Desayuno Continental

Entro al bar y me toma por sorpresa una ráfaga de viento dulzón. La fragancia que despedían unas medialunas recién horneadas era inconfundible. Le hago señas a la moza para que me ubique en una mesa al lado de la ventana, y mientras la sigo pienso en que estarás haciendo. “A esta hora de la mañana, probablemente esté durmiendo”, reflexiono mientras acomodo la campera de cuero en el respaldo de la silla. Le encargo a la moza un café con leche y dos tostadas con un poco de queso crema. Saco la libreta con la imagen de Cortázar que me regalaste hace tres años, cuando te dejé leer mis primeros cuentos y poemas, y me dispongo a escribir esta carta que intenta tejer un puente entre vos y yo. Quizás descargarme un poco, dejar salir este dolor que me llena el corazón.
La brisa de azúcar embadurnada, penetrando mis fosas nasales, me transportó a los desayunos continentales del Grand Hotel Villa Gesell Spa. Colocaban, en dos mesas cubiertas por un mantel blanco, las fetas de fiambre enrolladas y acomodadas en líneas. A su lado las tostadas y las canastas con medialunas, rodeadas por paquetes de manteca y mermelada –de esos chiquitos que te afanabas y luego se derretían en el bolso-. Por alguna razón, no puedo olvidar la majestuosa luz que se filtraba por los enormes ventanales en cruz que llegaban hasta la mitad de las paredes del comedor. Bañaba con suavidad de almohadas las mesas y a todo le daba blancura de verano. Tu nariz en forma de pelota brillaba sobre los manteles simétricamente acomodados sobre las mesas de pino, y tus ojos hinchados como limones recostados me parecían amorosos. Apenas se podía percibir si estaban abiertos o cerrados.
En especial recordé la ancha piscina de la planta baja del hotel y nuestras escapadas sexuales por las noches, cuando todos dormían. Vos te sentabas en el borde de la pileta y abrías las piernas con sonrisa pícara. Yo tenía que hacer piruetas para penetrarte, balanceándome con las manos apoyadas sobre el filo. Una noche mis 85 kilos quebraron la resistencia de mis muñecas y caí como una ballena eyaculadora sobre el agua. Viví toda la escena en cámara lenta. Tu cara de espanto, mi cuerpo desplazándose por el aire, y un chistoso hilo de esperma que floto por el aire durante breves segundos. Caí sobre mi espalda, el golpe fue duro. El estruendo despertó al pelado cocainómano de la recepción. Ese que ponía a Bach por las noches y se quedaba dormido sobre la mesa de entrada. Saliste corriendo y yo te seguía a la distancia, a trote rezagado, porque la mitad del cuerpo no me respondía. Al otro día encontramos un cartelito pegado en una de las ventanas del comedor advirtiendo sobre los horarios disponibles para la pileta. Nos mirábamos y reíamos silenciosamente.
El microclima del bar se vuelve un mosaico de recuerdos que se van filtrando poco a poco en la carta que escribo. Esa ensalada, por ejemplo, que pidió el flaquito de anteojos de la mesa al lado de la puerta del baño. Me hace acordar cuando viajamos a Foz do Iguazú y nos hospedamos en ese hotel a las puertas de las Cataratas. ¿Te acordás? Tenía un recorrido de dos kilómetros que atravesaba una pequeña selva y terminaba a la vera del río Iguazú, en un gran mirador de madera con dos bancos llenos de telarañas. Lo caminábamos por la tarde y, sí éramos silenciosos, podíamos observar a los monos Titi comiendo porquerías en las coplas de las palmeras. Al vernos escapaban saltando entre las ramas con una agilidad envidiable. En esa pequeña escapada de fin de semana pude entender mucho más sobre tu filosofía de vida. Bajo la vegetación exageradamente exuberante del clima tropical, pasaba largas horas escuchando tus originales observaciones sobre la armonía de la naturaleza, y la desconexión visceral del hombre de su origen primitivo con la madre tierra. No sé, había algo en la emoción que le ponías a tus descabelladas teorías sobre el retorno a lo natural, que las hacían brillar como si fueran verdades absolutas. Amaba tu forma de ver el mundo, a veces tan distinta a la mía.
Se nos había hecho costumbre terminar los recorridos cogiendo detrás de los árboles. Hasta aquella vez que una hormiga gigante se me subió en una nalga y me atravesó con sus tenazas de cocodrilo. Me dejo flor de roncha en el culo. Jamás sentí la picadura porque estaba a punto de acabar, pero a la noche me fui en fiebre y tuviste que llamar al médico del hotel. Ese flaquito alto de anteojos culo de botella, negro como un agujero en la tierra…
Sí, ese al que mandé a la puta madre que lo parió cuando te dijo “Usted es un encanto de compañera”. El tipo se mordió el labio porque dije que lo iba a denunciar a la gerencia del hotel por hacerse el vivo con las mujeres de otro. Balbuceaba un estúpido “Pero señor, usted se confunde” -¡Confunde las pelotas! Qué si me pudiera levantar de esta cama te cago a bifes por atrevido negro de mierda- le dije. El tipo largo una puteada grande como una casa y se fue, olvidando el maletín al lado de la cama. Vos te enojaste y me abandonaste, con fiebre y sudando como un loco. Supongo que te fuiste al comedor, o eso quiero creer, porque la cuestión es que no volviste hasta bien entrada la noche y envuelta en olor a cerveza. Peleamos como nunca y esa noche no cogimos… en fin. Maravilloso ese hotel, la mesa del desayuno era un espectáculo de abundancia. Chipas, medias lunas, ollas de salsas exóticas, fiambres de todo tipo. Siempre me sentía como un afortunado terrateniente sentado a la mesa. Volví con diez kilos de más. Había también una fruta, no recuerdo como se llamaba… ah sí, Papaya, y también esa mezcla rara de arroz con frijoles negros, la Felloada, un asco. Vos comías poco. Las cataratas te habían parecido una simple bañera gigante con una canilla igual de grande.
