En el abismo

Hay que descender a lo más profundo del abismo y ahí reposar, sobre fino lecho de rosas, sobre las profundas agujas de espinas. Dormir el sueño dulce sobre las agujas. Aliviar el peso del alma, sentirse entre algodones sobre las agujas.

Y en el eco profundo en la oscuridad siniestra, se oye el jadeo aterrador de la bestia en el espejo. Hierve su sangre, ciegos sus ojos, sus músculos se tensan, se hinchan las venas de su torso infinito.

Ha sido descubierta y brama violenta haciendo temblar las paredes del abismo. La oscuridad se dobla quiere estallar en mil cristales filosos. Se dobla absurdamente, se tuerce sobre sí misma en infinito espiral solo para retornar y erguirse cual muralla nuevamente.

Y hay que bailar mientras se tuerce el abismo, bailar en la boca de la bestia. Sobre su lengua húmeda y venenosa, entre sus dientes ruinosos y el aliento a muerte. Llegar al éxtasis de la locura rítmica hasta deshacer en pedazos el ritmo y no ser más que estelas luminosas cortando la oscuridad. Y luego caer, dormir nuevamente en lecho de rosas en la cómoda profundidad de las agujas.

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