Si buscas…

  1. Si buscas amor incondicional, compra un perro y aliméntalo tres veces por días.
  2. Si buscas respeto, encuéntralo en el respeto de una prostituta hacia el dinero.
  3. Si buscas fidelidad, se fiel a ti mismo.
  4. Si buscas comprensión, abraza la filosofía.
  5. Si buscas estabilidad, consigue un buen trabajo.
  6. Si buscas equilibrio, aprende a balancear naranjas.
  7. Si buscas inteligencia, bebe del discurso de los eruditos.
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El lenguaje es una cárcel a destruir.

Estamos acostumbrados a dar una respuesta a todo, pero partir de un automatismo terrible donde toda respuesta esta pre fabricada. Jamás preguntamos realmente nada, porque toda pregunta real es una búsqueda de una respuesta, no la respuesta inmediata. Nos acostumbramos a la acción como respuesta sin mediación con la reflexión interna que no es más que explorar nuestro ser con el mundo o sus posibilidades. Básicamente, la maravillosa frase de Sartre de que no se trata de lo que el mundo ha hecho con nosotros, sino de lo que hacemos con eso que el mundo ha hecho de nosotros.

Odiamos, amamos, idealizamos, apelamos a la violencia inmediatamente, abandonamos las luchas, ignoramos la situación, nos deprimimos. Todo el tiempo estamos evadiendo la verdad, nos dejamos atrapar por lo usual, por la respuesta natural que nos rodea, que tiene de natural la pertenencia a un sistema que nos seduce a no pensar, y pensar es entrar en comunión con uno y con todo lo que nos rodea a través de la razón y la voluntad.

¿No nos ha pasado eso de encontrarnos en las mismas situaciones a pesar de haber tomado acciones distintas? Eso se debe a que creíamos pensar en la situación, pero la verdad es que simplemente estuvimos desconectados y las formas o esquemas se ponían en marcha, leían una situación y nos entregaban las respuestas posibles. Lo cierto es que jamás pensamos en nosotros, en la situación, en las posibilidades reales. No es simplemente el hecho de no ver algo, sino el hecho cierto de que repasamos la situación mil veces y un elemento tan simple, tan evidente como la respuesta adecuada, se oculto por completo.

Palabras, las dichosas palabras. El lenguaje como sistema de palabras habla del mundo y al mencionarlo, al cubrirlo con el espesor de sus palabras, lo crea para nosotros. Pero no crea el mundo sino las imágenes que tenemos de él. Si creara el mundo, bastarían otras palabras para cambiar el mundo, y las palabras no tienen tal poder. Solo la voluntad de hacer, para bien o para mal, cambia el mundo.

La palabra no crea “el” mundo, sino su propio mundo de operaciones binarias dentro de esquemas que suman más operaciones binarias. Malo y bueno, ético no ético, bello o feo, ángel o demonio. Lo real, mientras, sigue allí sin ser más que lo real, ni bueno ni malo, ni bello ni feo, solo es la existencia. Y una cosa más, el binarismo siempre tiene una parte positiva, preferida por sobre la parte negativa. Hay que estar de ese lado, llegar a ese lugar, que es siempre el ideal de lo puro sin su opuesto, cuando partimos de un sistema que presenta elementos combinados que no pueden existir por si solos.

Y ahí en Venezuela germinará….

La derecha, tan igual, tan parecida en todos lados, tan oscura y siniestra en su famosa doble cara de moneda, más dura que la piedra. Su discurso de paz mientras ataca simpatizantes de Nicolás Maduro, del partido socialista, los aliados de Hugo Chávez,los que no traicionaron, los que no se dieron vuelta a la primera de cambio con la muerte del comandante.

Lanzan al hermano por la ventana mientras gastan incontables palabras sobre el amor fraternal, se llena la boca hablando de la libertad de expresión y marchan derechitos a quemar cualquier estación de TELESUR por oficialista. Hablan de la violencia del gobierno y mandan a matar, directamente, explícitamente, sin mente, sin consciencia.

