Desayuno Continental

Entro al bar y me toma por sorpresa una ráfaga de viento dulzón. La fragancia que despedían unas medialunas recién horneadas era inconfundible. Le hago señas a la moza para que me ubique en una mesa al lado de la ventana, y mientras la sigo pienso en que estarás haciendo. “A esta hora de la mañana, probablemente esté durmiendo”, reflexiono mientras acomodo la campera de cuero en el respaldo de la silla. Le encargo a la moza un café con leche y dos tostadas con un poco de queso crema. Saco la libreta con la imagen de Cortázar que me regalaste hace tres años, cuando te dejé leer mis primeros cuentos y poemas, y me dispongo a escribir esta carta que intenta tejer un puente entre vos y yo. Quizás descargarme un poco, dejar salir este dolor que me llena el corazón.
La brisa de azúcar embadurnada, penetrando mis fosas nasales, me transportó a los desayunos continentales del Grand Hotel Villa Gesell Spa. Colocaban, en dos mesas cubiertas por un mantel blanco, las fetas de fiambre enrolladas y acomodadas en líneas. A su lado las tostadas y las canastas con medialunas, rodeadas por paquetes de manteca y mermelada –de esos chiquitos que te afanabas y luego se derretían en el bolso-. Por alguna razón, no puedo olvidar la majestuosa luz que se filtraba por los enormes ventanales en cruz que llegaban hasta la mitad de las paredes del comedor. Bañaba con suavidad de almohadas las mesas y a todo le daba blancura de verano. Tu nariz en forma de pelota brillaba sobre los manteles simétricamente acomodados sobre las mesas de pino, y tus ojos hinchados como limones recostados me parecían amorosos. Apenas se podía percibir si estaban abiertos o cerrados.
En especial recordé la ancha piscina de la planta baja del hotel y nuestras escapadas sexuales por las noches, cuando todos dormían. Vos te sentabas en el borde de la pileta y abrías las piernas con sonrisa pícara. Yo tenía que hacer piruetas para penetrarte, balanceándome con las manos apoyadas sobre el filo. Una noche mis 85 kilos quebraron la resistencia de mis muñecas y caí como una ballena eyaculadora sobre el agua. Viví toda la escena en cámara lenta. Tu cara de espanto, mi cuerpo desplazándose por el aire, y un chistoso hilo de esperma que floto por el aire durante breves segundos. Caí sobre mi espalda, el golpe fue duro. El estruendo despertó al pelado cocainómano de la recepción. Ese que ponía a Bach por las noches y se quedaba dormido sobre la mesa de entrada. Saliste corriendo y yo te seguía a la distancia, a trote rezagado, porque la mitad del cuerpo no me respondía. Al otro día encontramos un cartelito pegado en una de las ventanas del comedor advirtiendo sobre los horarios disponibles para la pileta. Nos mirábamos y reíamos silenciosamente.
El microclima del bar se vuelve un mosaico de recuerdos que se van filtrando poco a poco en la carta que escribo. Esa ensalada, por ejemplo, que pidió el flaquito de anteojos de la mesa al lado de la puerta del baño. Me hace acordar cuando viajamos a Foz do Iguazú y nos hospedamos en ese hotel a las puertas de las Cataratas. ¿Te acordás? Tenía un recorrido de dos kilómetros que atravesaba una pequeña selva y terminaba a la vera del río Iguazú, en un gran mirador de madera con dos bancos llenos de telarañas. Lo caminábamos por la tarde y, sí éramos silenciosos, podíamos observar a los monos Titi comiendo porquerías en las coplas de las palmeras. Al vernos escapaban saltando entre las ramas con una agilidad envidiable. En esa pequeña escapada de fin de semana pude entender mucho más sobre tu filosofía de vida. Bajo la vegetación exageradamente exuberante del clima tropical, pasaba largas horas escuchando tus originales observaciones sobre la armonía de la naturaleza, y la desconexión visceral del hombre de su origen primitivo con la madre tierra. No sé, había algo en la emoción que le ponías a tus descabelladas teorías sobre el retorno a lo natural, que las hacían brillar como si fueran verdades absolutas. Amaba tu forma de ver el mundo, a veces tan distinta a la mía.
