Buenos amores, aires de odio.

Esta ciudad imparable se fagocita, se arranca pedazos a mordiscos y los escupe. De cada herida nacen mil brazos que atraviesan las calles, mil piernas, mil ojos. Es un demiurgo imponente que se abre como un abanico hacia el oeste, con las venas expuestas, rojas e hinchadas.

Un laberinto de calles que continuamente cambian de lugar, se alzan hacia el cielo o se desploman sobre el suelo. No hay salidas, no hay entradas, no hay pasajes a recordar. Bastan dos pasos hacia cualquier punto y al girar la cabeza para mirar el camino recorrido, nada es igual, todo es distinto.

Un mapa que se dibuja a sí mismo a cada minuto. Va fijando con clavos gruesos las  tablas bajo nuestros pies al mismo tiempo que las arranca de forma violenta con las manos desnudas. En un solo movimiento, hermoso y temible, destruye sin misericordia las imágenes que anhela la memoria.

Como a la mujer que nos lastima en la misma cama donde nos hace gozar, entrega todo y todo los destruye en el mismo momento que lo entrega. En sus falsos gestos de mujer insaciable, nos asquea y nos hace vibrar en éxtasis. Se la ama y se la odia, todo a la vez, porque no podría uno atravesarla de otra manera sin perder la poca cordura que lleva a cuestas.

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Usted se confunde

Yo no soy moralista, usted se equivoca. Cuando me ve escupir sobre ese idiota que insulta a la gente que lo va a ver, no prima en mí una moral ascética, no defiendo a los imbéciles que pagan por ser insultados. Crítico a ese egocéntrico porque su arte ya no es arte, ya no cumple con aquello que dice cumplir. Es público no se siente ofendido, no experimenta un quiebre con lo común, ya que disfruta que lo insulten. Adora que el artista lo rebaje, y por lo tanto, ese seudo artista que se cree de vanguardia no es más que un comerciante vendiéndole a un grupo de filisteos desbordados por el mundo,  la vieja idea del arte moderno: el escape, la limpieza espiritual, la catarsis en la cual se refugia el hombre mediocre para recibir del arte la tranquilidad frente a un mundo horrible y despreciable.

Por eso odio a esos poetas expresionistas, subjetivos, que todo el tiempo hablan de lo interior, de la tristeza, o a todos esos patéticos promotores de la espiritualidad. No es más que el burdo intento de vender una mercancía, de posicionar una marca, uno vendiendo la apologética directa de un mundo de dolor, y los otros vendiendo la armonía y tranquilidad frente a un óceno de sufrimiento. Todos son la norma, pero creen ser avant garde, todos están en el mismo negocio turbio, rodeados del mismo tufillo asqueroso del beneficio, de la ganancia, de la espera por el reconocimiento para comprar la casa en Belgrano.

De ahí que su panteón de dioses griegos, con un tinte nacionalista, jamás fue mi panteón. Mucha razón tiene en criticarme. Ese egocéntrico imbécil que habla del asco del populacho, mientras le vende a ese populacho un recital donde obtiene millones, y luego se retira a su lujoso departamento, ese hombre merece todo mi desprecio. Ese no es el ser desbordado por el dolor del que hablaba Nietzsche, ese hombre no despliega en su arte la conciencia del ser en el sufrimiento para establecer un soberbio acto comunicativo con otros iguales a él. Esa rana petulante no es más que un mercader del arte, que le vende a un grupo de excitados por el consumo, un producto tan igual a otros porque los iguala el hecho de ser simples mercancías.