Y ese es su rostro real, no la opereta de cartón antes de las elecciones. Porque les gusta jugar esa carta, la del pacifista, la del conciliador, y uno se pregunta ¿Por qué y para qué si uno sabe que un tipo como Capriles, o como Mauricio Macri en Argentina (mutatis mutandis nada porque son la misma peste rancia y conservadora), no creen ni un ápice en las banderas que agitan y agitan sus escuálidos seguidores? Porque hay gente en el medio de todo, fuera de todo, porque eso es el medio en la política(y los extremos la muerte) que se deja llevar por los cantos de sirena de la derecha, que conserva esa vieja ingenuidad de la que hablaba Alí Primera que no mata al pueblo pero tampoco lo salva.

Habrá que ver cómo romper el huevo del egoísmo, de la ingenuidad. Sacar la yema del hombre nuevo, de la consciencia nueva, más abarcativa y menos perezosa que no espere la realidad en formato tabloide o 16:9 para ser digerida sin crítica.  Ese tiempo y ese hombre llegarán, como flor que es semilla se irá esparciendo por toda América Latina.

¿Alguna vez oyeron el silencio?

No es un absurdo, el silencio casi total zumba en los oídos, ya que la ausencia de sonoridad propia de la ciudad genera  un zumbido de adaptación que dura unas horas. Luego comenzamos a percibir sonidos naturales como el viento al pasar, que dicho sea de paso, siempre sopla en la ciudad pero que no podemos percibir por los ruidos humanos y mecánicos.

Da que pensar sobre las ciudades.

La contaminación sonora es permanente y en todas las direcciones. Perros, sirenas, conversaciones, música, motores de todo tipo, en fin, un bombardeo constante en espacios reducidos, porque el sonido se pierde en las distancias, pero en las ciudades todo es tan chico, tan claustrofóbicamente cerrado, que el ruido se potencia.

No intento escribir un manifiesto de ermitaño, ni estoy pidiendo un regreso místico a la naturaleza en una moderna edad de piedra. Simplemente quiero señalar que hemos perdido contacto con lo que nos maravillaba de la naturaleza. Poco a poco expulsamos de nuestra vida cotidiana cosas simples que nos llenaban de plena satisfacción, y las remplazamos por placebos tecnológicos que no logran calmar las ansias de tranquilidad, y que como soportes de emisión de mensajes, nos ofrecen más placebos para saciar una angustia que no cierra jamás.

Recuerdo de niño el cielo estrellado del barrio de caballito.

Y no es una nostalgia por el tiempo que pasó, simplemente recuerdo alzar la cabeza y ver miles de estrellas. Hoy la contaminación lumínica es total, imposible imaginar un cielo así en Buenos Aires. Es algo importante a reflexionar. Cambiamos, o nos cambiaron gradualmente, un fenómeno natural, relajante y gratuito, que bastaba simplemente levantar la cabeza para maravillarse y sentirse parte de algo cósmico, por una berreta imitación terrenal de luces de carteles que nos invitan a gastar y mas gastar.

El fenómeno natural era gratuito y profundamente reflexivo. Llamaba a pensar sobre la existencia, sobre las cosas verdaderamente importantes y ensenaba valores por la simple emoción de observar tanta belleza. No es de extrañar que por efecto de como se mueve a si mismo este sistema y su sujeto central consumidor, se lo haya literalmente tapado. La mirada hacia el frente como los caballos, siempre mirando el televisor, el cartel del shopping, los objetos que tenemos que comprar para ser. La visión es la prisión moderna del hombre porque la espacialidad se ha transformado para que ocupemos un lugar como sujeto espectador y consumidor. Vemos el escenario constituido por el sistema, el corredor de cemento siempre hacia adelante, nuestra propia caja de madera.

Pero eso si, en vacaciones, podemos escapar hacia el paisaje de postal, para recuperar momentáneamente la parte perdida de nuestro ser. Armamos las maletas, cargamos el auto y vamos hacia las cataratas, o al glaciar para sacar fotos y maravillarnos. “Puta, lo que nos perdemos en la ciudad” decimos en la tranquilidad mística de la garganta del diablo en Salta, mientras un coya toca de fondo un charango en un anfiteatro natural y la lluvia se cuela por el cielo redondo que forma el borde superior abierto de la gruta.

