Desayuno Continental

Entro al bar y me toma por sorpresa una ráfaga de viento dulzón. La fragancia que despedían unas medialunas recién horneadas era inconfundible. Le hago señas a la moza para que me ubique en una mesa al lado de la ventana, y mientras la sigo pienso en que estarás haciendo. “A esta hora de la mañana, probablemente esté durmiendo”, reflexiono mientras acomodo la campera de cuero en el respaldo de la silla. Le encargo a la moza un café con leche y dos tostadas con un poco de queso crema. Saco la libreta con la imagen de Cortázar que me regalaste hace tres años, cuando te dejé leer mis primeros cuentos y poemas, y me dispongo a escribir esta carta que intenta tejer un puente entre vos y yo. Quizás descargarme un poco, dejar salir este dolor que me llena el corazón.
La brisa de azúcar embadurnada, penetrando mis fosas nasales, me transportó a los desayunos continentales del Grand Hotel Villa Gesell Spa. Colocaban, en dos mesas cubiertas por un mantel blanco, las fetas de fiambre enrolladas y acomodadas en líneas. A su lado las tostadas y las canastas con medialunas, rodeadas por paquetes de manteca y mermelada –de esos chiquitos que te afanabas y luego se derretían en el bolso-. Por alguna razón, no puedo olvidar la majestuosa luz que se filtraba por los enormes ventanales en cruz que llegaban hasta la mitad de las paredes del comedor. Bañaba con suavidad de almohadas las mesas y a todo le daba blancura de verano. Tu nariz en forma de pelota brillaba sobre los manteles simétricamente acomodados sobre las mesas de pino, y tus ojos hinchados como limones recostados me parecían amorosos. Apenas se podía percibir si estaban abiertos o cerrados.
En especial recordé la ancha piscina de la planta baja del hotel y nuestras escapadas sexuales por las noches, cuando todos dormían. Vos te sentabas en el borde de la pileta y abrías las piernas con sonrisa pícara. Yo tenía que hacer piruetas para penetrarte, balanceándome con las manos apoyadas sobre el filo. Una noche mis 85 kilos quebraron la resistencia de mis muñecas y caí como una ballena eyaculadora sobre el agua. Viví toda la escena en cámara lenta. Tu cara de espanto, mi cuerpo desplazándose por el aire, y un chistoso hilo de esperma que floto por el aire durante breves segundos. Caí sobre mi espalda, el golpe fue duro. El estruendo despertó al pelado cocainómano de la recepción. Ese que ponía a Bach por las noches y se quedaba dormido sobre la mesa de entrada. Saliste corriendo y yo te seguía a la distancia, a trote rezagado, porque la mitad del cuerpo no me respondía. Al otro día encontramos un cartelito pegado en una de las ventanas del comedor advirtiendo sobre los horarios disponibles para la pileta. Nos mirábamos y reíamos silenciosamente.
El microclima del bar se vuelve un mosaico de recuerdos que se van filtrando poco a poco en la carta que escribo. Esa ensalada, por ejemplo, que pidió el flaquito de anteojos de la mesa al lado de la puerta del baño. Me hace acordar cuando viajamos a Foz do Iguazú y nos hospedamos en ese hotel a las puertas de las Cataratas. ¿Te acordás? Tenía un recorrido de dos kilómetros que atravesaba una pequeña selva y terminaba a la vera del río Iguazú, en un gran mirador de madera con dos bancos llenos de telarañas. Lo caminábamos por la tarde y, sí éramos silenciosos, podíamos observar a los monos Titi comiendo porquerías en las coplas de las palmeras. Al vernos escapaban saltando entre las ramas con una agilidad envidiable. En esa pequeña escapada de fin de semana pude entender mucho más sobre tu filosofía de vida. Bajo la vegetación exageradamente exuberante del clima tropical, pasaba largas horas escuchando tus originales observaciones sobre la armonía de la naturaleza, y la desconexión visceral del hombre de su origen primitivo con la madre tierra. No sé, había algo en la emoción que le ponías a tus descabelladas teorías sobre el retorno a lo natural, que las hacían brillar como si fueran verdades absolutas. Amaba tu forma de ver el mundo, a veces tan distinta a la mía.
