Farsa

Ella mira hacia la nada, cierra y abre sus ojos azules como el cielo, vidriosos, de manera intermitente como los tubos de luz. Comienza a llover, afuera y adentro. Afuera garua finito, adentro es un aguacero. De sus ojos caen lágrimas que se deslizan por la comisura de sus ojos, bajan por sus pómulos y se destruyen contra la grava acumulada en el piso.

Él es ruido, comunicación balbuceante de pretextos y mentiras, sonido irresponsable cargado de movimientos de manos nerviosas, que golpean el aire como si tuviera la culpa de algo. ¿Cómo se puede explicar lo que no se entiende bien? Así, de esa manera, con gestos vacíos y palabras huecas, no parece posible.

Una palabra dicha en un momento inoportuno, un segundo después es arrepentimiento; quizás una mirada mal puesta con las cejas torcidas sobre una actitud desbocada del otro frente al mundo. Pero nada de eso explica el instante en que los corazones dejan de latir al unísono, en un ritmo totalmente contrario al amor; ni ese palpitar violento que ya no es emoción, si no miedo ante la soledad. Nunca fue eso, nunca será eso. Esos son solos momentos.

Ella lo admite, él lo confiesa, nadie es inocente. Hubo todo eso y más ¿Entonces porque duele ahora? Cuando antes fue tan fácil, hasta excitante hacerlo por eso y contra eso que era tan solemne, como burlándose del amor ¿A qué vienen las lagrimas y los tartamudeos, la mirada baja puesta hacia el suelo?

Hubo amor, eso es claro. Pero quedo en el pasado, tiempo muerto. La maleza creció, lo cubrió todo. Se convirtió en selva y en la selva mandan los impulsos naturales, todo es pasión y violencia, poder sobre el otro y los otros. Y ellos quisieran regresar, traer de nuevo lo muerto, pero el pasado es inexpugnable. Lo quisieran al menos como farsa, melodrama barato, porque realmente les gustaría seguir pecando, y seguir amando. Pero las dos cosas no se pueden.

Llega el final, él se retira y ella le pide la escena final de toda obra dramática: el último beso. ¿Por qué le pide esa farsa? ¿Por qué se presta él a eso? Lo único que quieren, ya no es amor, si no jugar una última vez a la gran historia de Julieta y Romeo frente al adiós de la muerte. Quieren el glamour de una despedida de opereta, para archivar en el recuerdo no una simple despedida sin amor, sino el final épico de una novela romántica.

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Ya no soy esa que fui

Una mesa gastada. Sobre ella un florero insignificante, barato, de color verde esmeralda. En su interior, recostadas contra el borde, reposan dos rosas muertas. Una sola ventana, un haz de luz de luna parte la habitación, cae sobre la mesa, y continua a través del piso. Dos sillas, una mujer y un hombre. Ella que comienza a hablar.

-Te odio ¿Lo sabías? ¡Cuánto odio tengo dentro, es enfermo, me supera!-

-¿Y por qué? ¡Tendrías que besar el suelo por el que camino! ¡Cada huella de cada pie! Tendrías que posar tu lengua venenosa sobre todas ellas en señal de agradecimiento. Siempre fui atento, siempre velé por tu seguridad y todo lo que pedías, siempre te lo di –

-No. ¿Sabés que no? Yo sé que te creés la virtud misma, la regla moral bajo la cual se tiene que medir todo lo que es bueno o malo, puro o impuro. Pero no sos más que un asco de persona ¡Sí, eso mismo! Una basura hipócrita, sucia, un tipo que no vale ni el aire que está respirando.

-¡Que perra ingrata que sos! ¡Yo te cuide! Te llevé por la vida de la mano, eras una ciega. Yo te hice buena, te hice lo que sos a fuerza de estar siempre arriba tuyo, siempre corrigiendo tus errores, tus cagadas por todos lados.-

-Vos estabas ahí ¡Si lo sabré yo que estabas ahí! Pero no como compañero, no como amigo o pareja. Vos jamás actuaste, jamás te involucraste, y cuando aparecías, no venías a ayudar sino a presionar ¡Venías a tirarme un piano en la cabeza! ¡A mortificarme para que me quebrara, me doblara ante la vida! ¡Esa era tu ayuda! Y te creías tan buena persona, tan ejemplar; orgulloso de vos. Pero yo se la verdad, no importa si de afuera siempre te la adornaron. No sos nada más que un egoísta que siempre se lavó las manos. –

