Septiembre se va

Septiembre se va, muere el invierno. A través del cristal partido, observo los primeros colores de las flores; el patio es un bello fresco.

El viento sacude los brotes de los crisantemos, las petunias, las acacias. Forma remolinos de polvo que chocan violentamente contra la escalera. Cielo encapotado, gris oscuro, filtra una tenue luz a través de los huecos minúsculos de la media sombra que cuelga amarrada de la medianera.

Todo se va, se fue tan rápido. El día, la vida, se sienten pasar como nubes rozando las mejillas, y uno no puede más que contemplar una nueva primavera; y ya son tantas. ¿Cuanto hace que observamos las flores con este sentimiento de quietud y responso? Difícil decirlo.

El frio clama por entrar empujando la puerta, la taza caliente desprendiendo vahos, el aroma a gas quemado de la hornalla. Vamos en la corriente, seguimos, pero septiembre se va, agoniza en la soledad del patio. Quiere permanecer, lucha por perdurar con un gesto aquí y otro allá, pero su partida es inevitable.

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Poesia en segundos

Los ojos duros, penetrantes como agujas de acero en la piel, posaban su mirada de cristal sobre la inabarcable extensión de las vías.

Amelia petrificada, Amelia perdida en el cuadro. En esos momentos, tan escasos, tan sin tiempo, desaparecía la condición humana de su ser. No había allí nada más que viento proveniente del sur acariciando suavemente las duras y vencidas tablas de un viejo banco de estación.

Los amores presentes, los del ayer, los personajes oscuros, sospechosos, que se arrinconaban bajo la protección de las sombras, apoyados sobre las columnas de la estación. Estaban los que pasaban y le decían cosas, los que intentaban seducirla, los que la ignoraban o veían en ella la fiel imagen de la locura.

Pero Amelia no estaba, era un fantasma, una proyección del pasado que jugaba con los efectos ópticos del presente. Su cuerpo era tan ilusorio como su alma, como el canto…

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Amelia regresa

Los ojos duros, penetrantes como agujas de acero en la piel, posaban su mirada de cristal sobre la inabarcable extensión de las vías.

Amelia petrificada, Amelia perdida en el cuadro. En esos momentos, tan escasos, tan sin tiempo, desaparecía la condición humana de su ser. No había allí nada más que viento proveniente del sur acariciando suavemente las duras y vencidas tablas de un viejo banco de estación.

Los amores presentes, los del ayer, los personajes oscuros, sospechosos, que se arrinconaban bajo la protección de las sombras, apoyados sobre las columnas de la estación. Estaban los que pasaban y le decían cosas, los que intentaban seducirla, los que la ignoraban o veían en ella la fiel imagen de la locura.

Pero Amelia no estaba, era un fantasma, una proyección del pasado que jugaba con los efectos ópticos del presente. Su cuerpo era tan ilusorio como su alma, como el canto de los pájaros, como el crujir de la noche. Nada la ataba a ese lugar, y ciertamente no existía ni ella, ni ese momento.

El cielo relampaguea, pero ella no lo percibe, no se inquieta con el flash de la naturaleza. Una gota cae sobre el techo a dos aguas de la estación, se precipita hacia la cornisa y cae sobre su cabeza. Baja por el costado izquierdo del rostro besando con ternura la parte vedada de su oreja y la hace estremecer; reaviva músculos dormidos hace ya años.

La misma gota atrevida se mete en la camisa, recorre su pecho con lujuria y aprieta fuerte los senos,  lame con piel de gota y sigue hacia su cintura. El vientre se contrae, la espalda se encorva. Comienza a circular la sangre y la tez blanca de  los cachetes desaparece en un suave color rojo. Goza, siente, encuentra.

Atraviesa el cinto, llega hasta el pubis y hace remolinos húmedos en sus cabellos. Salta sobre su sexo y lo penetra suavemente, mientras Amelia goza cada momento antes de llegar al clímax y desfallecer sobre las duras tablas del banco. Su cuerpo es despojos de  fatigas y espasmos, pero es un cuerpo que percibe el entorno en su extremo éxtasis

La hipnosis se quiebra, su mirada pierde su dura pose clavada en las vías. Registra y ve todo, siente miedos y alegrías, terror y placer. Amelia redescubre la vida.

Dos segundos para el resto de la vida

Caminaron lentamente hacia la parada del colectivo. Julieta jugaba a abrir y cerrar su paraguas, corría como loca hacía ellos, y luego volvía hacia atrás como un yo-yo ante la mirada atenta de su madre. Como quien no tiene apuro en terminar nada, simplemente se dejaban estar en la situación. Al llegar se despidieron con un beso. Sebastian lo repitió en la panza de Soledad donde Lautaro se movía de aquí para allá tirando magnificas patadas en el vientre de su madre. Queriendo no ser menos, Julieta alzó su paraguas y lo persiguió en tono amenazador, en un sincero acto de celos y despedida.

– Tengo la suerte de los que nunca ganan ningún premio –

– ¿Qué tipo de suerte es esa? –

– La de los afortunados de la vida – , dijo antes de irse.  