Se nos había hecho costumbre terminar los recorridos cogiendo detrás de los árboles. Hasta aquella vez que una hormiga gigante se me subió en una nalga y me atravesó con sus tenazas de cocodrilo. Me dejo flor de roncha en el culo. Jamás sentí la picadura porque estaba a punto de acabar, pero a la noche me fui en fiebre y tuviste que llamar al médico del hotel. Ese flaquito alto de anteojos culo de botella, negro como un agujero en la tierra…
Sí, ese al que mandé a la puta madre que lo parió cuando te dijo “Usted es un encanto de compañera”. El tipo se mordió el labio porque dije que lo iba a denunciar a la gerencia del hotel por hacerse el vivo con las mujeres de otro. Balbuceaba un estúpido “Pero señor, usted se confunde” -¡Confunde las pelotas! Qué si me pudiera levantar de esta cama te cago a bifes por atrevido negro de mierda- le dije. El tipo largo una puteada grande como una casa y se fue, olvidando el maletín al lado de la cama. Vos te enojaste y me abandonaste, con fiebre y sudando como un loco. Supongo que te fuiste al comedor, o eso quiero creer, porque la cuestión es que no volviste hasta bien entrada la noche y envuelta en olor a cerveza. Peleamos como nunca y esa noche no cogimos… en fin. Maravilloso ese hotel, la mesa del desayuno era un espectáculo de abundancia. Chipas, medias lunas, ollas de salsas exóticas, fiambres de todo tipo. Siempre me sentía como un afortunado terrateniente sentado a la mesa. Volví con diez kilos de más. Había también una fruta, no recuerdo como se llamaba… ah sí, Papaya, y también esa mezcla rara de arroz con frijoles negros, la Felloada, un asco. Vos comías poco. Las cataratas te habían parecido una simple bañera gigante con una canilla igual de grande.
Llega la moza con el café, esta frío. Le pido que lo caliente de nuevo y se aleja mascullando una puteada que no alcanzo a oír. Por alguna razón, ese atrevimiento entre dientes me hace acordar tus gritos desaforados en la Quebrada de Humahuaca. Hablo de aquella vez que el carnaval nos alcanzó al mismo tiempo que la noche, con sus diablos y borrachos. ¿Te acordás de ese viaje a Jujuy? Un año antes del último. Los trajes formaban un arcoíris de colores infinito que se perdía como una víbora gigante por las calles de Humahuaca. Nos mezclamos entre la gente y nos besábamos, bailando como poseídos mientras bebíamos una botella de Chicha; esa que habíamos comprado a precio de ganga en el galponcito del centro. Un frío de cagarse, pero el calor humano, la bebida y los besos nos mantenían caliente. Yo anticipaba el regreso al hotel con impaciencia. Prometía ser como los viajes anteriores cuando nos matábamos en la cama y no discutíamos por cualquier cosa. La noche, además, con su misticismo de máscaras y bailes, le daba a nuestra velada el toque surrealista que tanto te excitaba. Era una receta infalible. Hasta que nos perdimos, como siempre, y no sabíamos cómo regresar. Yo quería seguir mi instinto, creía recordar más o menos las calles que habíamos tomado, pero vos, dudando siempre de mi capacidad cognitiva, decidiste apostar por los nativos. Yo intuía que la regla del “todo está demasiado bien” iba a operar en nuestra contra. Era necesario salir corriendo, no preguntarle nada a nadie y ver cómo nos apañábamos. Pero no, vos decidiste preguntarle a un negro vestido de diablo, tan en pedo como vos, por donde se iba a la calle del hotel. Como era de esperar, el diablo te respondió “Seguime a mí negrita linda”. La sangre tana y árabe fluyo en mis venas frontales y le enterré al tipo un cross de derecha que me hizo mierda la mano. Se me vino encima. Rodamos calle abajo dándonos chistosas trompadas que no acertaban en ningún lugar. Al final nos separaron, y aquella pareja de turistas insoportables –la del compacto, que no dejaban de hablar de sus nietos- nos llevaron al hotel. Esa noche no cogimos, ni hablamos, ni nada. Al día siguiente tuve que viajar hasta Tilcara para que me dieran atención médica porque la mano se me había hinchado hasta adquirir las proporciones de un melón maduro. No me acompañaste.
