La condición humana

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Bajando hacía el andén de la estación Pasteur en Balvanera, al final de la escalera mecánica, me topé con la misma imagen y el mismo pedido que escucho todos los días al volver del  trabajo (excepto fines de semana). Una madre sentada en el piso, pide plata para alimentar y comprar pañales a sus dos hijos que la acompañan,  una nena de más o menos cuatro años  y un bebe que no superará los dos meses de edad, siempre adormilado entre las piernas recogidas de su madre.

Me invade la culpa algunas veces y dejo unas monedas. Otras simplemente paso de largo sin mirar, pero el cuadro siempre me petrifica hasta que los chirridos metálicos de los vagones deslizándose por las vías me despiertan de mi letargo culposo. Ya rumbo hacia mi casa, caigo en la cuenta de la atmósfera nociva que debe ser para ese bebe la estación del subte.

Imagino la repetición diaria, cuarenta o treinta veces, y sus pequeños oídos. Pienso en la temperatura, en las luces de neón que queman los ojos, en la poca elevación del techo, en los vahos varios, humos rancios y pestilencias que vician el aire. Lo imagino durante todo el día, de las ocho a las nueve, porque vivirlo por quince minutos mientras esperamos el subterráneo no es vivirlo en lo absoluto. Luego pienso en todos los bebes, en todos los lugares oscuros y asfixiantes del planeta, en sus cuerpos frágiles, en todos los padres y madres en situación de emergencia, en la pobreza niña que se hará adulta, en la terrible crueldad de los humanos que ante el horror mas grande, solo seguimos de largo y levantamos los hombros.

Ya en casa, lagrimeo un poco y se me ponen los ojos rojos por algunos segundos.  Preparo mate y en la primera ronda,  olvido esa imagen perturbadora. Me pierdo en un mar de estupideces diarias, sale de mi horizonte de preocupaciones. Mañana recordaré que existe el horror, cuando la vida lo ponga nuevamente frente a mis ojos.

El mundo, que lugar. No solo por aquellos pocos que lo convierten en un infierno para tantos, si no también por los miles que no hacemos nada más que pasar de largo y olvidar.

Difícil y fácil vivir con eso. Difícil y fácil.

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¿Alguna vez oyeron el silencio?

No es un absurdo, el silencio casi total zumba en los oídos, ya que la ausencia de sonoridad propia de la ciudad genera  un zumbido de adaptación que dura unas horas. Luego comenzamos a percibir sonidos naturales como el viento al pasar, que dicho sea de paso, siempre sopla en la ciudad pero que no podemos percibir por los ruidos humanos y mecánicos.

Da que pensar sobre las ciudades.

La contaminación sonora es permanente y en todas las direcciones. Perros, sirenas, conversaciones, música, motores de todo tipo, en fin, un bombardeo constante en espacios reducidos, porque el sonido se pierde en las distancias, pero en las ciudades todo es tan chico, tan claustrofóbicamente cerrado, que el ruido se potencia.

No intento escribir un manifiesto de ermitaño, ni estoy pidiendo un regreso místico a la naturaleza en una moderna edad de piedra. Simplemente quiero señalar que hemos perdido contacto con lo que nos maravillaba de la naturaleza. Poco a poco expulsamos de nuestra vida cotidiana cosas simples que nos llenaban de plena satisfacción, y las remplazamos por placebos tecnológicos que no logran calmar las ansias de tranquilidad, y que como soportes de emisión de mensajes, nos ofrecen más placebos para saciar una angustia que no cierra jamás.

Recuerdo de niño el cielo estrellado del barrio de caballito.

Y no es una nostalgia por el tiempo que pasó, simplemente recuerdo alzar la cabeza y ver miles de estrellas. Hoy la contaminación lumínica es total, imposible imaginar un cielo así en Buenos Aires. Es algo importante a reflexionar. Cambiamos, o nos cambiaron gradualmente, un fenómeno natural, relajante y gratuito, que bastaba simplemente levantar la cabeza para maravillarse y sentirse parte de algo cósmico, por una berreta imitación terrenal de luces de carteles que nos invitan a gastar y mas gastar.

El fenómeno natural era gratuito y profundamente reflexivo. Llamaba a pensar sobre la existencia, sobre las cosas verdaderamente importantes y ensenaba valores por la simple emoción de observar tanta belleza. No es de extrañar que por efecto de como se mueve a si mismo este sistema y su sujeto central consumidor, se lo haya literalmente tapado. La mirada hacia el frente como los caballos, siempre mirando el televisor, el cartel del shopping, los objetos que tenemos que comprar para ser. La visión es la prisión moderna del hombre porque la espacialidad se ha transformado para que ocupemos un lugar como sujeto espectador y consumidor. Vemos el escenario constituido por el sistema, el corredor de cemento siempre hacia adelante, nuestra propia caja de madera.

