Filemon y Baucis

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Filemon y Baucis

Fausto le pide a Mefistófeles, y a un grupo de sus hombres, que se encarguen del problema de una pareja de ancianos ocupando un terreno en la costa. El único pedido que le hace Fausto a su demonio, es no enterarse de que manera van a echar a la pareja -solo Goethe podría adelantarse 200 años a la cobarde actitud de la clase media argentina durante la última dictadura militar-.

La capilla donde vive la pareja de ancianos es incendiada y Filemón y Baucis asesinados. Al enterarse, Fausto entra en cólera contra Mefistofeles. Su excusa, cobarde por donde se la mire, es que jamás había pedido que asesinaran a nadie. -Marshall Bergman hizo un excelente análisis de este asesinato en “Todo lo solido se desvanece en el aire” (pág. 60)-

Fausto era un moderno Prometeo desencadenando las fuerzas de la industria para controlar la naturaleza en beneficio de la nueva sociedad que estaba construyendo. Su crueldad, si bien no justificada, tiene un fin: desplegar en lo real su idea del progreso que traería felicidad a los hombres. Su tragedia, como bien lo supo expresar Marshall Bergman (pag.58), es que termina trayendo sufrimiento en el medio de progreso, una contradicción flagrante.

Me viene a la mente la clase media argentina que no tiene nada de fáustica, pero sí de cobarde. No se compromete a la ruina y la gloria que pueden traer las tormentas que ayuda a desatar. Pero eso sí, quiere que sobre los débiles suene el escarmiento, y no le importa como. Los débiles, claro está, son los que están por debajo, o los que “deberían” estar abajo.

No quiere saber que pasa con los presos, solo los quiere presos, y de ser posible, muertos. No quiere enterarse de los pormenores desagradables que traerán una política económica conservadora, alejada de la intervención estatal, ni quien sufrirá los costes o como los sufrirá. Solo vela, pide y exige en nombre de su estabilidad económica individual, su pedazo de paraíso consumista y simbólico donde puede jugar a ser y no ser la clase alta. Solo jugar, claro está.

Si hay que barrer a miles de Filemon y Baucis, o miles de “negritos”, no quiere saber los detalles pero quiere que se haga. En el camino también van a caer ellos, pero la mirada es corta cuando solo alcanza el ombligo. Quizás, en eso, la clase media argentina sí se parece algo a Fausto. La tragedia de crear miseria cuando se pretendía lo contrario, erradicarla, se ve reflejada en la tragedia de la clase media argentina. En su afán de enterrar al que le viene pisando los talones, se entierra a sí misma.

SB

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