Llega la moza con el café, esta frío. Le pido que lo caliente de nuevo y se aleja mascullando una puteada que no alcanzo a oír. Por alguna razón, ese atrevimiento entre dientes me hace acordar tus gritos desaforados en la Quebrada de Humahuaca. Hablo de aquella vez que el carnaval nos alcanzó al mismo tiempo que la noche, con sus diablos y borrachos. ¿Te acordás de ese viaje a Jujuy? Un año antes del último. Los trajes formaban un arcoíris de colores infinito que se perdía como una víbora gigante por las calles de Humahuaca. Nos mezclamos entre la gente y nos besábamos, bailando como poseídos mientras bebíamos una botella de Chicha; esa que habíamos comprado a precio de ganga en el galponcito del centro. Un frío de cagarse, pero el calor humano, la bebida y los besos nos mantenían caliente. Yo anticipaba el regreso al hotel con impaciencia. Prometía ser como los viajes anteriores cuando nos matábamos en la cama y no discutíamos por cualquier cosa. La noche, además, con su misticismo de máscaras y bailes, le daba a nuestra velada el toque surrealista que tanto te excitaba. Era una receta infalible. Hasta que nos perdimos, como siempre, y no sabíamos cómo regresar. Yo quería seguir mi instinto, creía recordar más o menos las calles que habíamos tomado, pero vos, dudando siempre de mi capacidad cognitiva, decidiste apostar por los nativos. Yo intuía que la regla del “todo está demasiado bien” iba a operar en nuestra contra. Era necesario salir corriendo, no preguntarle nada a nadie y ver cómo nos apañábamos. Pero no, vos decidiste preguntarle a un negro vestido de diablo, tan en pedo como vos, por donde se iba a la calle del hotel. Como era de esperar, el diablo te respondió “Seguime a mí negrita linda”. La sangre tana y árabe fluyo en mis venas frontales y le enterré al tipo un cross de derecha que me hizo mierda la mano. Se me vino encima. Rodamos calle abajo dándonos chistosas trompadas que no acertaban en ningún lugar. Al final nos separaron, y aquella pareja de turistas insoportables –la del compacto, que no dejaban de hablar de sus nietos- nos llevaron al hotel. Esa noche no cogimos, ni hablamos, ni nada. Al día siguiente tuve que viajar hasta Tilcara para que me dieran atención médica porque la mano se me había hinchado hasta adquirir las proporciones de un melón maduro. No me acompañaste.
La moza regresa con mi café, y le preguntó si cuando se fue dijo algo. “¿Yo señor?” me dice con cara de boluda, como si la estuviera acusando de robarme la billetera. De alguna manera, esas cejas arqueadas apuntando hacia el cielo y esa boca abierta como esperando que le pongan una banana en el medio, me hace acordar a tus caras de “¿Yo?”. El café hierve como las aguas del estigia, y la moza se queda al lado esperando que me queme la lengua, la boca y las amígdalas. Efectivamente, me quemo la comisura de los labios, y hasta los testículos, porque unas gotas se deslizan y caen sobre mi entrepierna. Pero no le doy el gusto a la rubia. “Mmmm, perfecto. El punto exacto”, le retruco mientras evito mirarla a los ojos. Revuelvo el café para que se disipe un poco el calor, mientras la moza se retira decepcionada, y el golpeteo de la chuchara me transporta hasta la Garganta del Diablo. Aquella primera vez que fuimos a Salta y que llovía a cantaros. Hay una razón para recordar esa caverna, una secuencia maravillosa que aún hoy me eriza la piel. En las sombras un coya tocaba con gran habilidad un Siku. No me preguntes porqué, no sabría explicarlo, pero sentí un llamado a participar de algo superior, de algo infinito. Cada gota de lluvia que caía sobre mi rostro lo hacían danzando al ritmo de las notas que ejecutaba el coya. Lo que se dice una perfecta sincronía. Por inercia te solté la mano y me senté con las piernas cruzadas en el centro del cono de luz rodeado por las sombras. Algo estaba a punto de llegar, no sé, una especie de revelación. No tengo que explicarte demasiado, al fin y al cabo, la persona que me habló de esos momentos místicos, de esas epifanías –creo que así les llamabas-, fuiste vos. Sin embargo, se ve que ese día te habías olvidado la espiritualidad en la habitación del hotel, porque de un carterazo mal dado en la nuca me trajiste de regreso. Y todo para darle gusto a esos pelotudos de la combi que no paraban de tocar la bocina para que regresaramos a ese viaje relámpago de mierda, donde cada visita a cada puto lago, montaña o río, duraba tres segundos. -¡La puta que te parió Roxana!- te grité.