Se nos había hecho costumbre terminar los recorridos cogiendo detrás de los árboles. Hasta aquella vez que una hormiga gigante se me subió en una nalga y me atravesó con sus tenazas de cocodrilo. Me dejo flor de roncha en el culo. Jamás sentí la picadura porque estaba a punto de acabar, pero a la noche me fui en fiebre y tuviste que llamar al médico del hotel. Ese flaquito alto de anteojos culo de botella, negro como un agujero en la tierra…
Sí, ese al que mandé a la puta madre que lo parió cuando te dijo “Usted es un encanto de compañera”. El tipo se mordió el labio porque dije que lo iba a denunciar a la gerencia del hotel por hacerse el vivo con las mujeres de otro. Balbuceaba un estúpido “Pero señor, usted se confunde” -¡Confunde las pelotas! Qué si me pudiera levantar de esta cama te cago a bifes por atrevido negro de mierda- le dije. El tipo largo una puteada grande como una casa y se fue, olvidando el maletín al lado de la cama. Vos te enojaste y me abandonaste, con fiebre y sudando como un loco. Supongo que te fuiste al comedor, o eso quiero creer, porque la cuestión es que no volviste hasta bien entrada la noche y envuelta en olor a cerveza. Peleamos como nunca y esa noche no cogimos… en fin. Maravilloso ese hotel, la mesa del desayuno era un espectáculo de abundancia. Chipas, medias lunas, ollas de salsas exóticas, fiambres de todo tipo. Siempre me sentía como un afortunado terrateniente sentado a la mesa. Volví con diez kilos de más. Había también una fruta, no recuerdo como se llamaba… ah sí, Papaya, y también esa mezcla rara de arroz con frijoles negros, la Felloada, un asco. Vos comías poco. Las cataratas te habían parecido una simple bañera gigante con una canilla igual de grande.
Llega la moza con el café, esta frío. Le pido que lo caliente de nuevo y se aleja mascullando una puteada que no alcanzo a oír. Por alguna razón, ese atrevimiento entre dientes me hace acordar tus gritos desaforados en la Quebrada de Humahuaca. Hablo de aquella vez que el carnaval nos alcanzó al mismo tiempo que la noche, con sus diablos y borrachos. ¿Te acordás de ese viaje a Jujuy? Un año antes del último. Los trajes formaban un arcoíris de colores infinito que se perdía como una víbora gigante por las calles de Humahuaca. Nos mezclamos entre la gente y nos besábamos, bailando como poseídos mientras bebíamos una botella de Chicha; esa que habíamos comprado a precio de ganga en el galponcito del centro. Un frío de cagarse, pero el calor humano, la bebida y los besos nos mantenían caliente. Yo anticipaba el regreso al hotel con impaciencia. Prometía ser como los viajes anteriores cuando nos matábamos en la cama y no discutíamos por cualquier cosa. La noche, además, con su misticismo de máscaras y bailes, le daba a nuestra velada el toque surrealista que tanto te excitaba. Era una receta infalible. Hasta que nos perdimos, como siempre, y no sabíamos cómo regresar. Yo quería seguir mi instinto, creía recordar más o menos las calles que habíamos tomado, pero vos, dudando siempre de mi capacidad cognitiva, decidiste apostar por los nativos. Yo intuía que la regla del “todo está demasiado bien” iba a operar en nuestra contra. Era necesario salir corriendo, no preguntarle nada a nadie y ver cómo nos apañábamos. Pero no, vos decidiste preguntarle a un negro vestido de diablo, tan en pedo como vos, por donde se iba a la calle del hotel. Como era de esperar, el diablo te respondió “Seguime a mí negrita linda”. La sangre tana y árabe fluyo en mis venas frontales y le enterré al tipo un cross de derecha que me hizo mierda la mano. Se me vino encima. Rodamos calle abajo dándonos chistosas trompadas que no acertaban en ningún lugar. Al final nos separaron, y aquella pareja de turistas insoportables –la del compacto, que no dejaban de hablar de sus nietos- nos llevaron al hotel. Esa noche no cogimos, ni hablamos, ni nada. Al día siguiente tuve que viajar hasta Tilcara para que me dieran atención médica porque la mano se me había hinchado hasta adquirir las proporciones de un melón maduro. No me acompañaste.