-Es que vos no entendés, nunca entendiste nada. Siempre igual. Yo no podía hacer tu trabajo, tenías que aprender así, a los golpes.-

-La gente puede considerar que sos un ángel, más bueno que el pan, pero eso es porque no ven de vos más que una sola parte, unas horas nomás de tu vida. ¡Claro! No tienen que tratar con tus neurosis las 24 hs del día. Si te conocieran, si te conocieran como te conozco yo. ¡Ahí si sabrían que clase de persona sos y el sufrimiento de vivir contigo! Un cobarde que descarga sus frustraciones, sus miserias con aquellos que no le pueden hacer frente, con los más débiles. Eso te pinta bien de la cabeza a los pies ¡Cobarde!  Pero se acabó ¿Me oís? Se acabó, de ahora en más yo ya no soy débil. Lo fui, aprendí, hiciste lo que quisiste. ¡Pero se término basura! Finalmente te hago frente, y ya no soy esa que temblaba ante tu presencia y que agachaba la cabeza. ¡Soy mucho más fuerte que vos y es eso lo que te da miedo!

Críptico

Lo que está ahí, sigue estando ahí, pero es misterio, sospecha evidente de lo oscuro, que nos parte la cabeza con el martillo de la intriga. ¿Por qué así?

Se entiende, todos lo entienden, pero nadie dice nada. Se lo vive como intriga revelada por la fuerza de su ausencia. Esta velado, pero es parte de la cadena, y si la cadena se mueve, es porque está ahí. No se lo ve, es un eslabón pintado de negro sobre fondo negro, pero está ahí ¡Claro que está ahí! ¿De qué otra forma se movería esa maldita cadena? Y esa oscuridad le es propia, es lo innombrable que se nombra por el simple hecho de que no se dice.

Se lo deja ser, no se lo cuestiona nadie, y todos saben que se lo cuestionan. Las fichas se ponen sobre la mesa, se tira la bola y  gira la rueda; y todos saben que la mesa está arreglada, pero juegan, se divierten, y esperan que se revele. Es parte del sistema ¿Ó acaso no se sabe ya que todos los casinos roban, que todos los juegos están arreglados?

Tranquilos, tranquilos. Emergerá, saldrá a flote en el lenguaje y se hará carne con el verbo. Y ahí todos podrán confirmar lo que ya habían confirmado en lo que no podía verse, y porque no podía verse, lo sabían con tanta certeza.

Sentimientos ilógicos.

Te doy la razón y no es poca cosa; nunca admito una opinión contraria. Tu argumentación irrefutable, es el sentir de esta experiencia que desborda mi costado racional. No puedo negar, ni decir lo contrario. El amor es una experiencia de los sentidos, inexplicable mediante conceptos lógicos. Te amo con la emoción, con el placer, con el goce, y a través de la felicidad que trae a mi vida tu presencia; y es verdad, mi objetividad es el sentir esta locura y necesidad de estar a tu lado, de oír tu voz, de sentirme parte de tus días. Tengo el único regalo que quiero, el único que podría llegar a pedir: te amo y me amás; no me importa si es lógico, no me interesa si es racional. Tu presencia, y lo que provoca en mí, son causa suficiente y necesaria para mi corazón.

Enfrentar al Dragón

Me adentré en su territorio y la bestia, sublime, apareció imponente frente a mis ojos. En el fragor  de nuestra batalla, mi brazo cortó de raíz su cabeza izquierda que escupía cultura y su cabeza derecha que proliferaba insultos legales. La bestia huyó, antes de que pudiera rematarla, adentrándose en el bosque de la academia con la intención de limpiar sus heridas. Mañana presentará batalla nuevamente con su última cabeza fenomenológica, la más colosal, la más temible. Pero ya no puede hacerme daño. Puede herirme, puede quemarme con su fuego, pero no puede hacerme retroceder; solo postergar el final de nuestro duelo, y por fuerza, su final.

