Fango de macadam

Tenemos de burgueses las charlas de café, donde nos sentimos en un boulevard parisino, sentados en mesas de hierro con respaldos arbolados y de cara a los transeúntes que se cuelan por las callejuelas estampadas en mosaicos de rectángulos concentricos, y charlan bajo las hojas que caen de las copas de los arboles otoñales; esos que van en línea de dos en dos, dejan respirar la vereda con más baldosas finas, y luego continúan en procesión.  No somos Baudeleire ni Flaubert, pero podríamos serlo, nos falta solo el talento y la locación.

 Una gota de transpiración cae en la pequeña mesa del bar, casí adentro del jarrito. Al poner las tazas la mesa se tambalea por culpa de sus patas irregulares. -¿Algo más?-, pregunta el mozo, mientras sus ojos se clavan en el apetitoso trasero de una señorita que cruza la calle. Unos pequeñulos arapientos salen de entre la muchedumbre y nos piden unas monedas. Arrebatan una medialuna a medio comer de arriba de la mesa y salen corriendo como si llevaran un tesoro entre las manos.  La calle parisina se convierte ahora en una masa humana de rostros morochos que bajan desde la torre del reloj hasta Las Heras; el sol del medio día les pega directo en la cabeza, pero los pequeños y grandes hombres que componen esta masa sudan y prosiguen, llevan overol, gorras, botas, carteras.   Un escenario más acorde a nuestra posición, ya que tenemos de proletarios mal pagos el bolsillo, pequeño como los sueños de prosperidad y redención económica.

El compañero, no camarada, porque si a las cosas por su nombre hay que llamarlas un peronista es  un compañero, levantó la jarrita y despacho de un sorbo el cortado, con el apuro de quien cree tener algo mejor que hacer que saborear brebaje tan insulso.
-En política nadie quiere permanecer resistiendo. O mejor dicho, todos quieren estar pero no se bancan la carga de ocupar el espacio. Hay que estar ahí, de eso la izquierda sabe poco o nada, y hay que estar. Recibir los tortazos mientras agarrás con ambas manos la estantería gruesa y pesada del proyecto. Nadie quiere eso, pero nosotros lo hacemos, y muchos vienen después a disfrutar los manjares que tuvimos la osadía de cosechar con frente de tormenta.
– Me quedo con lo ultimo compañero. Porque usted verá, no basta solo con sostener la estantería con la actitud recta del héroe trágico, la postura rígida de la estatua de bronce del caudillo que ofrece su cuerpo contra el paso del tiempo, como Andrómeda oponía sus hermosos pechos firmes y redondos contra la furia envidiosa del mar que la azotaba vilmente a la espera de Ceto.
Además de resistir el olor fétido de la podredumbre política, con sus trajeados bufones, sus burócratas estúpidos y sus epígonos de bolsillo ancho, también hay que hacer algo con tantas aguas hervidas en las que nadamos, sin esperanza alguna de que Perseo pase volando y nos rescate. Metidos hasta la barbilla en el fango de macadam, hemos perdido más que la aureola del poeta, y sin embargo tenemos que hacer algo mejor que soportar el cosquilleo incomodó en las fosas nasales del nauseabundo olor a bosta de la política nacional.

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