Amelia regresa

Los ojos duros, penetrantes como agujas de acero en la piel, posaban su mirada de cristal sobre la inabarcable extensión de las vías.

Amelia petrificada, Amelia perdida en el cuadro. En esos momentos, tan escasos, tan sin tiempo, desaparecía la condición humana de su ser. No había allí nada más que viento proveniente del sur acariciando suavemente las duras y vencidas tablas de un viejo banco de estación.

Los amores presentes, los del ayer, los personajes oscuros, sospechosos, que se arrinconaban bajo la protección de las sombras, apoyados sobre las columnas de la estación. Estaban los que pasaban y le decían cosas, los que intentaban seducirla, los que la ignoraban o veían en ella la fiel imagen de la locura.

Pero Amelia no estaba, era un fantasma, una proyección del pasado que jugaba con los efectos ópticos del presente. Su cuerpo era tan ilusorio como su alma, como el canto de los pájaros, como el crujir de la noche. Nada la ataba a ese lugar, y ciertamente no existía ni ella, ni ese momento.

El cielo relampaguea, pero ella no lo percibe, no se inquieta con el flash de la naturaleza. Una gota cae sobre el techo a dos aguas de la estación, se precipita hacia la cornisa y cae sobre su cabeza. Baja por el costado izquierdo del rostro besando con ternura la parte vedada de su oreja y la hace estremecer; reaviva músculos dormidos hace ya años.

La misma gota atrevida se mete en la camisa, recorre su pecho con lujuria y aprieta fuerte los senos,  lame con piel de gota y sigue hacia su cintura. El vientre se contrae, la espalda se encorva. Comienza a circular la sangre y la tez blanca de  los cachetes desaparece en un suave color rojo. Goza, siente, encuentra.

Atraviesa el cinto, llega hasta el pubis y hace remolinos húmedos en sus cabellos. Salta sobre su sexo y lo penetra suavemente, mientras Amelia goza cada momento antes de llegar al clímax y desfallecer sobre las duras tablas del banco. Su cuerpo es despojos de  fatigas y espasmos, pero es un cuerpo que percibe el entorno en su extremo éxtasis

La hipnosis se quiebra, su mirada pierde su dura pose clavada en las vías. Registra y ve todo, siente miedos y alegrías, terror y placer. Amelia redescubre la vida.

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