Y es que aun en ese escenario acondicionado para turistas, la naturaleza nos interpela, nos llama como ausencia cotidiana. Nos comunica que ahí hay algo que podría ser parte de nuestra vida pero que no lo es.

Interesante pensarlo.

La naturaleza real, no la diosa mistificada que tantos naturalistas gustan describir, es una presencia visible solamente por fuera del marco que son las ciudades. La abrumadora presencia del sistema en sus manifestaciones diarias, oculta  adrede lo natural, o más bien, expulsa lo natural porque distrae, porque llama al hombre a reflexionar y dar cuenta de su rol como consumidor.

Caminos

Siempre hay recursos, siempre hay respuestas. Pero enfrentarse al peso de sus verdades es más doloroso que el primer dolor. Somos voluntad, no dioses, hacemos según las circunstancias, pero la falta de confianza en nuestras capacidades nos pone siempre un escalón abajo.

Los caminos están más allá de nosotros, pero están dispuestos al caminante. Si hay voluntad de atravesar las adversidades naturales de cada uno, tenemos la mitad del camino hecho.

La belleza en todas las cosas

Sentado en un parque cualquiera de la ciudad admiraba el paisaje. La tarde cerraba su ciclo, daba paso a la noche que se colaba entre rayos naranjas allá en el horizonte de ladrillos, cemento y vigas que son los edificios porteños. El césped tan verde, el silencio llamativo, los claro oscuros que se formaban entre los árboles. La belleza inundaba el paisaje.
Ese paisaje era tan urbano, tan mediocre como cualquier otro, y esta tarde tan igual a cualquier tarde de sábado. Pero también, ese pasto era tan perfecto y hermoso como el pasto que crece en las colinas de algún país nórdico, de esos que añoramos visitar. El momento era tan mágico como el que podemos vivir atravesando la cordillera o adentrándonos en un bosque de pinos frondosos cercano a la vera de un río.
El mundo, en cualquier punto de su extensión, no es hermoso o desagradable. Lo hermoso está en nosotros, en nuestras sensaciones que convierten los segundos en prisión o libertad. Es una elección del ahora el poder sentir lo vivido como belleza, porque la belleza es una forma de sentir lo presente. No hay nada ahí, todo está en nosotros, en nuestra disposición hacia la vida, en lo que creemos esencial para vivir, y basta un simple momento de reflexión para entender que lo esencial para vivir es estar vivos, lo demás corre por cuenta de nuestros deseos absurdos.
No se trata de no desear nada, sino de disfrutar lo que tenemos, de saber apreciar lo bello en todo lo que existe. Los paisajes cambian, los lugares pueden ser distintos, pero nosotros somos siempre el lugar privilegiado que mira el mundo, y lo que colocamos sobre él, puede ser la angustia de lo que se nos niega o la belleza natural de todas las cosas.

La angustia de anticiparse

No es malo prepararse para la tormenta, pero anticiparse es vivirla antes de tiempo, maldecir por la suerte de tener que soportarla antes de que el cielo se ponga oscuro.
Anticiparnos a la infelicidad nos hace infelices, ya que esperamos lo peor con angustia y pasamos de largo el ahora pleno.

Las cosas malas llegaran, inevitablemente, porque aquello que está destinado a ser será, así de sencillo. No por magia o deseo divino, sino porque las cosas suceden en el orden que sucederán, y eso es inevitable, porque en el orden de las cosas podemos controlar con anticipación solo un mínimo número de ellas. Nadie está maldito, las cosas simplemente suceden.

Por eso, lo que no puedes evitar, no tiene porque angustiarte, ya que nada puedes hacer más que enfrentártele cuando llegue, y si te afecta o te hace sufrir, recuerda que solo nos puede afectar aquello que dejamos que nos afecte.

No te angusties, actúa.

No sufras, repáralo.

Llora, pero ocúpate.