Pero eso si, en vacaciones, podemos escapar hacia el paisaje de postal, para recuperar momentáneamente la parte perdida de nuestro ser. Armamos las maletas, cargamos el auto y vamos hacia las cataratas, o al glaciar para sacar fotos y maravillarnos. “Puta, lo que nos perdemos en la ciudad” decimos en la tranquilidad mística de la garganta del diablo en Salta, mientras un coya toca de fondo un charango en un anfiteatro natural y la lluvia se cuela por el cielo redondo que forma el borde superior abierto de la gruta.

Y es que aun en ese escenario acondicionado para turistas, la naturaleza nos interpela, nos llama como ausencia cotidiana. Nos comunica que ahí hay algo que podría ser parte de nuestra vida pero que no lo es.

Interesante pensarlo.

La naturaleza real, no la diosa mistificada que tantos naturalistas gustan describir, es una presencia visible solamente por fuera del marco que son las ciudades. La abrumadora presencia del sistema en sus manifestaciones diarias, oculta  adrede lo natural, o más bien, expulsa lo natural porque distrae, porque llama al hombre a reflexionar y dar cuenta de su rol como consumidor.

Dicotomías

No creo en el tiempo, en las diferencias entre lo viejo y lo nuevo. No creo en términos como viejo y nuevo, creo que hay falsas dicotomías que nublan el pensar, que no nos permiten entender la esencia de las contradicciones. La dicotomía es un problema de la sanción del lenguaje, de lo que ya se nos presenta como cerrado al entendimiento porque es así.

Las situaciones no son buenas o malas, esos son atributos humanos, que provienen de un hacer consciente, revelan intenciones. Lo que ocurre no es consciente, no persigue fines, por lo tanto no hay allí posibilidad de encontrar la bondad o la maldad. Uno es lo que decide ser, sentir lo que desea sentir en cada circunstancia, pero las dicotomías son falsas.

Caminos

Siempre hay recursos, siempre hay respuestas. Pero enfrentarse al peso de sus verdades es más doloroso que el primer dolor. Somos voluntad, no dioses, hacemos según las circunstancias, pero la falta de confianza en nuestras capacidades nos pone siempre un escalón abajo.

Los caminos están más allá de nosotros, pero están dispuestos al caminante. Si hay voluntad de atravesar las adversidades naturales de cada uno, tenemos la mitad del camino hecho.

Comprar en coto, una experiencia desagradable

A veces mi mujer decide ir a coto porque la tarjeta le brinda un flor de descuento. Y a veces compra tantas cosas que necesita una mano que la ayude a llevar las bolsas, y por supuesto, yo soy la mano de obra no paga que tiene que llevarlas caminando a casa.  El problema es que odio ir a cualquier cadena de supermercados. No me gustan, me siento asfixiado. Todos tienen la misma política. Empleados mal pagos y súper explotados que brindan malos servicios, y consumidores insoportables que como ovejas, se agrupan en masa para comprar.

Nunca falta el cliente que verduguea al cajero nuevo, ni el cajero que es literalmente un pelotudo atómico o un reventado de tanto trabajar. O el agente de seguridad con rasgos del altiplano que persigue a todo aquel sujeto que presente los mismos rasgos faciales, o al menos sea de tez oscura, porque así se lo enseñaron en el curso de cuatro días para ser agente de seguridad de coto. Los imagino en un cuarto oscuro mirando diapositivas y a un instructor facho diciéndoles a un montón de sujetos de tez oscura “cuidado con los bolivianos, los peruanos, los paraguayos, en fin, todos los que parecen negritos”

Mil veces prefiero el local de barrio a la gran cadena de supermercados. Mil veces prefiero la tranquilidad de un local pequeño y artesanal, que la fría espacialidad de coto y sus inabarcables mercaderías. Ojala no fuéramos tan corderos, tan necesitados de estos mounstros empresariales a los cuales solo les importa facturar al menor costo de inversión posible.  No tiran una publicidad aquí o allá con tarjeta en mil cuotas y descuentos del 10 por ciento y salimos todos como ganado a pastar en los campos de coto sacrificando tiempo y tranquilidad.

No vayamos más, que se caguen cerrando como los Mac Donalds en Bolivia. Esos sí que tienen tradición, huevos y ovarios.