La moza regresa con mi café, y le preguntó si cuando se fue dijo algo. “¿Yo señor?” me dice con cara de boluda, como si la estuviera acusando de robarme la billetera. De alguna manera, esas cejas arqueadas apuntando hacia el cielo y esa boca abierta como esperando que le pongan una banana en el medio, me hace acordar a tus caras de “¿Yo?”. El café hierve como las aguas del estigia, y la moza se queda al lado esperando que me queme la lengua, la boca y las amígdalas. Efectivamente, me quemo la comisura de los labios, y hasta los testículos, porque unas gotas se deslizan y caen sobre mi entrepierna. Pero no le doy el gusto a la rubia. “Mmmm, perfecto. El punto exacto”, le retruco mientras evito mirarla a los ojos. Revuelvo el café para que se disipe un poco el calor, mientras la moza se retira decepcionada, y el golpeteo de la chuchara me transporta hasta la Garganta del Diablo. Aquella primera vez que fuimos a Salta y que llovía a cantaros. Hay una razón para recordar esa caverna, una secuencia maravillosa que aún hoy me eriza la piel. En las sombras un coya tocaba con gran habilidad un Siku. No me preguntes porqué, no sabría explicarlo, pero sentí un llamado a participar de algo superior, de algo infinito. Cada gota de lluvia que caía sobre mi rostro lo hacían danzando al ritmo de las notas que ejecutaba el coya. Lo que se dice una perfecta sincronía. Por inercia te solté la mano y me senté con las piernas cruzadas en el centro del cono de luz rodeado por las sombras. Algo estaba a punto de llegar, no sé, una especie de revelación. No tengo que explicarte demasiado, al fin y al cabo, la persona que me habló de esos momentos místicos, de esas epifanías –creo que así les llamabas-, fuiste vos. Sin embargo, se ve que ese día te habías olvidado la espiritualidad en la habitación del hotel, porque de un carterazo mal dado en la nuca me trajiste de regreso. Y todo para darle gusto a esos pelotudos de la combi que no paraban de tocar la bocina para que regresaramos a ese viaje relámpago de mierda, donde cada visita a cada puto lago, montaña o río, duraba tres segundos. -¡La puta que te parió Roxana!- te grité.
Fui directamente a la combi y los mandé a todos a la mierda. El negro de la camioneta quería bajar a boxearme –que suerte que lo paró la guía, porque me destrozaba-. Nos preguntaron sí íbamos a quedarnos o seguíamos el viaje, y los mandé a la mierda otra vez. La combi se fue y nosotros nos quedamos varados. Tuvimos que caminar cuatro horas hasta una cabaña donde aceptaban huéspedes, según la información que nos había dado el coya en la caverna. Era tan tarde que a las dos horas de camino nos agarró la noche, y vos estabas aterrada por la inmensidad de la nada que nos cerraba en un manto oscuro de estrellas. Para mí el espectáculo era fantástico, te señalaba el cielo y te hablaba de lo afortunado que éramos en presenciar una noche semejante. Pero vos estabas montada en cólera. Me insultaste durante todo el camino. En determinado momento de nuestra caminata pisaste mal una piedra y caíste hacia adelante. La pesada mochila que llevabas salió catapultada hacia un enorme charco de agua. Te levantaste con furia, corriste hasta la mochila y empezaste a patearla como si fuera un muerto en el camino. Luego, exhausta, caíste sobre tus rodillas y ahí quedaste, por media hora, llorando y puteando como un nene que se raspa la rodilla.
