la belleza poética de un instante excepcional. No lo sé, no pregunten, las respuestas se niegan, quizás por obra de las preguntas incorrectas.

Probablemente me aterre el final, siempre presente, siempre posible y nunca resuelto. No quiero que la felicidad me sujete fuerte, simplemente para después, abrir sus brazos de par en par y dejarme caer en el vacio de la existencia.

Pero lo excepcional se resiste, da pelea como un toro salvaje y clava sus cuernos en mi incredulidad. Evade mi pesimismo, y por una vez en la vida, se empeña tozudamente en hacerme feliz. Como odio eso, me provoca una gran angustia existencial.

Simpleza

Me gusta destruir lo que escribo, someterlo a la tortura de la desconfiguración.  Romperlo en pedazos, desarmarlo, y poner aquí lo que estaba por allá, arrancar de raíz las hiedras venenosas del pensamiento y reducir el texto a su mínima expresión quitando todo lo que está de más, lo accesorio, lo ornamental.

No lo logro, lo sé. Jamás cumplo con mi objetivo. Y es que lo simple, de simple se me hace complejo.  Pero la simplicidad de un texto es la galaxia que aspiran a tocar la punta de mis dedos  parado de puntillas.

Como decía Bertolt: “A veces me asalta el pensamiento de que mis trabajos son tal vez demasiado primitivos y pasados de moda o torpes y demasiado poco arrojados. Busco a mi alrededor nuevas formas y experimento con mis sentimientos, como hacen los más jóvenes. Pero siempre vuelvo a la idea de que la esencia del arte es simplicidad, grandeza y sentimiento, y la esencia de su forma, frescoar. Esto está mal expresado, lo sé” (27 de junio de 1920)

Amor de la tarde

Una vez compré un libro de Benedettí  y en la última hoja encontré una frase que decía “si te gustó tanto como a mí, sabes qué hacer cuando me llames”. Al lado un número de celular.

LLamé y contestó la voz sensual de una mujer adulta.  Susurré: “Es una lástima que no estés conmigo, cuando miró el reloj y son las seis. Podrías acercarte de sorpresa y decirme “¿Qué tal? Y quedaríamos yo con la mancha roja de tus labios, tú con el tizne azul de mi carbónico”

Una hora después nos amábamos violentamente en un albergue transitorio, a dos cuadras de la tienda donde compré el libro. Sin que mediaran presentaciones odiosas, innecesarias. Simplemente nos gastamos la piel, y de éxtasis en éxtasis, nos gritábamos frases pérdidas del gran poeta uruguayo.

Por cosas como esas, compro solamente libros usados.