Y dejadme decirles hermanos míos, no temías a la bestia de tres cabezas.  Detrás de ella, mientras luchábamos, no había más que hombres cansados, mujeres con deseos de regresar a su hogar. No querían estar allí, no querían ser parte del dragón. Sus energías físicas y psíquicas merman, inevitablemente, después de algunas horas, y en ese momento se abre una abertura en su defensa,  propicia para asestar un buen golpe de espada. Se convierten en aliados involuntarios de los guerreros de la pluma y la palabra, de los apuntes y libros. Realmente, gustarían ellos de reposar en una plaza de cara al sol, antes que ser la primera línea de defensa de un dragón burocrático e ineficaz.

No temáis hermanos a los dragones, acabad con ellos, destruidlos. No son inmortales, mucho menos invencibles.

Despertares

Ayer fuimos bestias de la noche, sedientas de placer y violencia. Perdimos la razón, pero no el sentido, que extendió sus cinco brazos por nuestros cuerpos; oliendo, chupando, tocando, observando muecas de éxtasis y escuchando groserías irreproducibles.

Cae agotada, duerme.

Hoy es este despertar dulce, entre amapolas, escuchando sus latidos breves, su respiración cansina. Los tenues rayos de sol atraviesan la media sombra del patio y entran a través de la ventana. Caen suavemente sobre la silueta desnuda de su cuerpo blanco y dejan apreciar su hermoso trasero medio descubierto por las sabanas de color pastel.

Se mueve, tiembla involuntariamente.

No soporto ver que nuestros cuerpos están separados. La abrazo entonces, enroscándome sobre su pecho como si fuera una anaconda, sintiendo el calor de sus piernas entre las mías. Beso su frente con ternura y deslizo mi mano para limpiar el sudor de un día muy caluroso. Pruebo sus pechos con labios húmedos, son suaves como el algodón, duros como el concreto.

Gime, despierta.

Subo entonces por la escalera de su cuello, impulsándome desde sus hombros hasta sus orejas y digo con voz suave, jaspeada y susurrante “Buen día mi amor. ¿Cómo durmió usted?”

 Sonríe, se encoge, me ama nuevamente.

La doctrina del egoísmo

Desde una visión ideológicamente situada en una postura de izquierda, poco es lo que se discute o se ha discutido sobre el egoísmo, o más bien, se ha discutido mucho  su crítica, negación y superación en las actividades naturales o sociales de los sujetos, poniendo el énfasis en la necesidad de cambiar el sentimiento egoísta por una voluntad de entrelazarse con los otros en una relación sentida de comunidad. El problema fundamental, es que no se hace una crítica de la actitud egoísta como proceder del sujeto en tanto fenómeno situado; que no por ser producto de un sistema superable, en el devenir histórico de una sociedad humana, sea menos digno de analizar cómo y de qué manera se lo modifica partiendo de sus particularidades reales (su ser en el mundo como fenómeno activo, operante)

Dicho de otro modo, el sujeto del capitalismo como instancia temporal que expresa en sus conductas la totalidad no formal de la cultura, es egoísta. No importa si es producto y no naturalidad, y si el estado es modificable. Es egoísta, opera de maneras egoístas con los demás, aún si lo hace de manera consciente o inconsciente. Entonces ¿Cómo superar este egoísmo si no partiendo de él y considerándolo un factor siempre presente? Es necesario entonces, hacer consciente esta situación en el sujeto egoísta, para que pueda con esta condición, y no negándola, ayudar a los demás en defensa de sus beneficios personales. Esta es toda mi tesis: se puede proponer al egoísmo como el motor de la solidaridad con él otro. Un revolucionario puede estar guiado por los más sinceros sentimientos de egoísmo, y puestos en la tarea de salvar su propio pellejo, ayudar a los demás, de los cuales depende para sobrevivir. Propongo la solidaridad como principio de autodefensa, como doctrina preventiva frente a las amenazas de los poderes establecidos; que el individuo como tal desee salvarse, y reconozca en la solidaridad con el otro el instrumento para la consecución de sus fines.

Imaginemos un asalariado frente a la situación del despido de un compañero de trabajo. ¿Por qué ponerse automáticamente del lado del empleador, cuando se sabe perfectamente que la lógica del egoísmo marcaría el ponerse del lado del compañero? En la figura del otro, que es la función que le cabe en la empresa, también de despliega un “nosotros” como futuro potencial. Si con tanta facilidad dejamos que a nuestro igual a futuro se lo corra, y nos escudamos en la protección de nuestra fuente de trabajo, no estamos siendo lo suficientemente egoístas. Lo ideal es ponerse del lado del trabajador apuntalando la fuerza de un gran movimiento que enfrenten a la empresa.