Increíblemente esa noche sí cogimos, y por iniciativa tuya, en esa pieza horrenda de aquel pueblito caído del mundo. Sin caricias, ni besos, te me subiste encima y prácticamente me violaste. Sentía tus uñas clavándose como cuchillos en la espalda, y los golpes furiosos de tu cadera sobre mis testículos los comprimían casi al punto de estallar por la presión. Tus ojos se desorbitaban, desaparecían tras tus parpados y quedaban blancos e inyectados en venas. Pensé que habías sido poseída por un demonio del norte. Tus dientes me mordían sin reparos ni cuidado, como si yo fuera un queso y vos una rata muerta de hambre; me desgarraban el hombro pero estaba tan excitado que me dejaba lacerar. No sé si lo soñé, o sí fue real, pero creo que en un momento hasta me diste un flor de golpe en las costillas con el puño cerrado. Nunca, pero nunca, volví a escuchar de una mujer tantas puteadas durante el sexo. Fue el orgasmo más perjudicial de toda mi vida.
Amanecí y no podía caminar, la espalda al rojo vivo me hacía llorar del ardor y mi cuello era un mapa de mordiscos. Te busqué en la cama revuelta, pero no estabas. Tampoco tu ropa, ni tu bolso. Los dueños me dijeron que habías salido muy temprano, en la combi de las ocho de la mañana. Les pregunté sí te habías ido llorando, no sé por qué. Me respondieron que no, que solo te preparaste y te fuiste con cara de culo. No les diste explicaciones a nadie. Tampoco pagaste tu parte. Dolorido, me arrastre como pude hasta las mesas del precario comedor con la pretensión de desayunar y pensar mis siguientes pasos. Me trajeron dos facturas viejas, duras como conchas de mar. Morderlas era arriesgarse a perder una muela. Se las ofrecí al perro sarnoso que reposaba despatarrado sobre las baldosas del comedor. Las olfateo, le pego un lengüetazo, pero no las quiso. Café no había, así que me tuve que conformar con un mate cocido lleno de pedacitos de yerba que flotaban en la taza. Me pareció oír algunas risas detrás de la cortina floreada y sucia que separaba la precaria cocina del comedor, pero a decir verdad, no me importó mucho. Para volver al hotel en el centro de Salta, tuve que pagar un remis hecho pedazos, con un gordo insoportable que no paraba de hablar. En la recepción del hotel me dijeron que empacaste y te fuiste. Tampoco habías pagado nada, y encima te llevaste la guita que teníamos para el resto del viaje. No me quedó más remedio que volverme ese mismo día. Creo que oí más risitas de fondo cuando pagué el último día del hotel y me fui a pata hasta la estación de buses…
Miro el reloj, no puedo creer que llevó cuatro horas escribiendo esta carta. Le pago a la moza y me retiro. Por el camino hacía el departamento, porque todavía sigo alquilando en el mismo lugar, me invade el recuerdo de ese último desayuno, de ese perro sarnoso despatarrado y mi cara de incrédulo-pelotudo cuando me dijeron que te habías mandado a mudar. El desierto afuera de la casita parecía tres veces más ancho que la noche anterior, de alguna manera tu ausencia lo había magnificado. Pensé en la luz, que ya no era tan resplandeciente ni bañaba tu ausente nariz; en los dueños de la casa y sus risitas detrás de la cortina, riéndose del boludo abandonado a la mitad de la nada, al que seguramente habían cagado a palos porque estaba lleno de moretones y mordiscos. Vislumbre nítidamente esa carretera calcinada por el olvido y la soledad, que tuve que caminar nuevamente hasta la casa del único lugareño que tenía un auto en condiciones como para oficiar de remisero. Recordé, especialmente, mientras giraba la llave para entrar en casa, en la bronca que mastiqué lentamente durante todo el infernal viaje, detrás de cada comentario pelotudo del remisero. Bronca con la cual me enjuagué la boca hasta llegar al hotel, pero no estabas. En la ira visceral que acumulé durante las doce horas de viaje hasta retiro, en micro, con un equipo de rugbiers adolescentes que no paraban de gritar y cantar sobre sus hazañas. Bronca que iba a tirarte encima, como una metralleta de mierda, cuando te viera en el departamento recostada sobre la cama leyendo una de tus revistas pelotudas sobre budismo tibetano. Pero no estabas, te habías ido, y con algunos de mis muebles.