Fui directamente a la combi y los mandé a todos a la mierda. El negro de la camioneta quería bajar a boxearme –que suerte que lo paró la guía, porque me destrozaba-. Nos preguntaron sí íbamos a quedarnos o seguíamos el viaje, y los mandé a la mierda otra vez. La combi se fue y nosotros nos quedamos varados. Tuvimos que caminar cuatro horas hasta una cabaña donde aceptaban huéspedes, según la información que nos había dado el coya en la caverna. Era tan tarde que a las dos horas de camino nos agarró la noche, y vos estabas aterrada por la inmensidad de la nada que nos cerraba en un manto oscuro de estrellas. Para mí el espectáculo era fantástico, te señalaba el cielo y te hablaba de lo afortunado que éramos en presenciar una noche semejante. Pero vos estabas montada en cólera. Me insultaste durante todo el camino. En determinado momento de nuestra caminata pisaste mal una piedra y caíste hacia adelante. La pesada mochila que llevabas salió catapultada hacia un enorme charco de agua. Te levantaste con furia, corriste hasta la mochila y empezaste a patearla como si fuera un muerto en el camino. Luego, exhausta, caíste sobre tus rodillas y ahí quedaste, por media hora, llorando y puteando como un nene que se raspa la rodilla.
Increíblemente esa noche sí cogimos, y por iniciativa tuya, en esa pieza horrenda de aquel pueblito caído del mundo. Sin caricias, ni besos, te me subiste encima y prácticamente me violaste. Sentía tus uñas clavándose como cuchillos en la espalda, y los golpes furiosos de tu cadera sobre mis testículos los comprimían casi al punto de estallar por la presión. Tus ojos se desorbitaban, desaparecían tras tus parpados y quedaban blancos e inyectados en venas. Pensé que habías sido poseída por un demonio del norte. Tus dientes me mordían sin reparos ni cuidado, como si yo fuera un queso y vos una rata muerta de hambre; me desgarraban el hombro pero estaba tan excitado que me dejaba lacerar. No sé si lo soñé, o sí fue real, pero creo que en un momento hasta me diste un flor de golpe en las costillas con el puño cerrado. Nunca, pero nunca, volví a escuchar de una mujer tantas puteadas durante el sexo. Fue el orgasmo más perjudicial de toda mi vida.
Amanecí y no podía caminar, la espalda al rojo vivo me hacía llorar del ardor y mi cuello era un mapa de mordiscos. Te busqué en la cama revuelta, pero no estabas. Tampoco tu ropa, ni tu bolso. Los dueños me dijeron que habías salido muy temprano, en la combi de las ocho de la mañana. Les pregunté sí te habías ido llorando, no sé por qué. Me respondieron que no, que solo te preparaste y te fuiste con cara de culo. No les diste explicaciones a nadie. Tampoco pagaste tu parte. Dolorido, me arrastre como pude hasta las mesas del precario comedor con la pretensión de desayunar y pensar mis siguientes pasos. Me trajeron dos facturas viejas, duras como conchas de mar. Morderlas era arriesgarse a perder una muela. Se las ofrecí al perro sarnoso que reposaba despatarrado sobre las baldosas del comedor. Las olfateo, le pego un lengüetazo, pero no las quiso. Café no había, así que me tuve que conformar con un mate cocido lleno de pedacitos de yerba que flotaban en la taza. Me pareció oír algunas risas detrás de la cortina floreada y sucia que separaba la precaria cocina del comedor, pero a decir verdad, no me importó mucho. Para volver al hotel en el centro de Salta, tuve que pagar un remis hecho pedazos, con un gordo insoportable que no paraba de hablar. En la recepción del hotel me dijeron que empacaste y te fuiste. Tampoco habías pagado nada, y encima te llevaste la guita que teníamos para el resto del viaje. No me quedó más remedio que volverme ese mismo día. Creo que oí más risitas de fondo cuando pagué el último día del hotel y me fui a pata hasta la estación de buses…
Miro el reloj, no puedo creer que llevó cuatro horas escribiendo esta carta. Le pago a la moza y me retiro. Por el camino hacía el departamento, porque todavía sigo alquilando en el mismo lugar, me invade el recuerdo de ese último desayuno, de ese perro sarnoso despatarrado y mi cara de incrédulo-pelotudo cuando me dijeron que te habías mandado a mudar. El desierto afuera de la casita parecía tres veces más ancho que la noche anterior, de alguna manera tu ausencia lo había magnificado. Pensé en la luz, que ya no era tan resplandeciente ni bañaba tu ausente nariz; en los dueños de la casa y sus risitas detrás de la cortina, riéndose del boludo abandonado a la mitad de la nada, al que seguramente habían cagado a palos porque estaba lleno de moretones y mordiscos. Vislumbre nítidamente esa carretera calcinada por el olvido y la soledad, que tuve que caminar nuevamente hasta la casa del único lugareño que tenía un auto en condiciones como para oficiar de remisero. Recordé, especialmente, mientras giraba la llave para entrar en casa, en la bronca que mastiqué lentamente durante todo el infernal viaje, detrás de cada comentario pelotudo del remisero. Bronca con la cual me enjuagué la boca hasta llegar al hotel, pero no estabas. En la ira visceral que acumulé durante las doce horas de viaje hasta retiro, en micro, con un equipo de rugbiers adolescentes que no paraban de gritar y cantar sobre sus hazañas. Bronca que iba a tirarte encima, como una metralleta de mierda, cuando te viera en el departamento recostada sobre la cama leyendo una de tus revistas pelotudas sobre budismo tibetano. Pero no estabas, te habías ido, y con algunos de mis muebles.