 Solo así, la fuente de trabajo está asegurada. Frente a una máquina siempre presente, siempre de pie ante la posibilidad de despidos, el trabajo está resguardado. Y es egoísmo en tanto la defensa de mis ingresos, de mi estabilidad económica, sobrevivirá solamente si es imposible que se toque a ningún trabajador, y solo si una fuerza poderosa lo defiende, mi trabajo está asegurado.

Aletheia

Cada vez es más evidente para mi mundo interior, la necesidad de cambiar el concepto de verdad. Ya no me cuadra, es insuficiente, y quizás la peor de sus condiciones: es irreal. La idea como expresión interpretativa en forma de un enunciado; antecedida de un razonamiento sobre un fenómeno realmente existente, se me hace más acorde con la palabra “Aletheia” que en griego significa “descubrimiento”.

La realidad es antes que nada una complejidad de fenómenos y la interpretación es la expresión de una motivación política frente a ese movimiento. Por lo tanto, la verdad no puede ser más que descubrimiento, no objetividad, sino, la mejor interpretación posible de un orden de factores que explican un cierto proceso;  pero que la lógica inherente a estos razonamientos, es en tanto pertenecen a un contexto temporal y a la compleja estructura de un sujeto en relación con otras fuerzas superiores que lo determinan. Tanto a aceptar condicionamientos, como lo determinan también a luchar contra ellos. La realidad es descubrimiento de la situación en su complejidad inabarcable, y en la toma de posición frente a un enunciado propio que se reconoce como imperfecto, pero útil en términos operativos para relacionarse con la realidad.

Aletheia es una palabra, entre tantas otras, pero se me hace precisa, necesaria. No puedo, no quiero vivir sin el concepto de verdad; no puedo ser justo si la objetividad no es un riguroso principio que guie la exploración de la realidad humana. Pero en tanto necesitamos descubrir aquello que opera frente a nuestro obrar, que se resiste a ser nuestra voluntad y se presenta como voluntad contrapuesta, Aletheia nos habla de un nosotros como coordenadas espacio- tiempo de nuestro ser complejo; y el descubrir tiene múltiples manifestaciones que justifican o no acciones diversas.  Allí donde uno dice “rojo”, también puede decirse “verde”, y puede haber un rojo que sea verde. Allí donde la vida es muerte, también puede ser vida, y quizás, vida que es muerte, y muerte que es vida.

Indicaciones para un ritual burgués

Llega siempre en un vaso grande, transparente y de superficie lisa; de esos vasos largos de culo estrecho y boca grande.  Se siente en la punta de los dedos el suave cosquilleo del cristal lacerado. La consistencia de la infusión es ideal, espesa en su superficie y un corcho de espuma concentrada en su tope como si fuera un cerro nevado.  Emana una suave pero robusta fragancia a granos de café molidos, de esos que parecen aceitunas negras. La masa de aire enrulada se desprende inquieta en el trayecto que va de la cocina hasta la mesa; coloca estelas de vapor en el aire como si fueran nubes  y cuando se posa sobre el mantel, humea como una chimenea en medio de un bosque boreal, formado por servilletas, libros y diarios. Los artesanos del café, escondidos tras los muros, alcanzaron con honores la temperatura ideal de una vieja expresión de la cultura Italiana: el capuchino.

Todavía no está completo, no se puede empezar. Falta el acompañante perfecto, el último invitado a este festín culinario sin el cual no puede haber festín. El capuchino es por sí solo una pincelada de extraordinaria precisión y belleza, pero no es el cuadro completo con todos sus motivos. Falta el último detalle de un ritual que es sencillo y claramente burgués,  pero solo allí entre mesitas de pino sin mantel, de patas desniveladas haciendo juego con asientos acolchados en sus respaldos.

  Fiel a las ofertas de sus avisos, diseñados a fuerza de pulso y de color sobre pizarras de madera escolares, llega en un platito de bronce, espolvoreada en coco rallado teñido de marrón. Es alta como la Torre de Pizza, como el Obelisco o la torre Eifel, pero su relleno no es una estructura de hormigón y concreto sino una deliciosa masa amorfa de manzana en compota, con un suave toque de canela. Mujer exigente, no es para cualquiera. Su sabor sobresaliente, su masa crujiente, esponjosa, lanza sus garras apasionadas sobre la lengua al primer contacto con el paladar, y se necesita energía para resistirla de golpe sin perder la razón a causa del goce.