¿Sabés qué? Ándate a la puta que te parió.
Morite por trola, creída y egoísta.
Atte., Eduardo.

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Fango de macadam

Tenemos de burgueses las charlas de café, donde nos sentimos en un boulevard parisino, sentados en mesas de hierro con respaldos arbolados y de cara a los transeúntes que se cuelan por las callejuelas estampadas en mosaicos de rectángulos concentricos, y charlan bajo las hojas que caen de las copas de los arboles otoñales; esos que van en línea de dos en dos, dejan respirar la vereda con más baldosas finas, y luego continúan en procesión.  No somos Baudeleire ni Flaubert, pero podríamos serlo, nos falta solo el talento y la locación.

 Una gota de transpiración cae en la pequeña mesa del bar, casí adentro del jarrito. Al poner las tazas la mesa se tambalea por culpa de sus patas irregulares. -¿Algo más?-, pregunta el mozo, mientras sus ojos se clavan en el apetitoso trasero de una señorita que cruza la calle. Unos pequeñulos arapientos salen de entre la muchedumbre y nos piden unas monedas. Arrebatan una medialuna a medio comer de arriba de la mesa y salen corriendo como si llevaran un tesoro entre las manos.  La calle parisina se convierte ahora en una masa humana de rostros morochos que bajan desde la torre del reloj hasta Las Heras; el sol del medio día les pega directo en la cabeza, pero los pequeños y grandes hombres que componen esta masa sudan y prosiguen, llevan overol, gorras, botas, carteras.   Un escenario más acorde a nuestra posición, ya que tenemos de proletarios mal pagos el bolsillo, pequeño como los sueños de prosperidad y redención económica.

El compañero, no camarada, porque si a las cosas por su nombre hay que llamarlas un peronista es  un compañero, levantó la jarrita y despacho de un sorbo el cortado, con el apuro de quien cree tener algo mejor que hacer que saborear brebaje tan insulso.
-En política nadie quiere permanecer resistiendo. O mejor dicho, todos quieren estar pero no se bancan la carga de ocupar el espacio. Hay que estar ahí, de eso la izquierda sabe poco o nada, y hay que estar. Recibir los tortazos mientras agarrás con ambas manos la estantería gruesa y pesada del proyecto. Nadie quiere eso, pero nosotros lo hacemos, y muchos vienen después a disfrutar los manjares que tuvimos la osadía de cosechar con frente de tormenta.
– Me quedo con lo ultimo compañero. Porque usted verá, no basta solo con sostener la estantería con la actitud recta del héroe trágico, la postura rígida de la estatua de bronce del caudillo que ofrece su cuerpo contra el paso del tiempo, como Andrómeda oponía sus hermosos pechos firmes y redondos contra la furia envidiosa del mar que la azotaba vilmente a la espera de Ceto.
Además de resistir el olor fétido de la podredumbre política, con sus trajeados bufones, sus burócratas estúpidos y sus epígonos de bolsillo ancho, también hay que hacer algo con tantas aguas hervidas en las que nadamos, sin esperanza alguna de que Perseo pase volando y nos rescate. Metidos hasta la barbilla en el fango de macadam, hemos perdido más que la aureola del poeta, y sin embargo tenemos que hacer algo mejor que soportar el cosquilleo incomodó en las fosas nasales del nauseabundo olor a bosta de la política nacional.

Amelia regresa

Los ojos duros, penetrantes como agujas de acero en la piel, posaban su mirada de cristal sobre la inabarcable extensión de las vías.

Amelia petrificada, Amelia perdida en el cuadro. En esos momentos, tan escasos, tan sin tiempo, desaparecía la condición humana de su ser. No había allí nada más que viento proveniente del sur acariciando suavemente las duras y vencidas tablas de un viejo banco de estación.

Los amores presentes, los del ayer, los personajes oscuros, sospechosos, que se arrinconaban bajo la protección de las sombras, apoyados sobre las columnas de la estación. Estaban los que pasaban y le decían cosas, los que intentaban seducirla, los que la ignoraban o veían en ella la fiel imagen de la locura.

