Poesia en segundos

Los ojos duros, penetrantes como agujas de acero en la piel, posaban su mirada de cristal sobre la inabarcable extensión de las vías.

Amelia petrificada, Amelia perdida en el cuadro. En esos momentos, tan escasos, tan sin tiempo, desaparecía la condición humana de su ser. No había allí nada más que viento proveniente del sur acariciando suavemente las duras y vencidas tablas de un viejo banco de estación.

Los amores presentes, los del ayer, los personajes oscuros, sospechosos, que se arrinconaban bajo la protección de las sombras, apoyados sobre las columnas de la estación. Estaban los que pasaban y le decían cosas, los que intentaban seducirla, los que la ignoraban o veían en ella la fiel imagen de la locura.

Pero Amelia no estaba, era un fantasma, una proyección del pasado que jugaba con los efectos ópticos del presente. Su cuerpo era tan ilusorio como su alma, como el canto…

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