¿Sabés qué? Ándate a la puta que te parió.
Morite por trola, creída y egoísta.
Atte., Eduardo.

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En el abismo

Hay que descender a lo más profundo del abismo y ahí reposar, sobre fino lecho de rosas, sobre las profundas agujas de espinas. Dormir el sueño dulce sobre las agujas. Aliviar el peso del alma, sentirse entre algodones sobre las agujas.

Y en el eco profundo en la oscuridad siniestra, se oye el jadeo aterrador de la bestia en el espejo. Hierve su sangre, ciegos sus ojos, sus músculos se tensan, se hinchan las venas de su torso infinito.

Ha sido descubierta y brama violenta haciendo temblar las paredes del abismo. La oscuridad se dobla quiere estallar en mil cristales filosos. Se dobla absurdamente, se tuerce sobre sí misma en infinito espiral solo para retornar y erguirse cual muralla nuevamente.

Y hay que bailar mientras se tuerce el abismo, bailar en la boca de la bestia. Sobre su lengua húmeda y venenosa, entre sus dientes ruinosos y el aliento a muerte. Llegar al éxtasis de la locura rítmica hasta deshacer en pedazos el ritmo y no ser más que estelas luminosas cortando la oscuridad. Y luego caer, dormir nuevamente en lecho de rosas en la cómoda profundidad de las agujas.

Oaky debe morir/ o como podríamos apropiarnos del Halloween.

Recuerdo que tenía algunos años de vida y cuando llegaban los primeros calores del verano también llegaban los festejos de carnaval, que solían celebrase en las plazas públicas. Era usual disfrazarse, llevar máscaras, pintarse la cara, y las personas tomaban las plazas como punto de encuentro donde el carnaval revivía cada año haciendo del encuentro del pueblo el espectáculo.

Ese carnaval, al menos en nuestra ciudad, desapareció por completo. El nuevo carnaval que agrupa muchedumbre en las calles y no en las plazas, y que hace de la presentación de murgas sobre un escenario el centro de atención del evento, dejo de ser una fiesta y se convirtió en espectáculo. Los vestidos coloridos con lentejuelas ya no cubren la piel del pueblo. Fueron desplazados hacia los murguistas que circulan por las calles o arriba del escenario. Ahora el pueblo es público, no participa al menos que forme parte de algún corso.

Quise comenzar con esta referencia al viejo carnaval para resaltar una ausencia, un ritual urbano que desapareció hace muchos años y que cuando regresó no era lo mismo. Me sirve de pie para ejemplificar dos cosas: la primera es que las tradiciones culturales van cambiando hasta ser en determinado momento, algo muy distinto a lo que eran. No es bueno, ni malo, simplemente es una forma natural de existir en el tiempo de la cultura. Lo segundo es que Halloween, sin dejar de ser el producto de una imposición hegemónica, rescata ciertos aspectos del carnaval antiguo que son universales a todas las culturas, y que puede, o podría si se lo apropiara adecuadamente, satisfacer una demanda plenamente popular: la celebración donde el pueblo toma la posta y se reúne para mostrar un cuerpo mágico y místico que puede ser varios cuerpos distintos en uno. El niño (porque esta es una festividad para ellos) rompe la monotonía del ser y potencia su imaginación mediante los disfraces. Si reproducen las figuras de la dominación hegemónica, en especial los monigotes de Pixar,  sería bueno pensar en que otras opciones les estamos brindando para identificarse a la altura de su imaginario infantil, y pensados para este imaginario infantil.

La cultura en movimiento

Los detractores de las fiestas foráneas gustan de imaginar una tradición cultural heredada, cerradita y en bloque dentro de nuestras fronteras, que son amenazadas por niños vestidos de brujos o brujas. Los defensores de las celebraciones norteamericanas (porque parecen siempre defender solo lo que viene del norte) hacen lo opuesto-igual defendiendo otro bloque cargado de tradiciones y costumbres extranjeras que debemos incorporar sin cuestionamientos. En ambos la cultura es un paquete que se hereda o se instala, una serie de reglas rígidas operativas que no pueden correrse un centímetro. En ambos la cultura es víctima de la tradición, propia o ajena.

Es un falso debate, en el sentido de que se preparan los argumentos para no discutir sobre nada en particular. En el medio, Facebook se convierte en galería bizarra de imágenes que no resisten una sola observación a un lado u otro de la lanza. Vemos desfilar a un Patoruzú arremetiendo contra el Halloween, cuando Patoruzú es el símbolo más perfecto del aplastamiento del mundo indio por el mundo occidental. Defensor de las leyes nacionales y de la propiedad privada de los estancieros honorables, representa el deseo de la oligarquía de una época de un indio amaestrado, fiel perro defensor del amo y nacionalista. Un indio que defiende con la fuerza brutal de recetas ancestrales (porque tiene de indio la tosquedad y la fuerza bruta, rasgos que le confiere su creador) el orden político, económico y moral que asesinó a su pueblo. También se podría recordar que Quintero era un xenófobo racista (algo que expresaba abiertamente en sus tiras, despachando insultos a judíos y chinos) o que la imagen de Patoruzú fue utilizada por el proceso, o que saludaba desde una de sus tiras el golpe de Uriburu. Ustedes elijan, o mejor dicho, no elijan a este personaje, que además está inspirado en un indio rastreador que ayudó a Roca a entregar a sus hermanos a cambio de tierras en la nefasta campaña del desierto.