Somos víctimas solo cuando nos vemos como víctimas, porque en cada situación, somos libres de elegir nuestro destino y elegir de qué manera nos van a afectar las consecuencias de nuestros actos. No hay que esperar el golpe, acortemos la distancia de la manera más simple uniendo dos puntos en línea recta.

Eso que llaman orgullo

La vida es un camino de montaña que se extiende hacia infinitas posibilidades, porque a decir verdad, el camino es uno mismo. No competimos por ser mejores que los demás, sino que competimos contra nosotros mismos en un esfuerzo por superarnos

Orgullo es miedo disfrazado de superioridad. Miedo a reconocer lo infinito, lo inabarcable e inconmensurable que siempre es ahora y mañana. Miedo a no poder en el primer intento, a no coincidir con esa imagen de perfección que parece lo ideal. Pero la base de la superación personal es equivocarse e intentar nuevamente, cosa que el orgullo no puede entender porque convierte las equivocaciones en humillación, espejo falso de nuestras posibilidades reales de progresar. Salir de la ceguera del orgullo involucra confianza en uno, reconocimiento de lo presente por el esfuerzo dedicado y de lo que aun no es, lo que solo con dedicación conseguiremos.

Pero la superación personal no es una cuestión individual, sino una tarea colectiva, y es por esa razón que el orgullo es más una ofensa hacia el propio sujeto que hacia los otros. Cuando fuimos discípulos tuvimos maestros de los cuales aprendimos y a los cuales enseñamos, cuando fuimos maestros tuvimos discípulos a los cuales enseñamos y de los cuales aprendimos y por eso siempre fuimos en esencia las dos cosas. Cuando el orgullo invade el espíritu, no hay lugar para el reconocimiento, y sin reconocimiento hacia el otro, no hay ni discípulos ni maestros.

Somos por los otros, ellos son brazos extendidos que nos aproximan a la cumbre, y el orgullo es no continuar la cadena ni hacia abajo, desconociendo en el otro nuestro pasado inmediato, ni hacia arriba, cerrando nuestro camino hacia las posibilidades de nuestro futuro.

Valor

El valor es una disposición a la acción frente a lo injusto. Pero jamás desde el odio, o desde el resentimiento. Actuar es dejar de ser, de pensar, ponerse en un lugar que ya no es el nuestro sino el de todos. El odio llama al miedo, y el miedo a la violencia, y para actuar frente a lo injusto, uno solamente debe ser agua que fluye a través de la situación. No por odio, si no por vocación. No es fácil lograrlo, ni entenderlo, pero el agua no tiene motivos de ser agua, simplemente se adapta y avanza, imparable. No siente rencor, ira o miedo, no odia. Es solamente una sustancia, y nosotros debemos ser solamente cuerpo.

Ser arrojado a la existencia

El ser arrojado a la existencia es finitud que se extiende en la eternidad del ser, como lo otro, distinto a lo que fue  y que ya no será.  Es en sus circunstancias pasado que se actualiza en el presente, y el presente es el ser y sus circunstancias. La vida es la vivencia, vivir es lo literal del verbo, estar ahí, fluir ahí, ser en tanto fluir en el ser. Fluir en el ser es atravesarlo y ser afectado, ser afectado es la esencia misma del ser arrojado a la existencia y en la existencia.

El efecto queda en el ser como determinación del fluir, y las circunstancias, que determinan la calidad del efecto, pueden ser variables. ¿Quién determina las circunstancias? El ser arrojado a la existencia como totalidad incompleta, como necesidad de lo uno que es todo y a la vez no es nada, porque no tiene consciencia de ser todo. Pero la vivencia es el estado, la plenitud, la forma, el ser ahí del ser arrojado a la existencia. Su extensión en el ser es el ser mismo, todo está ahí, no hay puntos por fuera de la vivencia ya que el ser es la vivencia o es vacío, y el vacío no puede ser, no tiene lugar más que como pretensión de la imaginación.

