La condición humana

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Bajando hacía el andén de la estación Pasteur en Balvanera, al final de la escalera mecánica, me topé con la misma imagen y el mismo pedido que escucho todos los días al volver del  trabajo (excepto fines de semana). Una madre sentada en el piso, pide plata para alimentar y comprar pañales a sus dos hijos que la acompañan,  una nena de más o menos cuatro años  y un bebe que no superará los dos meses de edad, siempre adormilado entre las piernas recogidas de su madre.

Me invade la culpa algunas veces y dejo unas monedas. Otras simplemente paso de largo sin mirar, pero el cuadro siempre me petrifica hasta que los chirridos metálicos de los vagones deslizándose por las vías me despiertan de mi letargo culposo. Ya rumbo hacia mi casa, caigo en la cuenta de la atmósfera nociva que debe ser para ese bebe la estación del subte.

Imagino la repetición diaria, cuarenta o treinta veces, y sus pequeños oídos. Pienso en la temperatura, en las luces de neón que queman los ojos, en la poca elevación del techo, en los vahos varios, humos rancios y pestilencias que vician el aire. Lo imagino durante todo el día, de las ocho a las nueve, porque vivirlo por quince minutos mientras esperamos el subterráneo no es vivirlo en lo absoluto. Luego pienso en todos los bebes, en todos los lugares oscuros y asfixiantes del planeta, en sus cuerpos frágiles, en todos los padres y madres en situación de emergencia, en la pobreza niña que se hará adulta, en la terrible crueldad de los humanos que ante el horror mas grande, solo seguimos de largo y levantamos los hombros.

Ya en casa, lagrimeo un poco y se me ponen los ojos rojos por algunos segundos.  Preparo mate y en la primera ronda,  olvido esa imagen perturbadora. Me pierdo en un mar de estupideces diarias, sale de mi horizonte de preocupaciones. Mañana recordaré que existe el horror, cuando la vida lo ponga nuevamente frente a mis ojos.

El mundo, que lugar. No solo por aquellos pocos que lo convierten en un infierno para tantos, si no también por los miles que no hacemos nada más que pasar de largo y olvidar.

Difícil y fácil vivir con eso. Difícil y fácil.

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Septiembre se va

Septiembre se va, muere el invierno. A través del cristal partido, observo los primeros colores de las flores; el patio es un bello fresco.

El viento sacude los brotes de los crisantemos, las petunias, las acacias. Forma remolinos de polvo que chocan violentamente contra la escalera. Cielo encapotado, gris oscuro, filtra una tenue luz a través de los huecos minúsculos de la media sombra que cuelga amarrada de la medianera.

Todo se va, se fue tan rápido. El día, la vida, se sienten pasar como nubes rozando las mejillas, y uno no puede más que contemplar una nueva primavera; y ya son tantas. ¿Cuanto hace que observamos las flores con este sentimiento de quietud y responso? Difícil decirlo.

El frio clama por entrar empujando la puerta, la taza caliente desprendiendo vahos, el aroma a gas quemado de la hornalla. Vamos en la corriente, seguimos, pero septiembre se va, agoniza en la soledad del patio. Quiere permanecer, lucha por perdurar con un gesto aquí y otro allá, pero su partida es inevitable.

Dos segundos para el resto de la vida

Caminaron lentamente hacia la parada del colectivo. Julieta jugaba a abrir y cerrar su paraguas, corría como loca hacía ellos, y luego volvía hacia atrás como un yo-yo ante la mirada atenta de su madre. Como quien no tiene apuro en terminar nada, simplemente se dejaban estar en la situación. Al llegar se despidieron con un beso. Sebastian lo repitió en la panza de Soledad donde Lautaro se movía de aquí para allá tirando magnificas patadas en el vientre de su madre. Queriendo no ser menos, Julieta alzó su paraguas y lo persiguió en tono amenazador, en un sincero acto de celos y despedida.

– Tengo la suerte de los que nunca ganan ningún premio –

– ¿Qué tipo de suerte es esa? –

– La de los afortunados de la vida – , dijo antes de irse.  

Había algo en el aire, una sensación de fortuna, de compania. Cada pequeña historia previa, cada minúsculo detalle, constituían un escalón hacia algo tan simple y maravilloso.
La sonrisa cómplice, las charlas matutinas, los pasos que marchan en extraña cadencia pero juntos. El brazo que pasa bajo los pechos y acaricia con suave gesto la redondez de la panza, el ombligo hacia afuera, la respiración cercana. Los pelos de Julieta moviéndose en zig zag mientras hacia la tarea, las preguntas desprevenidas, incontestables pero deliciosas. Los juegos de lucha sobre la cama de mamá, los paseos en bicicleta, las escapadas al cine.
Todo era tan improbable, dependía de tan tas cosas, que era fácil entender su fragilidad.