Del otro lado los fanzines denuncian con crítica satírica, que los detractores del Halloween olvidan el origen extranjero de la navidad, lo cual es muy cierto, pero la religión católica  es mucho más regional que la famosa fiesta sajona, y muchos católicos celebran en la misma noche de navidad el nacimiento de su profeta. Esta simpleza es muy burda, o si se quiere, ingenua. Un análisis más profundo nos lleva a una pregunta básica: sí, es cierto que celebramos y tenemos muchas costumbres que nacieron en otros países ¿Pero por qué hemos incorporado esas y no otras? ¿Por qué estamos celebrando el día de los muertos a la americana, y no a la mexicana o la nicaragüense, países con tradiciones tan ricas y diversas como el Halloween? La tabla rasa de la aceptación plena de todo ritual extranjero borra del mapa la necesaria observación sobre unas relaciones de dominación que contribuyen, a través del mercado, a impulsar ciertas celebraciones y estrictamente en cierto sentido. La falta de cuestionamientos, probablemente, responda al buen negocio que representa el Halloween, como toda fiesta importada del norte, cuyo sentido real termina siendo la compra de artículos varios relacionados con la festividad.

El camino inverso hacia el rescate de lo nacional

Una posible respuesta sería no atacar el Halloween, sino apropiarlo, transformarlo en un carnaval del día de los muertos donde el pueblo se convierta en su propio espectáculo, ocupe las calles y se reencuentre con su barrio. Luchar contra la hegemonía es usurparla, porque el poder más grande en el que se sostiene es la natural tendencia de la cultura a absorber según los contextos de interacción entre los pueblos. El nuestro está marcado por la penetración extranjera de los medios de comunicación, red extensa que vamos a ir deconstruyendo de a poco. Pero mientras tanto, la hegemonía es algo muy real que se combate con la apropiación y resignificación, al punto de que puede llegar a resucitar viejas tradiciones no muertas, pero sí enterradas. Vuelvo al principio, específicamente en dos puntos. Hay motivos de sobra para incorporar el Halloween a nuestras festividades, siempre y cuando lo apropiemos a nuestra manera. La fuerza de los medios de comunicación, cuando son hegemónicos, se puede utilizar en su contra si usamos su energía para impulsar nuestras propias formas dentro de sus rituales. Ellos seguirán imponiendo el Halloween, pero será nuestro día de los muertos, con nuestras figuras, nuestro encuentro en la calle o en la plaza, nuestra celebración de la vida en el inmenso cuerpo popular del carnaval. Nuestra venganza es resucitar en sus rituales, pero en nuestras formas (las que elijamos que sean).

 Esto requiere también un planteo no menos importante respecto de las figuras que los chicos pueden tomar para disfrazarse. Sí hay muchos monigotes verdes de Monster INC, es porque la industria argentina les debe a nuestros chicos unos buenos personajes de animación, con historias que involucren sus calles, paisajes y conflictos. ¿De qué se van a disfrazar los chicos si desde el territorio nacional les seguimos ofreciendo un indio estanciero y traidor a su pueblo, o la tropa de Hijitus en  Trulala, personajes atrasados en el tiempo que fueron pensados para un público infantil que ya no existe? ¿Qué culpa tiene el chico sí se disfraza de Ben 10, o Los increíbles, o los X-Men, si frente a la usina imparable de tiras animadas que produce la compañía norteamericana Cartoon Netwoork, las películas digitales de Pixar, los fantásticos dibujos futuristas de Marvel y DC, o los mangas Japoneses, les seguimos mostrando una tortuga que se fue a Pejuajo y un personaje arrabalero como Pucho que ya no tiene cabida en el mundo infantil, que ya no representa nada de su entorno?  Definitivamente, Oaky debe morir.

Hay que crear un mundo de personajes nuevos, nacionales, latinoamericanos,  que desplacen de las mentes infantiles los personajes extranjeros, no porque muchos de ellos no nos sean útiles (a decir verdad, muchos de ellos representan valores humanos excelentes, y muchos dibujos de Cartoon Network son increíblemente imaginativos), sino porque la manera de luchar contra la hegemonía no es prohibir una festividad (cuyo éxito, repito, tiene que ver con la capacidad tecnológica de las empresas extranjeras de llegar a cada televisor en el territorio, y sobre todo, a las grandes metrópolis del continente) si no ofrecer alternativas a la altura de la competencia con las cuales los chicos se puedan identificar.

@sborreani

www.poesiaensegundos.wordpress.com

Fango de macadam

Tenemos de burgueses las charlas de café, donde nos sentimos en un boulevard parisino, sentados en mesas de hierro con respaldos arbolados y de cara a los transeúntes que se cuelan por las callejuelas estampadas en mosaicos de rectángulos concentricos, y charlan bajo las hojas que caen de las copas de los arboles otoñales; esos que van en línea de dos en dos, dejan respirar la vereda con más baldosas finas, y luego continúan en procesión.  No somos Baudeleire ni Flaubert, pero podríamos serlo, nos falta solo el talento y la locación.