Pero Amelia no estaba, era un fantasma, una proyección del pasado que jugaba con los efectos ópticos del presente. Su cuerpo era tan ilusorio como su alma, como el canto de los pájaros, como el crujir de la noche. Nada la ataba a ese lugar, y ciertamente no existía ni ella, ni ese momento.

El cielo relampaguea, pero ella no lo percibe, no se inquieta con el flash de la naturaleza. Una gota cae sobre el techo a dos aguas de la estación, se precipita hacia la cornisa y cae sobre su cabeza. Baja por el costado izquierdo del rostro besando con ternura la parte vedada de su oreja y la hace estremecer; reaviva músculos dormidos hace ya años.

La misma gota atrevida se mete en la camisa, recorre su pecho con lujuria y aprieta fuerte los senos,  lame con piel de gota y sigue hacia su cintura. El vientre se contrae, la espalda se encorva. Comienza a circular la sangre y la tez blanca de  los cachetes desaparece en un suave color rojo. Goza, siente, encuentra.

Atraviesa el cinto, llega hasta el pubis y hace remolinos húmedos en sus cabellos. Salta sobre su sexo y lo penetra suavemente, mientras Amelia goza cada momento antes de llegar al clímax y desfallecer sobre las duras tablas del banco. Su cuerpo es despojos de  fatigas y espasmos, pero es un cuerpo que percibe el entorno en su extremo éxtasis

La hipnosis se quiebra, su mirada pierde su dura pose clavada en las vías. Registra y ve todo, siente miedos y alegrías, terror y placer. Amelia redescubre la vida.

Dos segundos para el resto de la vida

Caminaron lentamente hacia la parada del colectivo. Julieta jugaba a abrir y cerrar su paraguas, corría como loca hacía ellos, y luego volvía hacia atrás como un yo-yo ante la mirada atenta de su madre. Como quien no tiene apuro en terminar nada, simplemente se dejaban estar en la situación. Al llegar se despidieron con un beso. Sebastian lo repitió en la panza de Soledad donde Lautaro se movía de aquí para allá tirando magnificas patadas en el vientre de su madre. Queriendo no ser menos, Julieta alzó su paraguas y lo persiguió en tono amenazador, en un sincero acto de celos y despedida.

– Tengo la suerte de los que nunca ganan ningún premio –

– ¿Qué tipo de suerte es esa? –

– La de los afortunados de la vida – , dijo antes de irse.  

Había algo en el aire, una sensación de fortuna, de compania. Cada pequeña historia previa, cada minúsculo detalle, constituían un escalón hacia algo tan simple y maravilloso.
La sonrisa cómplice, las charlas matutinas, los pasos que marchan en extraña cadencia pero juntos. El brazo que pasa bajo los pechos y acaricia con suave gesto la redondez de la panza, el ombligo hacia afuera, la respiración cercana. Los pelos de Julieta moviéndose en zig zag mientras hacia la tarea, las preguntas desprevenidas, incontestables pero deliciosas. Los juegos de lucha sobre la cama de mamá, los paseos en bicicleta, las escapadas al cine.
Todo era tan improbable, dependía de tan tas cosas, que era fácil entender su fragilidad.

Es tan improbable la vida, hay tantas circunstancias que tienen que darse para un segundo y para el siguiente. Pero la existencia desborda al hombre y lo sumerge en la fatalidad, al punto de no entender que hay maravilla en cada piedra que observamos en el camino. La sensación de no estar solo nunca más, de sentir que llevaba en el pecho la risa de Julieta, la mirada de Soledad, a eso, él le llamaba suerte.

A lo lejos, como siempre, el 76 llegaba a la parada. Revisó las monedas en su bolsillo y con el pecho inflado de ternura, emprendió viaje a su trabajo.