Es tan improbable la vida, hay tantas circunstancias que tienen que darse para un segundo y para el siguiente. Pero la existencia desborda al hombre y lo sumerge en la fatalidad, al punto de no entender que hay maravilla en cada piedra que observamos en el camino. La sensación de no estar solo nunca más, de sentir que llevaba en el pecho la risa de Julieta, la mirada de Soledad, a eso, él le llamaba suerte.

A lo lejos, como siempre, el 76 llegaba a la parada. Revisó las monedas en su bolsillo y con el pecho inflado de ternura, emprendió viaje a su trabajo.

luces

Las luces, desde lejos
corren, marchan en procesión.
por el camino.

La noche  cobija;
curiosos fisgones
en ella reposan.

Mil soles despiertan
y desaparecen;
fuera de cuadro.

El cuarto es penumbra.
el sonido arrulla
reposa el alma.

La mente escapa
corre con las luces;
se vuelve nada.

Buenos amores, aires de odio.

Esta ciudad imparable se fagocita, se arranca pedazos a mordiscos y los escupe. De cada herida nacen mil brazos que atraviesan las calles, mil piernas, mil ojos. Es un demiurgo imponente que se abre como un abanico hacia el oeste, con las venas expuestas, rojas e hinchadas.

Un laberinto de calles que continuamente cambian de lugar, se alzan hacia el cielo o se desploman sobre el suelo. No hay salidas, no hay entradas, no hay pasajes a recordar. Bastan dos pasos hacia cualquier punto y al girar la cabeza para mirar el camino recorrido, nada es igual, todo es distinto.

Un mapa que se dibuja a sí mismo a cada minuto. Va fijando con clavos gruesos las  tablas bajo nuestros pies al mismo tiempo que las arranca de forma violenta con las manos desnudas. En un solo movimiento, hermoso y temible, destruye sin misericordia las imágenes que anhela la memoria.

Como a la mujer que nos lastima en la misma cama donde nos hace gozar, entrega todo y todo los destruye en el mismo momento que lo entrega. En sus falsos gestos de mujer insaciable, nos asquea y nos hace vibrar en éxtasis. Se la ama y se la odia, todo a la vez, porque no podría uno atravesarla de otra manera sin perder la poca cordura que lleva a cuestas.

Usted se confunde

Yo no soy moralista, usted se equivoca. Cuando me ve escupir sobre ese idiota que insulta a la gente que lo va a ver, no prima en mí una moral ascética, no defiendo a los imbéciles que pagan por ser insultados. Crítico a ese egocéntrico porque su arte ya no es arte, ya no cumple con aquello que dice cumplir. Es público no se siente ofendido, no experimenta un quiebre con lo común, ya que disfruta que lo insulten. Adora que el artista lo rebaje, y por lo tanto, ese seudo artista que se cree de vanguardia no es más que un comerciante vendiéndole a un grupo de filisteos desbordados por el mundo,  la vieja idea del arte moderno: el escape, la limpieza espiritual, la catarsis en la cual se refugia el hombre mediocre para recibir del arte la tranquilidad frente a un mundo horrible y despreciable.

Por eso odio a esos poetas expresionistas, subjetivos, que todo el tiempo hablan de lo interior, de la tristeza, o a todos esos patéticos promotores de la espiritualidad. No es más que el burdo intento de vender una mercancía, de posicionar una marca, uno vendiendo la apologética directa de un mundo de dolor, y los otros vendiendo la armonía y tranquilidad frente a un óceno de sufrimiento. Todos son la norma, pero creen ser avant garde, todos están en el mismo negocio turbio, rodeados del mismo tufillo asqueroso del beneficio, de la ganancia, de la espera por el reconocimiento para comprar la casa en Belgrano.

De ahí que su panteón de dioses griegos, con un tinte nacionalista, jamás fue mi panteón. Mucha razón tiene en criticarme. Ese egocéntrico imbécil que habla del asco del populacho, mientras le vende a ese populacho un recital donde obtiene millones, y luego se retira a su lujoso departamento, ese hombre merece todo mi desprecio. Ese no es el ser desbordado por el dolor del que hablaba Nietzsche, ese hombre no despliega en su arte la conciencia del ser en el sufrimiento para establecer un soberbio acto comunicativo con otros iguales a él. Esa rana petulante no es más que un mercader del arte, que le vende a un grupo de excitados por el consumo, un producto tan igual a otros porque los iguala el hecho de ser simples mercancías.