 Una gota de transpiración cae en la pequeña mesa del bar, casí adentro del jarrito. Al poner las tazas la mesa se tambalea por culpa de sus patas irregulares. -¿Algo más?-, pregunta el mozo, mientras sus ojos se clavan en el apetitoso trasero de una señorita que cruza la calle. Unos pequeñulos arapientos salen de entre la muchedumbre y nos piden unas monedas. Arrebatan una medialuna a medio comer de arriba de la mesa y salen corriendo como si llevaran un tesoro entre las manos.  La calle parisina se convierte ahora en una masa humana de rostros morochos que bajan desde la torre del reloj hasta Las Heras; el sol del medio día les pega directo en la cabeza, pero los pequeños y grandes hombres que componen esta masa sudan y prosiguen, llevan overol, gorras, botas, carteras.   Un escenario más acorde a nuestra posición, ya que tenemos de proletarios mal pagos el bolsillo, pequeño como los sueños de prosperidad y redención económica.

El compañero, no camarada, porque si a las cosas por su nombre hay que llamarlas un peronista es  un compañero, levantó la jarrita y despacho de un sorbo el cortado, con el apuro de quien cree tener algo mejor que hacer que saborear brebaje tan insulso.
-En política nadie quiere permanecer resistiendo. O mejor dicho, todos quieren estar pero no se bancan la carga de ocupar el espacio. Hay que estar ahí, de eso la izquierda sabe poco o nada, y hay que estar. Recibir los tortazos mientras agarrás con ambas manos la estantería gruesa y pesada del proyecto. Nadie quiere eso, pero nosotros lo hacemos, y muchos vienen después a disfrutar los manjares que tuvimos la osadía de cosechar con frente de tormenta.
– Me quedo con lo ultimo compañero. Porque usted verá, no basta solo con sostener la estantería con la actitud recta del héroe trágico, la postura rígida de la estatua de bronce del caudillo que ofrece su cuerpo contra el paso del tiempo, como Andrómeda oponía sus hermosos pechos firmes y redondos contra la furia envidiosa del mar que la azotaba vilmente a la espera de Ceto.
Además de resistir el olor fétido de la podredumbre política, con sus trajeados bufones, sus burócratas estúpidos y sus epígonos de bolsillo ancho, también hay que hacer algo con tantas aguas hervidas en las que nadamos, sin esperanza alguna de que Perseo pase volando y nos rescate. Metidos hasta la barbilla en el fango de macadam, hemos perdido más que la aureola del poeta, y sin embargo tenemos que hacer algo mejor que soportar el cosquilleo incomodó en las fosas nasales del nauseabundo olor a bosta de la política nacional.

Contradicción

Viven sin aceptar, la mayoría de los espíritus que rondan estas tierras, quizás la única verdad posible. Que los contrarios viven en armónica correspondencia, mezclados como elementos impuros en el caldero de las pasiones humanas.

Mujer de cristal

Mujer de cristal,
la luna guarda tu despertar.
Y entre fogatas de almohadas,
revive la aurora del día,
la suavidad del suspiro,
la redondez de tus pupilas.

Una estrecha llaga de luz
perfora mis párpados,
y deja al descubierto
la gloria de tu piel desnuda.
Mujer de cristal
aleación de acero,
Tu cuerpo es altar
que enmudece los cielos.

Filemon y Baucis

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Filemon y Baucis

Fausto le pide a Mefistófeles, y a un grupo de sus hombres, que se encarguen del problema de una pareja de ancianos ocupando un terreno en la costa. El único pedido que le hace Fausto a su demonio, es no enterarse de que manera van a echar a la pareja -solo Goethe podría adelantarse 200 años a la cobarde actitud de la clase media argentina durante la última dictadura militar-.

La capilla donde vive la pareja de ancianos es incendiada y Filemón y Baucis asesinados. Al enterarse, Fausto entra en cólera contra Mefistofeles. Su excusa, cobarde por donde se la mire, es que jamás había pedido que asesinaran a nadie. -Marshall Bergman hizo un excelente análisis de este asesinato en “Todo lo solido se desvanece en el aire” (pág. 60)-

Fausto era un moderno Prometeo desencadenando las fuerzas de la industria para controlar la naturaleza en beneficio de la nueva sociedad que estaba construyendo. Su crueldad, si bien no justificada, tiene un fin: desplegar en lo real su idea del progreso que traería felicidad a los hombres. Su tragedia, como bien lo supo expresar Marshall Bergman (pag.58), es que termina trayendo sufrimiento en el medio de progreso, una contradicción flagrante.

Me viene a la mente la clase media argentina que no tiene nada de fáustica, pero sí de cobarde. No se compromete a la ruina y la gloria que pueden traer las tormentas que ayuda a desatar. Pero eso sí, quiere que sobre los débiles suene el escarmiento, y no le importa como. Los débiles, claro está, son los que están por debajo, o los que “deberían” estar abajo.

No quiere saber que pasa con los presos, solo los quiere presos, y de ser posible, muertos. No quiere enterarse de los pormenores desagradables que traerán una política económica conservadora, alejada de la intervención estatal, ni quien sufrirá los costes o como los sufrirá. Solo vela, pide y exige en nombre de su estabilidad económica individual, su pedazo de paraíso consumista y simbólico donde puede jugar a ser y no ser la clase alta. Solo jugar, claro está.