Con el juego completo, con la sublime mesa servida, se abre la pequeña mochila que despliegan uno a uno los supuestos símbolos la condición intelectual. Por efecto sinecdótico, se espera, traigan aparejada la percepción de que las demás condiciones de la alta alcurnia también están presentes. La distribución del espacio ya está fijada de antemano, de manera programática. A la izquierda los apuntes facultativos junto a la libreta de notas cuya tapa es una foto de Cortázar reposando en una silla de playa, en un jardín rodeado por amapolas, ajeno al mundo y a la foto en sí; su vestimenta una remera de algodón sin mangas, una musculosa. La barba larga y desprolija, los anteojos de ciego. Es Cortázar del derecho y del revés, para todos, incluso para los que no lo conoce.

Se suman al cuadro una plétora de libros políticos, sociológicos, y filosóficos; la tríada completa de las ciencias humanas. A no confundir, esto es proyección de una imagen, no consecución de un fin ilustre. Esos objetos están allí para  armar el montaje intelectual, la presencia de cultura sobre la mesa que informe y transmita como un transistor, que en el poseedor de los objetos se puede encontrar saber acumulado y condición espiritual de nobleza.  Si se abrieran las primeras páginas, descubrirían con asombro que no se presentan allí marcas de lápiz o lapicera; esos libros no han sido leídos por nadie, son ornamentales.

En el centro de la mesa se colocan con presteza los apuntes facultativos. El primero a la cabeza es el necesario de hoy y mañana, los restantes están de apoyo, columna de carga que sostiene el andamiaje de una mentira. Siempre el título más críptico arriba, con algo de suerte, será el apunte con más hojas;  los más accesibles hacia abajo, en orden de entendimiento. Deben ser abultados, robustos, que cansen la vista de solo ver el grosor de sus páginas; la cantidad inabarcable de conocimiento contenido. A la derecha, es reglamentario, van el capuchino y la porción de tarta de manzana, opcionalmente una diario, pero no es norma. El periódico tiene tanto de intelectual como de popular, depende su línea editorial, su diseño. Demasiados parámetros sobre los cuales operar, conviene considerarlo.

Un ritual burgués es una demostración de capacidades instaladas desplegadas sobre un cuerpo significante. Y un burgués es, esencialmente, un ciudadano de cultura fina, de porte excelente, y un consumista veato de las últimas tecnologías del mercado. Tanto así, que sus costumbres regulares deben de ir de la mano con los instrumentos modernos que le son funcionales. La libreta es un símbolo de una conexión espiritual con la primera fase del escribiente; la relación entre la mano, el espíritu siempre inquieto y la hoja. Escribir a mano tiene un cierto toque de glamour, algo de animismo mágico, pero la tinta es demodé, quedó rezagada a los nostálgicos o los individuos de pobres recursos. Cualquier sujeto en situación de exponer sus cualidades inherentes a la clase intelectual, debe hacer uso de una computadora portátil;  la nueva reina demiurgica de las letras de café.

Los rituales, como todo, son temporales en extremo. Excederse en sus tiempos, es faltar al ritual mismo y sus reglas claras. Cuando las agujas del reloj se entrelazan y  mueren juntas sobre las ocho en punto, es hora de abandonar el escenario. Se acerca la hora de los solitarios y es sagrada para los bares; lo que antes era público de salón para el despliegue simbólico de una actuación magistral, ahora son sombras de media noche dispersas en sus insípidos platos. La parafernalia de los gestos burgueses pasa desapercibida ante tamaña concurrencia en las mesas circundantes. Las miradas son otras, los mozos esperan impacientes las dos mesas que ocupan los bártulos intelectuales para remplazarlos por platos de cerámica, cubiertos y pan marsellés.

  Los libros, la tecnología de punta, los apuntes y la hipócrita actitud, se van guardando de a poco, sin prisa, como quien está cansado de tanto incorporar conocimiento. Buenos Aires es grande, una selva interminable de bares donde una y otra vez, hasta el infinito, se puede repetir el mismo ritual. Nunca dos veces en el mismo lugar. La mentira se hace evidente cuando se repite en el tiempo; pero en escenarios distintos, es siempre novedad.