La moza regresa con mi café, y le preguntó si cuando se fue dijo algo. “¿Yo señor?” me dice con cara de boluda, como si la estuviera acusando de robarme la billetera. De alguna manera, esas cejas arqueadas apuntando hacia el cielo y esa boca abierta como esperando que le pongan una banana en el medio, me hace acordar a tus caras de “¿Yo?”. El café hierve como las aguas del estigia, y la moza se queda al lado esperando que me queme la lengua, la boca y las amígdalas. Efectivamente, me quemo la comisura de los labios, y hasta los testículos, porque unas gotas se deslizan y caen sobre mi entrepierna. Pero no le doy el gusto a la rubia. “Mmmm, perfecto. El punto exacto”, le retruco mientras evito mirarla a los ojos. Revuelvo el café para que se disipe un poco el calor, mientras la moza se retira decepcionada, y el golpeteo de la chuchara me transporta hasta la Garganta del Diablo. Aquella primera vez que fuimos a Salta y que llovía a cantaros. Hay una razón para recordar esa caverna, una secuencia maravillosa que aún hoy me eriza la piel. En las sombras un coya tocaba con gran habilidad un Siku. No me preguntes porqué, no sabría explicarlo, pero sentí un llamado a participar de algo superior, de algo infinito. Cada gota de lluvia que caía sobre mi rostro lo hacían danzando al ritmo de las notas que ejecutaba el coya. Lo que se dice una perfecta sincronía. Por inercia te solté la mano y me senté con las piernas cruzadas en el centro del cono de luz rodeado por las sombras. Algo estaba a punto de llegar, no sé, una especie de revelación. No tengo que explicarte demasiado, al fin y al cabo, la persona que me habló de esos momentos místicos, de esas epifanías –creo que así les llamabas-, fuiste vos. Sin embargo, se ve que ese día te habías olvidado la espiritualidad en la habitación del hotel, porque de un carterazo mal dado en la nuca me trajiste de regreso. Y todo para darle gusto a esos pelotudos de la combi que no paraban de tocar la bocina para que regresaramos a ese viaje relámpago de mierda, donde cada visita a cada puto lago, montaña o río, duraba tres segundos. -¡La puta que te parió Roxana!- te grité.
Fui directamente a la combi y los mandé a todos a la mierda. El negro de la camioneta quería bajar a boxearme –que suerte que lo paró la guía, porque me destrozaba-. Nos preguntaron sí íbamos a quedarnos o seguíamos el viaje, y los mandé a la mierda otra vez. La combi se fue y nosotros nos quedamos varados. Tuvimos que caminar cuatro horas hasta una cabaña donde aceptaban huéspedes, según la información que nos había dado el coya en la caverna. Era tan tarde que a las dos horas de camino nos agarró la noche, y vos estabas aterrada por la inmensidad de la nada que nos cerraba en un manto oscuro de estrellas. Para mí el espectáculo era fantástico, te señalaba el cielo y te hablaba de lo afortunado que éramos en presenciar una noche semejante. Pero vos estabas montada en cólera. Me insultaste durante todo el camino. En determinado momento de nuestra caminata pisaste mal una piedra y caíste hacia adelante. La pesada mochila que llevabas salió catapultada hacia un enorme charco de agua. Te levantaste con furia, corriste hasta la mochila y empezaste a patearla como si fuera un muerto en el camino. Luego, exhausta, caíste sobre tus rodillas y ahí quedaste, por media hora, llorando y puteando como un nene que se raspa la rodilla.