Si hay que barrer a miles de Filemon y Baucis, o miles de “negritos”, no quiere saber los detalles pero quiere que se haga. En el camino también van a caer ellos, pero la mirada es corta cuando solo alcanza el ombligo. Quizás, en eso, la clase media argentina sí se parece algo a Fausto. La tragedia de crear miseria cuando se pretendía lo contrario, erradicarla, se ve reflejada en la tragedia de la clase media argentina. En su afán de enterrar al que le viene pisando los talones, se entierra a sí misma.

SB

Diálogo en la encrucijada

– Caminante que vas siempre por el mismo camino, yo te digo, nunca es malo caminar.

-Pero ante la bifurcación, ante multiplicación de las sendas ¿A donde ir? ¿Cómo evitar la senda del desastre y caminar hacia la gloria? ¿Qué camino conduce a Roma y cual me deposita en la ciudadela de los bárbaros?

– Terrible es la duda, pero, peor es estar inmóvil frente a la senda, los pies petrificados por el miedo que moja la frente con sudor frío.

-¿Será lo mejor volver por la senda ya transitada?

– Te pregunto, caminante: ¿Acaso no estás cansado de ver siempre el mismo sendero? Y tras la línea del camino, los mismos tonos verdes y azules ¿No son ya una paleta demasiado conocida? La línea recta, siempre hacia delante, que no te distraiga de toda la geometría de caminos posibles. Caminos oblicuos, paralelos, transversales, perpendiculares…

– Quizás, quizás sea hora de caminar hacia la izquierda o a la derecha, atravesar la espesura revoltosa de lo desconocido.

-Hay caminos que pueden ser espirales traidores, eso seguro. ¡Cuidado con ellos! ¿Pero debe uno reposar sobre la grava por miedo a la sinuosa tempestad de los caminos, o debe uno afrontar la verdad del universo contenida desde el espejo de la gota del agua hasta la cumbre de la montaña?

La espesura de lo tangible se mide por el riesgo de perderlo absolutamente todo. Sólo en esta apuesta, se puede dar lo real como tal.

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A cuarenta años del golpe de estado en Chile/ El último discurso de Allende.

“Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.”

“Sentado sobre los Muertos” Miguel Hernández

Pensemos la situación tan solo por unos segundos, imaginemos nuestro costal de huesos en el lugar de Allende. Las tropas de la derecha golpista, las fuerzas armadas que dejaban de lado las máscaras y se ponían nuevamente la cadena en la boca de sus verdaderos dueños, estaban atacando la casa de gobierno. En todas partes la patria que Allende quería armar en base al compromiso político de todos los sectores, se quebraba por la fuerza de las bombas y tanques de los que jamás habían creído ni por un segundo que en la mesa de la nación podían comer los ricos y los pobres. La nueva revolución pacífica del Espartaco de la pluma y la palabra quedaba sepultada por la sanguinaria disposición de aquellos que jamás fueron sus aliados.

Cualquier temple se dobla frente al sueño hecho añicos. Los verdugos habían puesto las cosas de pie, porque antes estaban de cabeza, o al menos esa era la ilusión deseada. La muerte estaba literalmente arrancando las puertas de la moneda, surcando con bravo golpe de botas rancias las escaleras del palacio. Y el hombre de la calma infinita, el coloso titán de temple de acero, pronuncia su último discurso con la tranquilidad más absoluta. Es el discurso más pasional de su vida, y será también el último, pero su voz es inquebrantable, no hay titubeos, no hay respiración agitada. Su voz es firme, segura, dibuja con tono grave circunstancias futuras totalmente ajenas a ese momento tan vergonzoso de la historia Chilena, como si quisiera decir que allí no se termina la historia. Con la seguridad de los profetas, le asegura a su pueblo que el día llegará, como llegaban en ese momento los militares al segundo piso de la moneda, donde el presidente los esperaba con una ametralladora, un casco de minero en la cabeza, y la firme convicción de morir defendiendo su puesto.

“En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por mandato consciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor.” (http://www.agencianexo.com.ar/especiales/a-40-anos-del-golpe-militar-en-chile-el-ultimo-discurso-de-salvador-allende/)

 Le habla a su pueblo, separándolo de los traidores, como aceptando en la hora final que el pueblo chileno es el trabajador de las minas y de la fábrica, el ama de casa, el estudiante comprometido, los postergados, los que siempre pagan y seguirán pagando después del asesinato de Allende la ofensa de imaginar una patria para todos.  Y quizás, la lección objetiva de su asesinato, es la declaración final que reconoce esa sabía verdad de que los poderosos no entregan el poder, de que la derecha se compromete solo con la conspiración. Gran lección para nuestro pueblo argentino en momentos donde la derecha argentina demuestra con creces que sabe esperar agazapada, conspirando mientras aprovecha las regalías que los gobiernos entregan a cambio de su caro respeto.