Enfrentar al Dragón

Me adentré en su territorio y la bestia, sublime, apareció imponente frente a mis ojos. En el fragor  de nuestra batalla, mi brazo cortó de raíz su cabeza izquierda que escupía cultura y su cabeza derecha que proliferaba insultos legales. La bestia huyó, antes de que pudiera rematarla, adentrándose en el bosque de la academia con la intención de limpiar sus heridas. Mañana presentará batalla nuevamente con su última cabeza fenomenológica, la más colosal, la más temible. Pero ya no puede hacerme daño. Puede herirme, puede quemarme con su fuego, pero no puede hacerme retroceder; solo postergar el final de nuestro duelo, y por fuerza, su final.

Y dejadme decirles hermanos míos, no temías a la bestia de tres cabezas.  Detrás de ella, mientras luchábamos, no había más que hombres cansados, mujeres con deseos de regresar a su hogar. No querían estar allí, no querían ser parte del dragón. Sus energías físicas y psíquicas merman, inevitablemente, después de algunas horas, y en ese momento se abre una abertura en su defensa,  propicia para asestar un buen golpe de espada. Se convierten en aliados involuntarios de los guerreros de la pluma y la palabra, de los apuntes y libros. Realmente, gustarían ellos de reposar en una plaza de cara al sol, antes que ser la primera línea de defensa de un dragón burocrático e ineficaz.

No temáis hermanos a los dragones, acabad con ellos, destruidlos. No son inmortales, mucho menos invencibles.

Indicaciones para un ritual burgués

Llega siempre en un vaso grande, transparente y de superficie lisa; de esos vasos largos de culo estrecho y boca grande.  Se siente en la punta de los dedos el suave cosquilleo del cristal lacerado. La consistencia de la infusión es ideal, espesa en su superficie y un corcho de espuma concentrada en su tope como si fuera un cerro nevado.  Emana una suave pero robusta fragancia a granos de café molidos, de esos que parecen aceitunas negras. La masa de aire enrulada se desprende inquieta en el trayecto que va de la cocina hasta la mesa; coloca estelas de vapor en el aire como si fueran nubes  y cuando se posa sobre el mantel, humea como una chimenea en medio de un bosque boreal, formado por servilletas, libros y diarios. Los artesanos del café, escondidos tras los muros, alcanzaron con honores la temperatura ideal de una vieja expresión de la cultura Italiana: el capuchino.

Todavía no está completo, no se puede empezar. Falta el acompañante perfecto, el último invitado a este festín culinario sin el cual no puede haber festín. El capuchino es por sí solo una pincelada de extraordinaria precisión y belleza, pero no es el cuadro completo con todos sus motivos. Falta el último detalle de un ritual que es sencillo y claramente burgués,  pero solo allí entre mesitas de pino sin mantel, de patas desniveladas haciendo juego con asientos acolchados en sus respaldos.

  Fiel a las ofertas de sus avisos, diseñados a fuerza de pulso y de color sobre pizarras de madera escolares, llega en un platito de bronce, espolvoreada en coco rallado teñido de marrón. Es alta como la Torre de Pizza, como el Obelisco o la torre Eifel, pero su relleno no es una estructura de hormigón y concreto sino una deliciosa masa amorfa de manzana en compota, con un suave toque de canela. Mujer exigente, no es para cualquiera. Su sabor sobresaliente, su masa crujiente, esponjosa, lanza sus garras apasionadas sobre la lengua al primer contacto con el paladar, y se necesita energía para resistirla de golpe sin perder la razón a causa del goce.

Con el juego completo, con la sublime mesa servida, se abre la pequeña mochila que despliegan uno a uno los supuestos símbolos la condición intelectual. Por efecto sinecdótico, se espera, traigan aparejada la percepción de que las demás condiciones de la alta alcurnia también están presentes. La distribución del espacio ya está fijada de antemano, de manera programática. A la izquierda los apuntes facultativos junto a la libreta de notas cuya tapa es una foto de Cortázar reposando en una silla de playa, en un jardín rodeado por amapolas, ajeno al mundo y a la foto en sí; su vestimenta una remera de algodón sin mangas, una musculosa. La barba larga y desprolija, los anteojos de ciego. Es Cortázar del derecho y del revés, para todos, incluso para los que no lo conoce.