Increíblemente esa noche sí cogimos, y por iniciativa tuya, en esa pieza horrenda de aquel pueblito caído del mundo. Sin caricias, ni besos, te me subiste encima y prácticamente me violaste. Sentía tus uñas clavándose como cuchillos en la espalda, y los golpes furiosos de tu cadera sobre mis testículos los comprimían casi al punto de estallar por la presión. Tus ojos se desorbitaban, desaparecían tras tus parpados y quedaban blancos e inyectados en venas. Pensé que habías sido poseída por un demonio del norte. Tus dientes me mordían sin reparos ni cuidado, como si yo fuera un queso y vos una rata muerta de hambre; me desgarraban el hombro pero estaba tan excitado que me dejaba lacerar. No sé si lo soñé, o sí fue real, pero creo que en un momento hasta me diste un flor de golpe en las costillas con el puño cerrado. Nunca, pero nunca, volví a escuchar de una mujer tantas puteadas durante el sexo. Fue el orgasmo más perjudicial de toda mi vida.
Amanecí y no podía caminar, la espalda al rojo vivo me hacía llorar del ardor y mi cuello era un mapa de mordiscos. Te busqué en la cama revuelta, pero no estabas. Tampoco tu ropa, ni tu bolso. Los dueños me dijeron que habías salido muy temprano, en la combi de las ocho de la mañana. Les pregunté sí te habías ido llorando, no sé por qué. Me respondieron que no, que solo te preparaste y te fuiste con cara de culo. No les diste explicaciones a nadie. Tampoco pagaste tu parte. Dolorido, me arrastre como pude hasta las mesas del precario comedor con la pretensión de desayunar y pensar mis siguientes pasos. Me trajeron dos facturas viejas, duras como conchas de mar. Morderlas era arriesgarse a perder una muela. Se las ofrecí al perro sarnoso que reposaba despatarrado sobre las baldosas del comedor. Las olfateo, le pego un lengüetazo, pero no las quiso. Café no había, así que me tuve que conformar con un mate cocido lleno de pedacitos de yerba que flotaban en la taza. Me pareció oír algunas risas detrás de la cortina floreada y sucia que separaba la precaria cocina del comedor, pero a decir verdad, no me importó mucho. Para volver al hotel en el centro de Salta, tuve que pagar un remis hecho pedazos, con un gordo insoportable que no paraba de hablar. En la recepción del hotel me dijeron que empacaste y te fuiste. Tampoco habías pagado nada, y encima te llevaste la guita que teníamos para el resto del viaje. No me quedó más remedio que volverme ese mismo día. Creo que oí más risitas de fondo cuando pagué el último día del hotel y me fui a pata hasta la estación de buses…
Miro el reloj, no puedo creer que llevó cuatro horas escribiendo esta carta. Le pago a la moza y me retiro. Por el camino hacía el departamento, porque todavía sigo alquilando en el mismo lugar, me invade el recuerdo de ese último desayuno, de ese perro sarnoso despatarrado y mi cara de incrédulo-pelotudo cuando me dijeron que te habías mandado a mudar. El desierto afuera de la casita parecía tres veces más ancho que la noche anterior, de alguna manera tu ausencia lo había magnificado. Pensé en la luz, que ya no era tan resplandeciente ni bañaba tu ausente nariz; en los dueños de la casa y sus risitas detrás de la cortina, riéndose del boludo abandonado a la mitad de la nada, al que seguramente habían cagado a palos porque estaba lleno de moretones y mordiscos. Vislumbre nítidamente esa carretera calcinada por el olvido y la soledad, que tuve que caminar nuevamente hasta la casa del único lugareño que tenía un auto en condiciones como para oficiar de remisero. Recordé, especialmente, mientras giraba la llave para entrar en casa, en la bronca que mastiqué lentamente durante todo el infernal viaje, detrás de cada comentario pelotudo del remisero. Bronca con la cual me enjuagué la boca hasta llegar al hotel, pero no estabas. En la ira visceral que acumulé durante las doce horas de viaje hasta retiro, en micro, con un equipo de rugbiers adolescentes que no paraban de gritar y cantar sobre sus hazañas. Bronca que iba a tirarte encima, como una metralleta de mierda, cuando te viera en el departamento recostada sobre la cama leyendo una de tus revistas pelotudas sobre budismo tibetano. Pero no estabas, te habías ido, y con algunos de mis muebles.

¿Sabés qué? Ándate a la puta que te parió.
Morite por trola, creída y egoísta.
Atte., Eduardo.

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