Había algo en el aire, una sensación de fortuna, de compania. Cada pequeña historia previa, cada minúsculo detalle, constituían un escalón hacia algo tan simple y maravilloso.
La sonrisa cómplice, las charlas matutinas, los pasos que marchan en extraña cadencia pero juntos. El brazo que pasa bajo los pechos y acaricia con suave gesto la redondez de la panza, el ombligo hacia afuera, la respiración cercana. Los pelos de Julieta moviéndose en zig zag mientras hacia la tarea, las preguntas desprevenidas, incontestables pero deliciosas. Los juegos de lucha sobre la cama de mamá, los paseos en bicicleta, las escapadas al cine.
Todo era tan improbable, dependía de tan tas cosas, que era fácil entender su fragilidad.

Es tan improbable la vida, hay tantas circunstancias que tienen que darse para un segundo y para el siguiente. Pero la existencia desborda al hombre y lo sumerge en la fatalidad, al punto de no entender que hay maravilla en cada piedra que observamos en el camino. La sensación de no estar solo nunca más, de sentir que llevaba en el pecho la risa de Julieta, la mirada de Soledad, a eso, él le llamaba suerte.

A lo lejos, como siempre, el 76 llegaba a la parada. Revisó las monedas en su bolsillo y con el pecho inflado de ternura, emprendió viaje a su trabajo.

luces

Las luces, desde lejos
corren, marchan en procesión.
por el camino.

La noche  cobija;
curiosos fisgones
en ella reposan.

Mil soles despiertan
y desaparecen;
fuera de cuadro.

El cuarto es penumbra.
el sonido arrulla
reposa el alma.

La mente escapa
corre con las luces;
se vuelve nada.

Escribir

La brasa que mantiene vivo el día, que alimenta el apetito voraz del monarca de los cielos, comienza a agotarse. En fino tapiz, medio oscuro, medio cielo de nubes, se divisan ya los tonos naranjas del anochecer.

Llega entonces, como la muerte en los caminos a los viajantes sin suerte, el impulso insoportable de escribir. Así, de repente, irrumpe en el pecho ante la imagen agobiante del horizonte que se apaga. Todo nace así, río arriba por las venas, ancla en el corazón el sentimiento convirtiéndose en metáfora.

Hay razones, aquí o allá, pero nada es importante. Todo está ahí, en ese momento, donde escribir es un impulso tan viejo, tan instintivo como el terror incomprensible a la oscuridad absoluta.

Se apaga entonces el sol, y el silencio es susurro aterciopelado de la noche. Habla con voz seductora, convincente, de los secretos prohibidos y luego escapa hacia la impenetrable selva del olvido. Manto oscuro la cobija, cielo negro la proteje.

Tan hermosa, tan todo. Poco hay frente a ella, borra los restos de humanidad, frágil ante su presencia.

Se escribe, si se escribe, para existir frente a tanta belleza. Así de horrendos, de imperdonables, gritamos desesperados mientras señalamos lo maravilloso como si nos fuera cercano, como si haciendo tal cosa pudiéramos pertenecer a lo infinito.

Piedra

Solamente tienes tus huesos y tu carne
contra el mazo de fuerte acero que intenta doblegarte,
partirte en dos hasta descubrir las entrañas.

No importa, no necesitas más.
Aún frente a las hordas más imponentes,
frente a la hora fatal, de cara a la realidad,
arrojarás sobre la tormenta la saliva de tu cuerpo desnudo.
No tienes más, no necesitas más.

Uñas y carnes, sangre y venas.
Si falla el valor, si te abandonan las fuerzas,
correrás como un loco hacía la furia para romperte en ella
con cada dedo, pestaña, cabello.
Siempre tendrás eso.

Si tu cabeza ya no puede pensar,
la ofrecerás como se da la piedra a la honda
para que atraviese el cielo y reviente contra la muralla.
Si tus brazos se endurecen por el miedo que les recorre,
los usaras como si fueran troncos de gruesa madera
para golpear sin piedad el escudo
hasta que la carne se desprenda.
Y aún así, seguirás golpeando con tus huesos
hasta que se conviertan en polvo que sacuda el viento.

Pasarán a través de ti, abrirán huecos en tu carne
Pero no moverás un solo pie.
La vida es algo que cualquier animal puede tomar,
pero la voluntad de ser una piedra frente al odio
es bandera que nadie puede robar.

Te  abandonarán las fuerzas, el valor,
la capacidad, la habilidad,
pero debajo de todo eso
quedará tu cuerpo desnudo.
Tan desnudo como vino al mundo,
así también se irá.

Dolor

A veces uno quisiera ser árbol o gato
cualquier cosa menos humano
Piedra, hoja en el suelo
No lo se
¿Muerte quizás?
Pero muerte en el medio de la vida
Algo inerte que forme parte de todo
Pero que no lo toque jamás.

Lo intangible, lo etéreo
Sueño maravilloso de quien sufre la existencia

Ser nada en el medio de todo,
pero la vida no es eso
La vida es ser y sufrir
Mil veces sufrir el ser
Subir y bajar la montana
Y llevar en el corazón
el dolor Insoportable del peso de las rocas
Sufrir es una proclama
Un manifiesto frente a las circunstancias
Un grito de furia, un llamado de atención que nos afirma en la existencia

El dolor es una señal
de que a pesar de todo,
nos obstinamos por estar ahí
En el medio de todo
Y la vida duele porque es maravillosa
Porque nos da la oportunidad de escupirle la cara
cada vez que nos desafía a probar que existimos
en el medio de todo y a pesar de todo.
Vivir, sufrir, a veces morir. No puede, no debe, ser distinto.
Somos más que el árbol, que la roca desnuda
Somos locura viva, delirio que mira el fuego con ojos desorbitados.
Eso es lo humano.