Se suman al cuadro una plétora de libros políticos, sociológicos, y filosóficos; la tríada completa de las ciencias humanas. A no confundir, esto es proyección de una imagen, no consecución de un fin ilustre. Esos objetos están allí para  armar el montaje intelectual, la presencia de cultura sobre la mesa que informe y transmita como un transistor, que en el poseedor de los objetos se puede encontrar saber acumulado y condición espiritual de nobleza.  Si se abrieran las primeras páginas, descubrirían con asombro que no se presentan allí marcas de lápiz o lapicera; esos libros no han sido leídos por nadie, son ornamentales.

En el centro de la mesa se colocan con presteza los apuntes facultativos. El primero a la cabeza es el necesario de hoy y mañana, los restantes están de apoyo, columna de carga que sostiene el andamiaje de una mentira. Siempre el título más críptico arriba, con algo de suerte, será el apunte con más hojas;  los más accesibles hacia abajo, en orden de entendimiento. Deben ser abultados, robustos, que cansen la vista de solo ver el grosor de sus páginas; la cantidad inabarcable de conocimiento contenido. A la derecha, es reglamentario, van el capuchino y la porción de tarta de manzana, opcionalmente una diario, pero no es norma. El periódico tiene tanto de intelectual como de popular, depende su línea editorial, su diseño. Demasiados parámetros sobre los cuales operar, conviene considerarlo.

Un ritual burgués es una demostración de capacidades instaladas desplegadas sobre un cuerpo significante. Y un burgués es, esencialmente, un ciudadano de cultura fina, de porte excelente, y un consumista veato de las últimas tecnologías del mercado. Tanto así, que sus costumbres regulares deben de ir de la mano con los instrumentos modernos que le son funcionales. La libreta es un símbolo de una conexión espiritual con la primera fase del escribiente; la relación entre la mano, el espíritu siempre inquieto y la hoja. Escribir a mano tiene un cierto toque de glamour, algo de animismo mágico, pero la tinta es demodé, quedó rezagada a los nostálgicos o los individuos de pobres recursos. Cualquier sujeto en situación de exponer sus cualidades inherentes a la clase intelectual, debe hacer uso de una computadora portátil;  la nueva reina demiurgica de las letras de café.

Los rituales, como todo, son temporales en extremo. Excederse en sus tiempos, es faltar al ritual mismo y sus reglas claras. Cuando las agujas del reloj se entrelazan y  mueren juntas sobre las ocho en punto, es hora de abandonar el escenario. Se acerca la hora de los solitarios y es sagrada para los bares; lo que antes era público de salón para el despliegue simbólico de una actuación magistral, ahora son sombras de media noche dispersas en sus insípidos platos. La parafernalia de los gestos burgueses pasa desapercibida ante tamaña concurrencia en las mesas circundantes. Las miradas son otras, los mozos esperan impacientes las dos mesas que ocupan los bártulos intelectuales para remplazarlos por platos de cerámica, cubiertos y pan marsellés.

  Los libros, la tecnología de punta, los apuntes y la hipócrita actitud, se van guardando de a poco, sin prisa, como quien está cansado de tanto incorporar conocimiento. Buenos Aires es grande, una selva interminable de bares donde una y otra vez, hasta el infinito, se puede repetir el mismo ritual. Nunca dos veces en el mismo lugar. La mentira se hace evidente cuando se repite en el tiempo; pero en escenarios distintos, es siempre novedad.

Ménage à trois

Una pareja se besaba en una esquina. ¡Qué pasión! ¡Qué entrega el uno al otro! Y cuanta sensualidad mostraban sin vergüenza al mundo que los observaba, celoso de tanto amor.

En el único respiro que dieron a sus labios, grande fue mi sorpresa al descubrír que se trataba de dos mujeres profundamente enamoradas y desvergonzadas.  No pude contenerme más, fui hasta ellas y les pregunté

–          Chicas, veo que ustedes son dos y pienso que les faltaría alguien más para aprovechar mejor tanta pasión desbordante. Les falta una máquina del amor, una bestia salvaje sedienta de sexo ¿Qué les parece hacer un ménage à trois?

Indignado, volví a mi mesita desde el cual las estaba espiando, en el bar de la esquina. Me concentré exclusivamente en mi lectura  y no volví a quitar mi mirada de las hojas.

¡Si la chica es simpática, claro que sí! ¡Eso fue lo que me dijeron las hijas de puta!

Qué injusta que es la vida.