La belleza en todas las cosas

Sentado en un parque cualquiera de la ciudad admiraba el paisaje. La tarde cerraba su ciclo, daba paso a la noche que se colaba entre rayos naranjas allá en el horizonte de ladrillos, cemento y vigas que son los edificios porteños. El césped tan verde, el silencio llamativo, los claro oscuros que se formaban entre los árboles. La belleza inundaba el paisaje.
Ese paisaje era tan urbano, tan mediocre como cualquier otro, y esta tarde tan igual a cualquier tarde de sábado. Pero también, ese pasto era tan perfecto y hermoso como el pasto que crece en las colinas de algún país nórdico, de esos que añoramos visitar. El momento era tan mágico como el que podemos vivir atravesando la cordillera o adentrándonos en un bosque de pinos frondosos cercano a la vera de un río.
El mundo, en cualquier punto de su extensión, no es hermoso o desagradable. Lo hermoso está en nosotros, en nuestras sensaciones que convierten los segundos en prisión o libertad. Es una elección del ahora el poder sentir lo vivido como belleza, porque la belleza es una forma de sentir lo presente. No hay nada ahí, todo está en nosotros, en nuestra disposición hacia la vida, en lo que creemos esencial para vivir, y basta un simple momento de reflexión para entender que lo esencial para vivir es estar vivos, lo demás corre por cuenta de nuestros deseos absurdos.
No se trata de no desear nada, sino de disfrutar lo que tenemos, de saber apreciar lo bello en todo lo que existe. Los paisajes cambian, los lugares pueden ser distintos, pero nosotros somos siempre el lugar privilegiado que mira el mundo, y lo que colocamos sobre él, puede ser la angustia de lo que se nos niega o la belleza natural de todas las cosas.

La angustia de anticiparse

No es malo prepararse para la tormenta, pero anticiparse es vivirla antes de tiempo, maldecir por la suerte de tener que soportarla antes de que el cielo se ponga oscuro.
Anticiparnos a la infelicidad nos hace infelices, ya que esperamos lo peor con angustia y pasamos de largo el ahora pleno.

Las cosas malas llegaran, inevitablemente, porque aquello que está destinado a ser será, así de sencillo. No por magia o deseo divino, sino porque las cosas suceden en el orden que sucederán, y eso es inevitable, porque en el orden de las cosas podemos controlar con anticipación solo un mínimo número de ellas. Nadie está maldito, las cosas simplemente suceden.

Por eso, lo que no puedes evitar, no tiene porque angustiarte, ya que nada puedes hacer más que enfrentártele cuando llegue, y si te afecta o te hace sufrir, recuerda que solo nos puede afectar aquello que dejamos que nos afecte.

No te angusties, actúa.

No sufras, repáralo.

Llora, pero ocúpate.

Somos víctimas solo cuando nos vemos como víctimas, porque en cada situación, somos libres de elegir nuestro destino y elegir de qué manera nos van a afectar las consecuencias de nuestros actos. No hay que esperar el golpe, acortemos la distancia de la manera más simple uniendo dos puntos en línea recta.

Eso que llaman orgullo

La vida es un camino de montaña que se extiende hacia infinitas posibilidades, porque a decir verdad, el camino es uno mismo. No competimos por ser mejores que los demás, sino que competimos contra nosotros mismos en un esfuerzo por superarnos

Orgullo es miedo disfrazado de superioridad. Miedo a reconocer lo infinito, lo inabarcable e inconmensurable que siempre es ahora y mañana. Miedo a no poder en el primer intento, a no coincidir con esa imagen de perfección que parece lo ideal. Pero la base de la superación personal es equivocarse e intentar nuevamente, cosa que el orgullo no puede entender porque convierte las equivocaciones en humillación, espejo falso de nuestras posibilidades reales de progresar. Salir de la ceguera del orgullo involucra confianza en uno, reconocimiento de lo presente por el esfuerzo dedicado y de lo que aun no es, lo que solo con dedicación conseguiremos.

Pero la superación personal no es una cuestión individual, sino una tarea colectiva, y es por esa razón que el orgullo es más una ofensa hacia el propio sujeto que hacia los otros. Cuando fuimos discípulos tuvimos maestros de los cuales aprendimos y a los cuales enseñamos, cuando fuimos maestros tuvimos discípulos a los cuales enseñamos y de los cuales aprendimos y por eso siempre fuimos en esencia las dos cosas. Cuando el orgullo invade el espíritu, no hay lugar para el reconocimiento, y sin reconocimiento hacia el otro, no hay ni discípulos ni maestros.

Somos por los otros, ellos son brazos extendidos que nos aproximan a la cumbre, y el orgullo es no continuar la cadena ni hacia abajo, desconociendo en el otro nuestro pasado inmediato, ni hacia arriba, cerrando nuestro camino hacia las posibilidades de nuestro futuro.

Valor

El valor es una disposición a la acción frente a lo injusto. Pero jamás desde el odio, o desde el resentimiento. Actuar es dejar de ser, de pensar, ponerse en un lugar que ya no es el nuestro sino el de todos. El odio llama al miedo, y el miedo a la violencia, y para actuar frente a lo injusto, uno solamente debe ser agua que fluye a través de la situación. No por odio, si no por vocación. No es fácil lograrlo, ni entenderlo, pero el agua no tiene motivos de ser agua, simplemente se adapta y avanza, imparable. No siente rencor, ira o miedo, no odia. Es solamente una sustancia, y nosotros debemos ser solamente cuerpo.