Quiebres

Frotaba sus manos de forma pausada pero nerviosa. Inspeccionaba a su vez, tanto el gesto sintomático, imprudente e incontrolable, como la fascinación voyeur de su visión, dispositivo curioso por registrar la secuencia de movimientos de sus manos. Ya daba igual, todo daba igual. Pensó en el frío, quizás respuesta involuntaria, reacción natural del cuerpo frente a las condiciones meteorológicas adversas, pero era el sentimiento desagradable de decepción lo que le hacía temblar todo el cuerpo mientras caminaba. Paraba, miraba el cielo, posaba su mano izquierda sobre la frente, seguía, buscaba en su bolsillo del saco algo que no estaba allí, y nada de eso parecía importarle. Era extraño, sí, ese hombre que caminaba por la acera de enfrente representaba un espectáculo difícil de ignorar. No le gustaba espiar extraños, pero la perversión mientras no había nadie en la casa era esa, mirar y mirar, investigar y preguntarse, maquinar historias que seguramente se acercaban bastante a lo real. Ayer era un viejo, un pervertido libidinoso apostado sobre una columna, observando poyeras con mirada ansiosa. Un solitario acosador de niñas que esperaba a la salida del instituto a sus desprevenidas víctimas. Hoy este nervioso vagabundo que había descubierto una verdad insoportable y la iba asimilando como podía, casi cayéndose. Como ella, que la había asimilado hace tanto tiempo, que ya era parte del pasado y del presente, como una segunda piel. Esa angustia del vacío, de lo que no se explico jamás, horrible levedad de lo real que se descubre revisando un cajón, encontrando una foto de una nenita como ella, un poco más chica, tan parecida. Era como su hija, mismo pelo, mismos ojos, de estatura era un poco más baja. Y otra vez frente al balcón, mirando a la gente que pasa como hipnotizada – ¿Dónde están los padres de esa criatura Ricardo?- – Esa nena tan cercana al balcón, mira si se cae- Y Ricardo que nada, ni respondía, claro, como va a responder abstraído de la realidad en ese sillón tan viejo, regalo de la tía Marta. Todo el día ahí, tan poco hablamos. El costo terrible de elegir un clavo para sacar una flor, por comodidad, por no poder, porque la flor venía con tantas espinas. Qué error, tanto que lo quería y no pudo ser. El que estaba ahí, apareció, y era como una estufa, daba calor, era económica. ¿Porque no? Era el premio consuelo de la lotería. Al menos algo había sacado. Tres números más y se hacía con muy buena plata, pero no llegó, cómo tantas cosas. Salió del puesto de quiniela, cruzó la calle y se dirigió hacia la plaza, pensando en la soledad,  lo triste que se ven los arboles en invierno, tan viejos y abandonados como él, que jamás tuvo nada ni a nadie, y que todo lo atravesó solo. ¡Bha! No necesitaba a nadie, al fin y al cabo, todos estamos solos en los momentos importantes. Claro que a él más bien lo habían dejado solo,  le hicieron conocer el cielo y después simplemente le quitaron la escalera. A golpes de verdades incuestionables, simplemente a golpes, se fue haciendo un lugar en el suelo aprendiendo su textura irregular a fuerza de moretones rojos. Como la sangre que no podía parar, solo un minuto se distrajo para mirar ese maldito celular que destellaba en el asiento y se lo llevo puesto. Se bajó del auto, se arodilló a su lado. No podía creer, era todo tan surrealista. Dos horas antes tomando un café de incógnita, en horarios no declarados.  Ahora gente amontonada, sangre, huesos rotos,  gritos y ella frente al pobre tipo de gabardina negra que le susurraba “no me dejé solo, no quiero morir solo. Así es como viví” Solo podía pensar en la hora, si llegaba tarde o no. No le iban a dar los tiempos.

12:40

El bullicio de la gente, los rayos de sol que se filtraban por la ventana y los nervios que no lo dejaban dormir. Trataba de no pensar en la fábrica, en lo que le iban a enseñar, pero la emoción lo invadía y sus ojos se abrían de par en par. Lo único que quería era comenzar con la capacitación de inmediato. Este era el primer paso, aprovechar la oportunidad que se le daba en Buenos Aires. El resto era cuestión de esforzarse,  poner voluntad y con el tiempo llegarían cosas todavía mejores. Sigue leyendo