La vivencia se relaciona de manera afectada con el ser. Sufre el efecto y entrega el efecto a lo existente, y en tanto toma y entrega crea lo existente mientras se crea a sí misma.. La totalidad es conexa, actúa sobre todos sus momentos, y todos los momentos, en su fluir en el ser, afectan a la totalidad.  La esencia del ser en la existencia, la vivencia, es verse afectado y afectar a todos los demás sin consciencia de ello, sin pretenderlo, sin enterarse jamás de aquello que lo hace eterno en la extensión inacabada del ser. Un simple paso, una mano hacia la izquierda, una mirada, una palabra, todo es conexión con el ser, todo es energía y movimiento que impactan en cada momento.

El ser se constituye en la vivencia y por la vivencia. En ella encuentra el contenido de sus palabras, la fuerza de sus principios, pero la vivencia no es concepto, no es idea. La vivencia es lenguaje del ser que habla al ser y se basta a sí misma. Como substrato de esa creación,  la vivencia también crea a la palabra. La palabra, es la intención de de captar la vivencia más allá del ser ahí.  Es necesidad, y es hábito, pero antes que nada es expresión de la relación entre el ser arrojado a la existencia y el ser, deseo de dar cuenta de los aspectos que en tanto vivencia, es él puro fluir.

Como la mano pintada en la caverna, o las huellas de pisadas en la arena, son pruebas de la existencia, gritos en el medio de la marea del ser para probar que se es, que se está ahí.  Intención de capturar la vivencia, de transmitirla, pero también de ignorarla, de ocultarla; el lenguaje es la puerta de entrada de la experiencia del ser hacia el ser que da cuenta de sí mismo a través de la interpretación. Interpretar es cosificar, desprender la vivencia del ser y atraparla entre las palabras que dan cuenta de ella.  Interpretar es buscar la verdad, pero la verdad no existe como tal, solamente su búsqueda. Y se puede buscar la verdad al mismo tiempo que se la esconde.

En tanto fluir en el ser, la vivencia puede ser igual a sí misma. El ser es en sus circunstancias y sus circunstancias pueden ser fijas, y en tanto voluntad, el ser en sus circunstancias puede  fluir hacia lo mismo una y otra vez. Allí donde impera la repetición, no existe la vivencia más que como recuerdo del principio, como seguridad y resguardo del ser en la existencia. No hay búsqueda de la verdad en lo que es igual a sí mismo, ni hay forma de que la vivencia plasme sus huellas en el espíritu del ser. El espíritu del ser es la voluntad de hacer como expresión de la experiencia, y la experiencia es la huella de la vivencia en el ser ahí.

 Pero el ser ahí, fluyendo siempre en la misma dirección, una y otra vez, es repetición que mata al espíritu y devora la experiencia.  Imposible dar cuenta de esta situación a través de la palabra, porque esta nace de la vivencia, y al convertirse en repetición, ya no es más que un eco lejano. Un ser arrojado a la existencia, en tal situación, necesita ser afectado en lo más íntimo por la fuerza de un efecto que lo atraviese con una nueva vivencia, para que en su espíritu se plasme la experiencia.

El ser ahí, del ser arrojado a la existencia, es en las circunstancias. En el fluir del ser ahí, las circunstancias son creadas, pero creación no es lo original. Creación puede ser movimiento creativo del ser en formas siempre iguales, y aún si distintas, similares en esencia. El ser crea la jaula del ser porque vive la existencia como azar de lo común, no como voluntad creadora, y en el azar reina el miedo, la incertidumbre y el ser se vuelve contra si, se extraña de si mismo, e instaura la ficción del poder y la dominación, volviéndose amo o siervo, pero esclavos del miedo al azar y al eterno retorno hacia la nada.

La búsqueda de la verdad, es en sus momentos como el ser, y emerge en tanto creación originaria o no emerge en lo absoluto. El ser ahí debe atravesar la vivencia como voluntad o arrojado a la voluntad y el efecto marca en el espíritu del ser la huella de la experiencia. Emerge entonces, de la noche del ser, la verdad como momento, capaz de convertirse en principio o no, pero siendo ya constituyente del ser.