 No le habla a esa parva de traidores cogotudos y asustadizos de la clase media que enseguida forman filas detrás de los amotinados, mucho menos a esos militares mercenarios que no conocen más patria que la que viene en dólares con la cara de Benjamín Franklin. Tampoco les habla a los políticos de la oposición que lo habían sacrificado al dios del fascismo, ni a la corte suprema de justicia que lo había desconocido. El hombre de la patria, de la verdadera patria,  le habla a su pueblo, a los que depositaron su voto y la confianza en su gobierno, al hombre que por primera vez los vió como seres humanos plenos de derechos. Y como el padre cariñoso de una nación que se hunde, a punto de llegar la noche más oscura, les susurra suavemente que se sacrifica por todos, que ellos no tienen que derramar más sangre que la que saldrá de sus venas cuando cumpla con honores el evangelio de Miguel Hernández, poniendo el pecho frente a las balas ancho como las paredes.

“En todo caso yo estoy aquí, en el Palacio de Gobierno, y me quedaré aquí defendiendo al Gobierno que represento por voluntad del pueblo. Lo que deseo, esencialmente, es que los trabajadores estén atentos, vigilantes y que eviten provocaciones. Como primera etapa tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la Patria, que han jurado defender el régimen establecido que es la expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigió a Chile y le prestigia el profesionalismo de las Fuerzas Armadas.”

(http://www.agencianexo.com.ar/especiales/a-40-anos-del-golpe-militar-en-chile-el-ultimo-discurso-de-salvador-allende/)

 Y es un error. La derecha golpista no necesita provocaciones. Le basta la orden del amo y la paga en dólares para voltear gobiernos. El gran prohombre del socialismo no quiere la guerra civil, pero la guerra ya era un hecho. Los militares tenían la convicción de hacer su guerra sobre el pueblo chileno, quisiera este defenderse o no. Dice Gabriel García Márquez en “La verdadera muerte de un presidente”: “Su virtud mayor fue la consecuencia, pero el destino le deparó la rara y trágica grandeza de morir defendiendo a bala el mamarracho anacrónico del derecho burgués, defendiendo una Corte Suprema de Justicia que lo había repudiado y había de legitimar a sus asesinos, defendiendo un Congreso miserable que lo había declarado ilegítimo pero que había de sucumbir complacido ante la voluntad de los usurpadores, defendiendo la voluntad de los partidos de la oposición que habían vendido su alma al fascismo, defendiendo toda la parafernalia apolillada de un sistema de mierda que él se había propuesto aniquilar sin disparar un tiro.” (http://www.agencianexo.com.ar/especiales/la-verdadera-muerte-de-un-presidente/)

Pero frente al error del padre cariñoso que se sacrifica por sus hijos, la historia de su valor es suficiente motivo para rescatarlo del olvido, no solamente como hombre de palabra, equivocado o no, sino como ejemplo de lucha.  Su vida es, con sus errores, una página de nuestra historia que debe ser rescatada frente al presente de Chile, tan marcado aun por las sucias botas de ese fantasma que aun recorre América latina. Que no vive en las imágenes de archivo de la última dictadura militar, ni en los grupos de fascistas o idiotas que lo idolatran como el salvador (vaya a saber uno hasta donde avanza la mentira que se convierte en negación); sino en las políticas económicas que aún sumergen a Chile en la pobreza y en el sistema judicial que sigue siendo la regla misma con la cual los poderosos miden el poder de su acción y la privación de los derechos de los humildes.

Rescatar el programa de construir una patria para todos, la idea detrás del hombre, y la experiencia de lucha que lo llevo a morir por esa idea. Eso es para toda América Latina, para cuando a la hora de la llamarada, podamos responder contra el golpe mercenario de la derecha conspirativa y sus aliados. El hombre de la paz, como lo llamó Benedetti, nos entregó en su sacrificio la enseñanza de que si la historia no tiene un destino manifiesto y glorioso para el trabajador, es porque la derecha trabaja incansablemente en contra de todos los gobiernos de izquierda, sean muy progresistas o muy poco. En nosotros está encontrar, frente a esta verdad, el camino a seguir.

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Sebastian Borreani
Director general de Agencia de Noticias Nexo
Dirección editorial en Revista Industria Argentina
Coordinador general de Sentido Creativo/ comunicación estratégica
Twitter: @sborreani
Skype: sencreativo
Mail: Info@sentidocreativo.com.ar
Cel: 1534882545

Esencia de humanidad‏

A veces uno quisiera ser árbol o gato,
cualquier cosa menos humano.
Piedra, hoja en el suelo.

¿Muerte quizás?

Pero muerte en el medio de la vida.
Algo inerte que forme parte de todo
pero que no lo toque jamás.

Lo intangible, lo etéreo,
sueño maravilloso de quien sufre la existencia.
Ser nada en el medio de todo

Pero la vida no es eso.

La vida es ser y sufrir, mil veces sufrir el ser.
Subir y bajar la montaña llevando el insoportable peso de las rocas.
Sí, vivimos como Sísifo,
porque el dolor es una proclama,
un manifiesto frente a las circunstancias.
Un grito de furia,
un llamado de atención que nos afirma en la existencia.

El dolor es una señal
de que a pesar de todo
nos obstinamos por estar ahí,
en el ojo del destino,
planeando en la turbulencia.

Y la vida duele porque es maravillosa.
Porque nos da la oportunidad de escupirle la cara
cada vez que nos desafía a probar que existimos
en el medio de todo, y a pesar de todo.

Mas que el árbol forrado,
que la roca grosera y desnuda,
somos locura viva,
delirio que mira el fuego con ojos desorbitados.
Eso es lo humano.