Indicaciones para un ritual burgués

Llega siempre en un vaso grande, transparente y de superficie lisa; de esos vasos largos de culo estrecho y boca grande.  Se siente en la punta de los dedos el suave cosquilleo del cristal lacerado. La consistencia de la infusión es ideal, espesa en su superficie y un corcho de espuma concentrada en su tope como si fuera un cerro nevado.  Emana una suave pero robusta fragancia a granos de café molidos, de esos que parecen aceitunas negras. La masa de aire enrulada se desprende inquieta en el trayecto que va de la cocina hasta la mesa; coloca estelas de vapor en el aire como si fueran nubes  y cuando se posa sobre el mantel, humea como una chimenea en medio de un bosque boreal, formado por servilletas, libros y diarios. Los artesanos del café, escondidos tras los muros, alcanzaron con honores la temperatura ideal de una vieja expresión de la cultura Italiana: el capuchino.

Todavía no está completo, no se puede empezar. Falta el acompañante perfecto, el último invitado a este festín culinario sin el cual no puede haber festín. El capuchino es por sí solo una pincelada de extraordinaria precisión y belleza, pero no es el cuadro completo con todos sus motivos. Falta el último detalle de un ritual que es sencillo y claramente burgués,  pero solo allí entre mesitas de pino sin mantel, de patas desniveladas haciendo juego con asientos acolchados en sus respaldos.

  Fiel a las ofertas de sus avisos, diseñados a fuerza de pulso y de color sobre pizarras de madera escolares, llega en un platito de bronce, espolvoreada en coco rallado teñido de marrón. Es alta como la Torre de Pizza, como el Obelisco o la torre Eifel, pero su relleno no es una estructura de hormigón y concreto sino una deliciosa masa amorfa de manzana en compota, con un suave toque de canela. Mujer exigente, no es para cualquiera. Su sabor sobresaliente, su masa crujiente, esponjosa, lanza sus garras apasionadas sobre la lengua al primer contacto con el paladar, y se necesita energía para resistirla de golpe sin perder la razón a causa del goce.

Con el juego completo, con la sublime mesa servida, se abre la pequeña mochila que despliegan uno a uno los supuestos símbolos la condición intelectual. Por efecto sinecdótico, se espera, traigan aparejada la percepción de que las demás condiciones de la alta alcurnia también están presentes. La distribución del espacio ya está fijada de antemano, de manera programática. A la izquierda los apuntes facultativos junto a la libreta de notas cuya tapa es una foto de Cortázar reposando en una silla de playa, en un jardín rodeado por amapolas, ajeno al mundo y a la foto en sí; su vestimenta una remera de algodón sin mangas, una musculosa. La barba larga y desprolija, los anteojos de ciego. Es Cortázar del derecho y del revés, para todos, incluso para los que no lo conoce.

Se suman al cuadro una plétora de libros políticos, sociológicos, y filosóficos; la tríada completa de las ciencias humanas. A no confundir, esto es proyección de una imagen, no consecución de un fin ilustre. Esos objetos están allí para  armar el montaje intelectual, la presencia de cultura sobre la mesa que informe y transmita como un transistor, que en el poseedor de los objetos se puede encontrar saber acumulado y condición espiritual de nobleza.  Si se abrieran las primeras páginas, descubrirían con asombro que no se presentan allí marcas de lápiz o lapicera; esos libros no han sido leídos por nadie, son ornamentales.

En el centro de la mesa se colocan con presteza los apuntes facultativos. El primero a la cabeza es el necesario de hoy y mañana, los restantes están de apoyo, columna de carga que sostiene el andamiaje de una mentira. Siempre el título más críptico arriba, con algo de suerte, será el apunte con más hojas;  los más accesibles hacia abajo, en orden de entendimiento. Deben ser abultados, robustos, que cansen la vista de solo ver el grosor de sus páginas; la cantidad inabarcable de conocimiento contenido. A la derecha, es reglamentario, van el capuchino y la porción de tarta de manzana, opcionalmente una diario, pero no es norma. El periódico tiene tanto de intelectual como de popular, depende su línea editorial, su diseño. Demasiados parámetros sobre los cuales operar, conviene considerarlo.

Un ritual burgués es una demostración de capacidades instaladas desplegadas sobre un cuerpo significante. Y un burgués es, esencialmente, un ciudadano de cultura fina, de porte excelente, y un consumista veato de las últimas tecnologías del mercado. Tanto así, que sus costumbres regulares deben de ir de la mano con los instrumentos modernos que le son funcionales. La libreta es un símbolo de una conexión espiritual con la primera fase del escribiente; la relación entre la mano, el espíritu siempre inquieto y la hoja. Escribir a mano tiene un cierto toque de glamour, algo de animismo mágico, pero la tinta es demodé, quedó rezagada a los nostálgicos o los individuos de pobres recursos. Cualquier sujeto en situación de exponer sus cualidades inherentes a la clase intelectual, debe hacer uso de una computadora portátil;  la nueva reina demiurgica de las letras de café.

Los rituales, como todo, son temporales en extremo. Excederse en sus tiempos, es faltar al ritual mismo y sus reglas claras. Cuando las agujas del reloj se entrelazan y  mueren juntas sobre las ocho en punto, es hora de abandonar el escenario. Se acerca la hora de los solitarios y es sagrada para los bares; lo que antes era público de salón para el despliegue simbólico de una actuación magistral, ahora son sombras de media noche dispersas en sus insípidos platos. La parafernalia de los gestos burgueses pasa desapercibida ante tamaña concurrencia en las mesas circundantes. Las miradas son otras, los mozos esperan impacientes las dos mesas que ocupan los bártulos intelectuales para remplazarlos por platos de cerámica, cubiertos y pan marsellés.

  Los libros, la tecnología de punta, los apuntes y la hipócrita actitud, se van guardando de a poco, sin prisa, como quien está cansado de tanto incorporar conocimiento. Buenos Aires es grande, una selva interminable de bares donde una y otra vez, hasta el infinito, se puede repetir el mismo ritual. Nunca dos veces en el mismo lugar. La mentira se hace evidente cuando se repite en el tiempo; pero en escenarios distintos, es siempre novedad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s