Grieta de luz, manto de sombra.

Del árbol de la vida cae una manzana

de pura esencia infinita.

Clava sus garras sobre mi rostro

y enciende mis horas con luz diamantina.

 

De la noche manto de sombra

se abre una grieta

y brota una lágrima cristalina

resucitando mis latidos.

 

La soledad juega triste y desnuda

esperando su momento.

Y es que nada muere sin tener una hora.

Ni el sol, ni la luna, ni la muerte misma

Nada muere sin tener una hora.

 

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Quiebres

Frotaba sus manos de forma pausada pero nerviosa. Inspeccionaba a su vez, tanto el gesto sintomático, imprudente e incontrolable, como la fascinación voyeur de su visión, dispositivo curioso por registrar la secuencia de movimientos de sus manos. Ya daba igual, todo daba igual. Pensó en el frío, quizás respuesta involuntaria, reacción natural del cuerpo frente a las condiciones meteorológicas adversas, pero era el sentimiento desagradable de decepción lo que le hacía temblar todo el cuerpo mientras caminaba. Paraba, miraba el cielo, posaba su mano izquierda sobre la frente, seguía, buscaba en su bolsillo del saco algo que no estaba allí, y nada de eso parecía importarle. Era extraño, sí, ese hombre que caminaba por la acera de enfrente representaba un espectáculo difícil de ignorar. No le gustaba espiar extraños, pero la perversión mientras no había nadie en la casa era esa, mirar y mirar, investigar y preguntarse, maquinar historias que seguramente se acercaban bastante a lo real. Ayer era un viejo, un pervertido libidinoso apostado sobre una columna, observando poyeras con mirada ansiosa. Un solitario acosador de niñas que esperaba a la salida del instituto a sus desprevenidas víctimas. Hoy este nervioso vagabundo que había descubierto una verdad insoportable y la iba asimilando como podía, casi cayéndose. Como ella, que la había asimilado hace tanto tiempo, que ya era parte del pasado y del presente, como una segunda piel. Esa angustia del vacío, de lo que no se explico jamás, horrible levedad de lo real que se descubre revisando un cajón, encontrando una foto de una nenita como ella, un poco más chica, tan parecida. Era como su hija, mismo pelo, mismos ojos, de estatura era un poco más baja. Y otra vez frente al balcón, mirando a la gente que pasa como hipnotizada – ¿Dónde están los padres de esa criatura Ricardo?- – Esa nena tan cercana al balcón, mira si se cae- Y Ricardo que nada, ni respondía, claro, como va a responder abstraído de la realidad en ese sillón tan viejo, regalo de la tía Marta. Todo el día ahí, tan poco hablamos. El costo terrible de elegir un clavo para sacar una flor, por comodidad, por no poder, porque la flor venía con tantas espinas. Qué error, tanto que lo quería y no pudo ser. El que estaba ahí, apareció, y era como una estufa, daba calor, era económica. ¿Porque no? Era el premio consuelo de la lotería. Al menos algo había sacado. Tres números más y se hacía con muy buena plata, pero no llegó, cómo tantas cosas. Salió del puesto de quiniela, cruzó la calle y se dirigió hacia la plaza, pensando en la soledad,  lo triste que se ven los arboles en invierno, tan viejos y abandonados como él, que jamás tuvo nada ni a nadie, y que todo lo atravesó solo. ¡Bha! No necesitaba a nadie, al fin y al cabo, todos estamos solos en los momentos importantes. Claro que a él más bien lo habían dejado solo,  le hicieron conocer el cielo y después simplemente le quitaron la escalera. A golpes de verdades incuestionables, simplemente a golpes, se fue haciendo un lugar en el suelo aprendiendo su textura irregular a fuerza de moretones rojos. Como la sangre que no podía parar, solo un minuto se distrajo para mirar ese maldito celular que destellaba en el asiento y se lo llevo puesto. Se bajó del auto, se arodilló a su lado. No podía creer, era todo tan surrealista. Dos horas antes tomando un café de incógnita, en horarios no declarados.  Ahora gente amontonada, sangre, huesos rotos,  gritos y ella frente al pobre tipo de gabardina negra que le susurraba “no me dejé solo, no quiero morir solo. Así es como viví” Solo podía pensar en la hora, si llegaba tarde o no. No le iban a dar los tiempos.